Carmen Galindo
Una vez que le pregunté a Fernando Benítez cuál era su aportación a los suplementos culturales, me contestó sin titubear: Haber puesto en letras de 14 puntos (o de 16 vaya usted a saber, pero en grande) una exposición de Cuevas, o dedicado las ocho columnas (porque entonces sí había ocho y no las esmirriadas de hoy) a la presentación de un libro de Fuentes. Me mostró, si no recuerdo mal, un ejemplar de Lettres Françaises, un tabloide cultural, y me dijo que era su principal influencia en cuanto al diseño. Esta respuesta, dicha tan lacónicamente y con tanta precisión, equivalía a poner al servicio de los artistas la publicidad y celebrar mediante un montón de líneas ágata el valor del arte. No exagero al decir que en esta actitud se traslucía una crítica a los políticos que acaparaban los encabezados y a la sociedad burguesa que miraba por encima del hombro a los intelectuales. Que él no se valió de la publicidad para provecho propio se demuestra en que sus discípulos son hoy más famosos que el maestro.
Mi único desencuentro con Benítez fue porque me atreví a decir que Octavio Paz no sabía nada de lingüística, lo que acabó en que nos tuvimos que refugiar en el coche, a las puertas de su casa de Manuel M. Ponce, Georgina, su esposa, creo que el hermano de Georgina, mi hermana y yo. Paz no le pagó bien, pues hay el rumor de que se atravesó a las puertas del reconocimiento que implica El Colegio Nacional, argumentando, (hágame usted el favor) que Benítez era “sólo” un periodista. (Pero no se confíen, es un rumor y nada más).
Se acusaba a Benítez de ser amigo de sus amigos, lo que es rigurosamente cierto (como se aprecia en su disgusto por poner en tela de juicio la omnisapiencia de Paz) y de que su grupo, (al que sus malquerientes llamaban La Mafia) era una sociedad de elogios mutuos (aunque no faltaban las patadas por debajo de la mesa). Un crítico de esos años, Nikito Nipongo lo caricaturizó con un diálogo que cito en la síntesis del olvido. Un reportero pregunta:
—-Señor Tefuites, ¿qué opina de José Emilio Pacheco?
—-Que es un genio.
— ¿Y de Carlos Monsiváis?
—- Que es todo un genio.
—- ¿Y de Jean-Paul Sartre
—- ¿escribe en el suplemento?
—- No, señor Tefuites.
—– Ah, entonces no es un genio
“El suplemento” era el del diario Novedades, La Cultura en México, de donde fue despedido (¿por una crítica al alemanismo que enojó al Sr. Beteta, dueño del diario?) y de donde salieron todos los colaboradores en solidaridad con Benítez para formar México en la Cultura, el suplemento de la revista Siempre, la de Pagés Llergo, adonde llegaron, se dice, con la recomendación del entonces presidente Adolfo López Mateos.
Ya se me hace tarde para contar que sus discípulos, que practicaban la política de, una vez entrar al grupo, cerrar la puerta, eran exactamente lo contrario de Benítez. Él Impulsaba generosamente a todo lo que brillaba y que, gracias a su ojo clínico, resultaba oro. Del grupo formaban parte, además de los ya dichos en las líneas precedentes, Jaime García Terrés, el director de Difusión Cultural de la UNAM y poderosos yerno del rector Chávez, Juan García Ponce, Emmanuel Carballo (que dominaba en la Revista Mexicana de Literatura, desde donde se hacía réclame a Poesía en Voz Alta), Huberto Batis (que luego dirigiría la Revista de Bellas Artes) y Juan Vicente Melo, quien escribía las notas de música y luego sería director de la Casa del Lago, entre otros. Miguel Prieto y Vicente Rojo eran sus diseñadores de cabecera. Después Benítez dirigiría Sábado, la Jornada Semanal y Libros de la Jornada. No es casualidad que el Premio de Periodismo Cultural lleve su nombre. Sus apuntes de clase en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, se dice, fueron plagiadas por sus alumnos, entre ellos, el famoso Martín Vivaldi.
Al incasable, lo conocí casado. Fuimos, mi hermana y yo acompañando a Monsiváis para que Benítez autorizara la publicación de un número que Carlos consideraba políticamente “explosivo”. Era a finales del 68 y Fernando estaba recién casado con Georgina Conde. Estuvimos esa tarde en su departamento de las calles de Ignacio Mariscal. Antes, mis padres, y me lo contaban al pie de la letra, lo vislumbraban de vez en cuando en centros nocturnos, como el Quid de Ernesto Alonso, con mujeres con fama de espectaculares. Más que con Benítez, nuestra amistad era con Georgina, mucho más joven que él. Ella nos contó, a mi hermana y a mí, que Fernando fue a Puebla, con Guillermo Haro y Elena Poniatowska, a una firma de libros. Georgina fue a la librería para que le dedicara un ejemplar, ahí la invitaron a cenar y la inteligente contadora poblana se convirtió en la primera y única esposa (ahora viuda) del escritor.
