Juan José Reyes
Es probable que mienta quien diga que conoce a alguien que jamás ha dicho una mentira. Podría pensarse inclusive que la vida misma, tal como la conocemos, la vivimos, en buena parte se funda en una suerte de juego en el que varias cartas son inauténticas. En los negocios humanos no escasean las monedas falsas, sino más bien al contrario: circular alegre o amargamente, los hacen triunfar o los llevan a ruinas sin remedio. Nuestro tiempo es buen tiempo para pensar estos asuntos porque se diría sin dificultad que el tema de la mentira está de moda. Proliferan los cazadores de embustes, prestos a denunciarlos, a desenmascarar al demagogo o al charlatán y a envestirse, con semejante rapidez, bajo el ropaje de la “corrección” y la honestidad a toda prueba. Ponga el lector la radio, encienda el televisor, lea la prensa escrita, váyase a un café o a un restorán donde se confundan las mujeres guapas con los hombres con aspecto de “creadores” (de lo que sea, aunque vengan a ser anuncios comerciales), y hallará sin tardanza a consumidores de información, gente puesta al día, usuarios sin demora de las redes sociales que serán los “poseedores de la verdad”, alertas delante de las pajas ajenas desde sus miradas impolutas. Y no en otra cosa, en el fondo, consisten las llamadas “guerras sucias”, como se ha venido a conocer a los ataques, más o menos infundados, más o menos probables, que desatan los políticos en tiempos de campaña. De todo el mal es dueño el otro, mientras yo actúo desde la más completa limpieza. ¿Cuánto se miente en una “guerra sucia”? ¿Y cuánta mentira corre en una batalla donde no haya esta práctica deplorable?
Sobre todo los buenos novelistas son diestros en pescar al mentiroso y en decir cómo maquina (o cómo sus mentiras brotan de manera mecánica, como impulsadas por un resorte, parte final de un dispositivo que ha venido a convertirse en una “segunda naturaleza”). Al revelar los oscuros rincones de la existencia y de la convivencia, estos novelistas disponen historias bien pobladas de falsedades, chanchullos, fraudes en fin. Por eso en las novelas, como en la vida misma, y por más que no se quisiera ver las cosas de este modo, no faltan víctimas y victimarios, engañados y embusteros. Personajes que “caen redondos” o a los que “les gusta” ser engañados, y personajes dispuestos a aprovecharse de los otros, que andan en busca de la oportunidad, viendo “quién se deja”. No hablo aquí de lo que conocemos todos como “transa”, ese vocablo con que los mexicanos tratamos de darle un tono pícaro a lo que no es más que un acto de corrupción. Me refiero a la mentira como práctica cotidiana, que está en el centro del modo de ser de muchos y desde luego del modo de coexistir, en el centro del modo de ser de la sociedad. Y no sólo de la sociedad mexicana, evidentemente.
La mentira ha existido desde que existen los seres humanos. Se diría que dos no se mienten entre ellos, pero ¿qué sucede cuando esos dos salen al mundo y piden algo a un tercero o cuando el tercero se da cuenta de que aquel par puede ofrecerle algo que no está precisamente en el intercambio que explícitamente se ha puesto sobre la mesa? Si es cierto que “el hombre no es el lobo del hombre”, es decir que una porción de mal habita en el ser de todos, lista a saltar en algún momento, es cierto también que en el mundo prima la escasez, de una parte, y, de otra, crece sin pausa y al parecer sin remedio la posibilidad de contar con un mayor número de bienes. Junto al progreso, a los adelantos de la técnica y de la ciencia aumenta el campo de la codicia. Si vivimos los tiempos de la “corrección”, estamos también en una época en que no parece haber límites en la calidad, la cantidad y el tiempo de los bienes. Un mundo desigual es un mundo centrado en el engaño, de donde procederían dos prácticas antiguas: la de la demagogia y la de la oferta de la redención. Los redentores, de los que nuestro país parecía haberse librado al fin hasta hace unos años, mienten muchas más veces de lo que ellos mismos estarían dispuestos a reconocer, al tiempo en que pueden actuar desde una ilusión más o menos limpia. Por un lado, no abandonan el principio de “el fin justifica los medios” (un principio claramente cínico), y por otro hallan en aquel fin el remedio verdadero de los males que lastiman a casi todos, a los buenos. Mientras tanto, los “correctos”, o un número considerable de ellos, a menudo no están dispuestos siquiera a conceder que haya mentira en estas prácticas. El campo de la política suele contaminarse excesivamente, en consecuencia. “Ni a quién creerle”, termina diciendo una vasta cantidad de personas que miran aquellas actividades con desencanto, resignación o cierta envidia.
