El editor británico Peter McGee, que considera a Mi lucha, un libro “gordo, aburrido y horrible”, quiere publicarlo para desilusionar a los alemanes, quienes –dice- están fascinados por ese texto sólo porque está prohibido.
McGee pretendía reproducir fragmentos de este ideario nazi en su semanario Zeitungszeugen acompañados de comentarios de historiadores, pero sólo fue autorizado a reproducir los comentarios, mientras los fragmentos de Mi lucha deben ser ilegibles.
La polémica puede parecer absurda a estas alturas, pero en la era de la globalización, con millones de trabajadores prestando sus servicios en países ajenos, el racismo es la ideología más peligrosa y recurrente. Cuando por la derrota de los países socialistas se planteó el supuesto fin de las ideologías, no se puede dejar de lado que el racismo es muy previsiblemente la ideología de principios del siglo XXI.
No es casual que, al mismo tiempo, el Ministro de la Construcción de Alemania haya manifestado su intención de desplazar las estatuas de Marx y Engels del centro de Berlín, a una zona alejada, donde se ubica el Memorial y Cementerio de los socialistas. El Senador de Cultura, equivalente al ministro de Cultura, se opuso argumentando que el monumento es testimonio de una época y que debería ser “tratado con dignidad”.
En otras palabras, se intenta cambiar la historia que registra la invasión de Hitler a la Unión Soviética que ocasionó 20 millones de muertos, y la final derrota del nazismo con la entrada de las fuerzas soviéticas a Berlín el 9 de mayo de 1945. En esta misma semana se conmemoró, el 27 de enero, el Día Internacional del Holocausto, porque en ese día, en 1945, el ejército soviético liberó el campo de concentración de Auschwitz. Siempre es necesario recordar que fueron seis millones de judíos los que perdieron la vida en el Holocausto.
