Se llama entrevistas de banqueta a las que realizan los periodistas al calor de la oportunidad y no de lo planeado. Así ocurrió con esta encuesta, aprovechando que estaban tres grupos de alumnos de la UNAM, se les preguntó por sus libros favoritos. No es, pues, una encuesta con todas las de la ley. No se eligió a los encuestados para establecer una muestra significativa y hacer el sondeo confiable. Sin embargo, pues fue hecha al azar, es indicativa.

            De modo sorprendente, y sin rival a la vista, Gabriel García Márquez se quedó con  la mayoría de los votos. Sólo Cien años de soledad acaparó 17 votos, y el resto se repartió a dos por título, entre Del amor y otros demonios, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, Extraños peregrinos. Doce cuentos, Memorias de mis putas tristes y uno para Crónica de una muerte anunciada y otro para La hojarasca.

            El segundo lugar fue, con ocho votos, para Narraciones extraordinarias, mientras un estudiante eligió Cuentos completos y otro un poema, “El cuervo”, que, por cierto, gustaba de recitar, en inglés, Pedro Arméndariz, padre. No es tan casual que esta preferencia por Edgar Allan Poe coincida con la ola de literatura (y el cine) actual de terror, como los cuentos de vampiros. Sin embargo, Poe siempre ha estado en las preferencias de los lectores cultos (Baudelaire y Cortázar, por ejemplo) y de los comunes y silvestres. Sospecho que esta lectura apasionada se sustenta en que Poe (basta recordar a Freud y, por supuesto, a Marie Bonaparte) se refiere siempre a los temores más profundos de la humanidad: el ser enterrado vivo, el miedo a la castración, el complejo de Edipo.

            Empatan en tercer lugar, con respectivos nueve votos, Cervantes y José Emilio Pacheco, citados por orden de aparición en escena. Con Cervantes todos eligen su obra mayor, El Quijote, evocado así, con su nombre abreviado. Nadie se distrae con “Rinconete y Cortadillo”, que a mi me encanta, ni se les ocurre recordar, tal vez ni los hayan oído mencionar los famosos entremeses (suyos o atribuidos). Con José Emilio, cuatro eligen El principio del placer y cinco, Las batallas en el desierto (que en números anteriores comentó con acierto Edgar Díaz Yáñez). Es curioso que Pacheco sea reconocido como poeta y sin embargo, los estudiantes de la encuesta hayan elegido libros de relatos. Sí hay votos por los poetas, Xavier Villaurrutia (Nostalgia de la muerte), Walt Whitman (dos: “Canto a mí mismo”), Baudelaire (cuatro: Las flores del mal); Sabines (dos: “Los amorosos” y Poemas), García Lorca (uno: “Poeta en Nueva York”). Otros poetas se mencionarán líneas más adelante.

            Kafka sigue en la lista, con seis alumnos que prefieren “La metamorfosis” y uno, El proceso. Carlos Fuentes cierra la lista de los cinco primeros lugares con Aura (tres), Cantar de ciegos (que es libro de relatos, con un voto), Todos los gatos son pardos (que es teatro con otro voto) y El espejo encantado, que es libro de ensayos, con uno más. Creo que es el único libro de ensayos que aparece en la encuesta.

            Si la lista la encabezan, entonces, García Márquez, Poe, Cervantes y Pacheco, Kafka y Fuentes, los siguientes cinco son: Saramago, Shakespeare y Hesse que empatan con cinco votos para cada uno. Luego, con cuatro votos por piocha, un tercer empate que reúne a Neruda, Quiroga, Baudelaire, Benedetti y Tolkien.

            El teatro se lee menos que la poesía, Como se puede observar aparece en la lista anterior  solo un hombre de teatro, Shakespeare. Arthur Miller tiene dos votos, ambos para La muerte de un viajante. Otros dramaturgos con un voto son Las paredes oyen, de Juan Ruiz de Alarcón; La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Usigli también tiene un voto, pero es por la novela Ensayo de un crimen y no por una obra teatral. Llama la atención la ausencia de Emilio Carballido o de Tennessee Williams.

            Pocas escritoras surgen en la encuesta: Isabel Allende (tres votos); Laura Esquivel (tres); Amparo Dávila (uno); Rosario Castellanos (uno, con un libro de ensayos); Claudia Celis (dos); Esther Seligson (uno), Ángeles Mastreta (uno); Ana Manrique (uno), Cristina Rivera Garza (uno); Anne Rice (uno). Esta última de temática gótica. Cierro la lista con tres clásicos: Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Cumbres borrascosas, de Emily Brontë y Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Echo de menos a Rosario Castellanos (que no aparece como novelista ni como poetisa) y a Elena Poniatowska. También a Virginia Woolf.

            De los clásicos: la Divina Comedia, de Dante (dos); La Ilíada, de Homero (dos); Metamorfosis, de Ovidio (dos). De los populares de todos los tiempos, ya apareció Hesse, pero también está El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson; El retrato de Dorian Gray, de Wilde; Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, de Dumas; Santa, de Federico Gamboa; Crimen y castigo, de Dostoievski. El principito, de Saint-Exupéry y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Caroll.

            De los libros difíciles se mencionan: Viaje al fin de la noche, de Celine; Ulises, de Joyce; Almuerzo desnudo, de Burroughs, y En busca del tiempo perdido, de Proust. Dos del Marqués de Sade: La filosofía en el tocador y Los 120 días de Sodoma.

            Las ausencias más notables: Juan Rulfo (dos votos), José Revueltas (un voto), Salvador Novo, Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska (sin votos). No es casual. Antes, las clases de literatura en la enseñanza media y media superior iban forjando cánones; hoy, desaparecidas las clases de literatura y sustituidas por clases de gramática y lecturas de unos cuantos textos, no todos de literatura, (uno es de ciencia y otro de periodismo) el conocimiento de las letras está desapareciendo. En una encuesta, entre 500 estudiantes del ala de Humanidades de la UNAM, realizada y procesada con todas las de la ley al final de los setentas, el primer lugar correspondió a  Juan Rulfo y el segundo, a José Revueltas, los dos más grandes novelistas mexicanos del siglo XX.