A la vez, como expone con largueza y penetración la filósofa sueca Sissela Bok en este libro tan riguroso como apasionante, hay otros campos donde la mentira se vuelve un asunto central. La mentira en situaciones límite, como la que puede brotar en la práctica médica. En estos casos la mentira es una posibilidad siempre latente. ¿Es moralmente válido infligirle más dolor a un paciente mediante la revelación de la verdad acerca de sus males? ¿Es válido llenarlo de temores, hacerle ver que no quedan esperanzas? La autora de este libro aborda estas situaciones junto a otras en las que está presente lo que ella llama la “duplicidad”.
Miente quien da a sabiendas una verdad falsa de las cosas, de una conducta o de un modo de estar de las circunstancias. Decir, por ejemplo, “Puedes hacer lo que quieres, al cabo que ella no estará presente y nunca lo sabrá”, sabiendo que “ella” estará tarde o temprano al tanto de todo, inclusive que puede “estar presente” es claramente una mentira en la que al menos se persigue el mal de una persona. Digo que al menos de una de ellas, porque podría ser de dos: al saber, al estar presente “ella” bien puede ser víctima de lo que pretendía hacerse a escondidas. Porque la verdad suele lastimar, aun a inocentes. Las víctimas de la duplicidad abundan en el sector público y en el privado, en el mundo de los negocios, y desde luego en el de la vida íntima. Muchas veces, aunque no se acepte, la infidelidad pretende ser vista por quien incurre en ella no como una mentira sino como la consecuencia de la reserva de una verdad, la que no aflora en vistas de lastimar al otro. En todo caso, cuando se trata de la infidelidad se está frente a una especie de dilema: todos saldrán perjudicados, ya que el propio infiel, si mira las cosas desde una perspectiva moral auténtica, no podrá dejar de reconocer que lesiona al otro en cuanto a que él mismo, o ella misma, ha dejado de ser consistente respecto a lo que él mismo prometió. En tal sentido, no será difícil ver que el infiel, si es una persona afín a la moral, sufre a causa de su propia conducta, por más que “el fin justifique los medios”. Acerca de esto no estaría de más echar un vistazo a cómo, desde una pretendida firme postura moral, no escasean las parejas cuyos integrantes se declaran dispuestos a reconocer que “las cosas durarán hasta donde sea posible” contradiciendo el hecho al que convocan y en el que comparecen. Junto a la “corrección”, al lado de una presunta sinceridad, parece prevalecer una vencedora tendencia a la comodidad espiritual.
¿Todos los que incurren en duplicidad incurren en actitudes o conductas censurables? Es claro que no, como señala Sissela Bok. Numerosas veces la mentira evita muchos males y, sin exagerar, actúa del lado de la verdad. Un caso claro (y afortunadamente tendiente a desparecer en casi todas las sociedades): el de los homosexuales que se ven obligados a esconder tal condición para preservar cierta tranquilidad familiar, social, laboral. En este punto puede verse cómo la duplicidad opera en sentido contrario de una mentira extendida y oprobiosa, que es la que causa la censura a la homosexualidad.
El libro, verdaderamente imperdible, se cierra con un apéndice con textos de pensadores clásicos —San Agustín, Santo Tomás, Kant y de otros más recientes—, haciendo ver que el asunto es viejo, y que ha sido tema de grandes reflexiones.
Sissela Bok, Mentir / La elección moral en la vida pública y privada. Fondo de Cultura Económica / Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Filosóficas / Programa de Maestría y Doctorado en Filosofía (Problemas de Ética Práctica), México, 351 pp.