Benítez era grandilocuente, aristocratizante. Más que elegante, atildado en el vestir. Sus ojos eran ¿azules, como los de Enrique, el narrador de El rey viejo, su novela sobre el asesinato de Carranza? Mejor pregúntele a Georgina si eran azules o verdes, para salir del paso diré que eran claros, muy claros, detrás de unos lentes como los de ahora, casi sin arillos. Escuché a Cuevas a cada rato y hasta Monsiváis de vez en cuando, imitarlo. Todos comentaban que Carlos Fuentes era otro de sus imitadores consuetudinarios. “Bribones” decía Benítez alzando la voz y el gesto cuando se refería a los políticos. A mi hermana y a mí, nos llamaba, arrastrando la palabra, “angelitos”. Se quejaba en voz alta con ayes lastimeros de sus achaques. Parecía siempre que se parodiaba a sí mismo. Se sentía galán y se preciaba de ser “pedante”. Desdeñaba a la sociedad adocenada, materialista, anónima. Burguesa, para acabar pronto. Decía que los indios, le habían enseñado a ser humilde. No sólo recibían su atención los indios, en sus relatos de la Colonia habla de los “ensabanados”, vale decir los que llevaban esa prenda por toda vestimenta. Su prosa está hecha de frases rotundas, contundentes. No se andaba (ni de viva voz ni por escrito) con medias tintas. Mientras sus epígonos eran cosmopolitas o universalistas, él era profundamente nacionalista. Si tuviera que quedarme con una sola palabra para evocarlo, diría que la vehemencia lo delineaba. Buscar la justicia para los explotados era el norte que guiaba su obra. No era de trato fácil, durante décadas, fue, en el terreno cultural, el intelectual más poderoso de México, no sé si Alfonso Reyes se le equiparó, pero su larga ausencia le resta eficacia, y el poder de Octavio Paz ya no fue tan total, porque el 68 había fracturado una intelectualidad antes monolítica. Monsiváis, que heredó el suplemento de Benítez (que animó con nuevas huestes), y Krauze, que siguió en Letras Libres las huellas de Paz en Vuelta, ya no gozaron de la unanimidad, vivieron un poder mermado, por más que sus grupos culturales hayan tenido por momentos la hegemonía.
Pero lo que menos quiero es que el gran personaje esfume al escritor. De los libros de Benítez, el que más me gusta (a lo mejor usted prefiere otro) es La ruta de Hernán Cortés por su libertad en el manejo del tiempo: su reconstrucción de la época de la Conquista recorriendo el camino de Cortés en su viaje de Veracruz a México-Tenochtitlan, entreverado con el tiempo presente del relato para dejar espacio a lo que Benítez observa (pero sobre todo denuncia) al seguir los pasos del conquistador. Pero si me sorprende la naturalidad de ese manejo del tiempo de la narración, me deja sin aliento cuando levantan vuelo las metáforas. Muestra Benítez en estas páginas que la diferencia entre la crónica y la narrativa radica en la ficción, pero no en la belleza alcanzada con el lenguaje. Fernando tiene conciencia de que los hombres pasan, pero la tierra, el planeta, es el mismo de una época a otra, los volcanes o las nubes, por ejemplo, y eso nos describe apostando que son iguales a los de siglos antes. Se parece así su prosa, en éste y otros de sus libros, a la poesía de Neruda y a la pintura de José María Velasco. Si no me creen, dejen caer la vista en alguna página de La ruta de Hernán Cortés. Por cierto, este manejo del tiempo, este ir y venir del pasado al presente lo acompaña en todos sus libros, ya cuando sigue la ruta de Hidalgo, ya cuando reconstruye, a golpes de admiración, la gesta de Morelos.
Sin embargo, su prestigio se sustenta en una obra monumental: Los indios de México. Ahí se refiere a los huicholes, mazatecos, coras, tarahumaras, tzotziles, tzetzales, mixtecos, otomíes, mayas, tepehuanes y nahuas. Se aventura (nunca mejor usado el verbo) en el mundo de los indios con profundo respeto. Sorprende, en pleno movimiento, palpitantes de vida, sus costumbres de hoy. Relata, conforme los va conociendo, sus mitos y en particular sus cosmogonías, pues ahora va, en esos textos de vocación antropológica, en busca del tiempo originario, “en que los dioses realizan sus hazañas creadoras”. Trata de no perturbar el mundo ajeno, deja que hable la realidad, pero es un escucha alerta con una capacidad narrativa, óigalo usted bien, asombrosa. Todo en estos singulares textos es testimonial, un “yo lo vi” atraviesa las páginas. Comienzan habitualmente con una camioneta que atraviesa el desierto sin fin o sube por los senderos estrechos de las sierras o tal vez más frecuentemente con un bimotor que despega en el vértigo del vacío de una barranca.
