El pueblo ya la designó “memorial a las víctimas de la violencia”


 

Somos la memoria que tenemos

y la responsabilidad que asumimos.

José Saramago

 

José Alfonso Suárez del Real y Aguilera

Una vez más, Felipe Calderón intentó encandilar a la sociedad en los hechos y en el discurso con los que pretendió lavarle la cara a su administración en torno a la opacidad y degradación que nutrieron la Estela de Luz.

Fiel a los subterfugios que le son propios, intempestivamente adelantó la ceremonia inaugural del monumento a fin de evitar el juicio popular y la repulsa pública que para el pueblo representa la oquedad, la corrupción e impunidad como características inherentes a su administración.

Con quince meses de retraso, y más de 700 millones adicionales al presupuesto original, el sábado 7 de enero, a las 19.30 horas, cobijado por la alta burocracia y por el cuerpo diplomático, el michoacano inauguró un monumento plagado de irregularidades y desaciertos, en el curso de un evento acorde con la trivialidad de los que generó su administración en torno a las efemérides del 2010.

Esta obra ¾cuya elección fue ampliamente cuestionada y en cuyo desarrollo se han dado todos los matices de la degradación política y administrativa¾ es para la sociedad mexicana el paradigma de la simulación y de la transa, motivos por los cuales la ironía popular  siempre sagaz,  bautizó la polémica estructura como la suavicrema ¾por su semejanza con una popular galleta¾,  la Estela de la Ignominia y hasta como la Estela de Pus, apelativo atinadamente vinculado a la podredumbre de la que surgió y al blanquecino color de su revestimiento.

La proliferación de descalificativos a la estructura contrasta diametralmente con la espontánea apropiación que nuestros bisabuelos y abuelos le dispensaron a la Victoria Alada de Enrique Alciati al día siguiente de su complicada colocación en su pedestal de la Columna de la Independencia, estatua a la que familiar y cariñosamente bautizaron como Angel, constituyéndose desde ese instante en el más entrañable de los referentes urbanos de los capitalinos.

El reverso de esa vivencia es, lamentablemente, la Estela de Luz, en la que se vieron involucrados tanto el gobierno federal como el del Distrito Federal, cuyos funcionarios ¾además de avalar el proyecto y brindar todas las facilidades para su onerosa consecución¾, en un incomprensible y condenable acto de autoritarismo cercenaron el territorio de la delegación Cuauhtémoc, al ceder al gobierno federal los cino mil metros cuadrados que ocupa el polémico complejo arquitectónico.

Esta acción, cometida a espaldas de los capitalinos, constituye una afrenta que nos indigna y reconfirma que en el seno del gobierno capitalino se han insertado intereses ajenos a los principios y programas de la izquierda que asumió el gobierno democrático de la capital en 1997 y que concretó, en acciones y políticas públicas claras y transparentes, la reapropiación de plazas y monumentos como espacios naturales de convivencia entre la sociedad y su imponente patrimonio histórico.

Baste recordar la recuperación que del propio monumento a la Independencia se llevó a cabo el 21 de marzo de 1998 al abrir el mausoleo al público como el Altar de la Patria. Meses más tarde, el 20 de noviembre,  se hizo lo mismo con el Monumento a la Revolución, rescatando para la sociedad su función de mausoleo del movimiento armado.

La entrega de la mal llamada Plaza Lieja a la federación es un acto que exige una explicación puntual de nuestras autoridades administrativas ¾tanto de la Jefatura de Gobierno como de la delegacional¾, así como de parte de la diputada del distrito XIII,  quien por estar más involucrada en sus aspiraciones políticas seguramente ni enterada está de que a sus representados les fue cercenado parte de su territorio para esta aberración monumental.

La oportunidad perdida de Calderón para encabezar la indignación en torno a las anomalías del monumento fue aprovechada por la sociedad civil quien en un acto de reapropiación y resignificación consagró la onerosa estructura como memorial a las víctimas de la violencia.

Quienes desde las redes sociales convocaron a la manifestación que se llevó a cabo a menos de 24 horas de la inauguración, integraron a este memorial a todos los inocentes caídos en la “guerra contra el crimen organizado”, a las mujeres víctimas de los feminicidios, a los niños de la Guardería ABC, a todos los desaparecidos y a todos los desplazados por la violencia criminal que desató el michoacano el 6 de diciembre de 2006.

Con esta acción colectiva, la sociedad mexicana ha dado puntual sentido al epígrafe de Saramago, reconociendo que “somos la memoria que tenemos” y que como colectivo la asumimos con plena “responsabilidad” a pesar del intento encandilador de Felipe Calderón.