Acompaña el viaje de los peyoteros a Real de Catorce y busca a la mazateca María Sabina en Huautla de Juárez. No accede al ámbito sagrado de los huicholes, pero su experiencia al probar los hongos alucinantes no tiene nada que ver con la de Aldous Huxley, quien al tomar la mezcalina se deja ganar por un tono cientificista. A Benítez le interesa lo sagrado y sobre todo, el chamanismo. No trata de llenar con palabras lo que desconoce o no comprende, nos comunica su perplejidad y su asombro. Vivimos con él, vemos con sus ojos. Los indios que le causan “la más viva impresión” son los otomíes, por su concepto de la condición humana, que considera que todo hombre es un dios y “merece el respeto y la devoción debida a los dioses”. Y concluye: “Un hombre que le otorga al ser esa calidad trascendente, un hambriento ontológico que ha logrado sobreponerse a las hecatombes y al dolor por esa concepción de la dignidad humana, es acreedor a que nos ocupemos de él resueltamente, liberándolo de los caciques, de los rapaces explotadores…” El sustantivo cacique, el adjetivo rapaces o el nombre de explotadores son un ritornello en sus libros, porque Benítez reiteraba a cada momento que los mexicanos teníamos admiración por los indios muertos, pero poco respeto por los indios vivos, que eran a los que él dedicó su obra y su vida.
Ni son sus únicos libros ni su único tema. Le pasó revista a la historia de México. Se ocupó, basado en Suárez de Peralta, de los primeros mexicanos y le sacó lo que tiene de folletín a la llamada conjura de Martín Cortés y los hermanos Ávila. En Los demonios en el convento, como el subtítulo promete (y lo que es mejor, cumple) escribe sobre sexo y religión en la Nueva España. Sin los afanes revisionistas de los historiadores de hoy, escribió sobre Hidalgo y Morelos. No les escatima méritos. Resalta cómo se adelantaron a su tiempo. De Morelos destaca su humildad de origen con sus valores que sobrepasan a sus compañeros de lucha, de Hidalgo su señorío, su heterodoxia y su lucha anterior contra el régimen colonial que prohibía la participación criolla en los vinos y la seda. La historia se convierte en una saga, en una novela épica, del que Benítez es el rapsoda. Muy frecuentemente deja de lado la historia y reconstruye, como novelista, el temblor de Aldama, el gesto preocupado de Allende y la calma de Hidalgo alrededor de una taza de chocolate en la noche del 15 de septiembre. A cada momento, como en Carpentier, aparecen los episodios en que lo real parece maravilloso.
La figura a la que dedicó sus desvelos fue Lázaro Cárdenas. Y aquí quisiera recordar que Benítez también libró batallas en la vida real. Casi ya nadie se acuerda, pero yo sí que existió el Movimiento de Liberación Nacional (allá por 1959) en el que Benítez participó activamente al lado de Cuauhtémoc Cárdenas, Luis Prieto, Heberto Castillo, Carlos Fuentes y Alonso Aguilar, por mencionar sólo algunos nombres y en el cual estaba, entre bambalinas, Lázaro Cárdenas. Quisiera recordar también su labor en una especie de comuna maoísta durante el echeverrismo, la reivindicación, apoyado por Georgina, de las mal llamadas Marías. Y ahora que salió China al paso, hay que decir que Benítez fue durante breve tiempo diplomático en China, y ya como embajador, en la República Dominicana. Si no digo que fue director del periódico El Nacional, alguien va a decir que es un olvido imperdonable. (También dirigió Daily News y Diario de la Tarde).
De cómo gustaba de tocar (literal y literariamente) la realidad con la mano, este párrafo que abre su Morelos:
Un día visité Churumuco, pueblo michoacano de donde fue cura. Mis amigos me advirtieron que la construcción de una presa había formado en la región una gran laguna. Tomamos un bote y llegamos a la barda del atrio que sobresalía unos dos metros y me trepé en ella.; me desnudé y a nado logré tocar con una mano la clave de la puerta de la iglesia, que estaba completamente inundada. Era una especie de alberca y decidí nadar, pero mis amigos me dijeron que saliera pronto ya que andaba por ahí un lagarto que había causado algunas muertes. Salí con pena.
Cronista, periodista, historiador, novelista y antropólogo, propongo la hipótesis, (sujeta a que usted la corrobore o la niegue) que mientras en sus novelas, (de las que no mencioné El agua envenenada) escribe no completamente pero tendiendo al estilo clásico, en sus ensayos su prosa se arrima a la poesía, se confunde con ella. Lo que lo singulariza entre los de su especie, es que Benítez no era, nunca lo fue, un escritor de gabinete. Y además imagino que cuando las divisiones entre los géneros literarios desaparezcan, como se desmoronaron las murallas de los feudos, Benítez será reconocido, por sus libros todos, de ficción o no, como el narrador de primera línea o fuera de serie que es. Su prosa, y con esto termino, es de lujo, de día domingo, para echar las campanas al vuelo. (Nació, y es el pretexto para recordarlo, el 10 de enero de 1912 y murió el 21 de febrero del año 2000).
(Texto que forma parte del folleto que acompaña la exposición “Benítez en la cultura” en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes).
