En manos de Calderón y Madero
René Avilés Fabila
Felipe Calderón, ocupado como está en una costosa guerra contra el crimen organizado y terco en conducir su partido al estilo del viejo PRI, no acaba de percatarse de que Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador están en campaña abierta. Es, como muchos lo han señalado, un político que tiende a ser autoritario. Por ello se ha rodeado de funcionarios visiblemente incapaces, ninguno bien preparado. Su gabinete, mil veces modificado, en ningún caso ha dado los resultados necesarios para afirmar que el suyo ha sido un buen gobierno. Al final, los reproches ya están garantizados.
En manos de Gustavo Madero, el PAN se nota errático, desconcertado. No basta tener apellido ilustre, se requiere habilidad y talento. Prefiere perder el tiempo en virulentas críticas al PRI en lugar de darle a su partido y a los aspirantes presidenciales un proyecto de nación que valga la pena. No importa que la cúpula panista esté convencida de que, bajo sus manos, llevamos casi doce años de incesante progreso. Lo que han hecho los panistas es subirse al camión destartalado que dejó el PRI y lo han utilizado, contra sus antiguas opiniones, de la peor manera. Las instituciones que López Obrador mandó al demonio siguen vigentes, cuando con toda seriedad ameritan cirugía mayor. Más curioso es contemplar cómo el conservadurismo mexicano se ha colgado de los íconos oficiales del priismo. Jamás seriamente el PAN ha ofrecido nuevas instituciones ni hecho cambios radicales. El discurso de los candidatos panistas es semejante y está centrado en feroces ataques a sus rivales tradicionales. Eso es perder el tiempo.
El panismo no sabe qué hacer exactamente y se limita a decir que en su seno la democracia es perfecta y por eso tienen largas discusiones para buscar al candidato adecuado. Presumen su democracia interna y señalan que el PRI y el PRD cuentan con sendos candidatos por una suerte de dedazo. Pero ¿dedazo de quien? Peña Nieto se impuso a Manlio Fabio Beltrones y Andrés Manuel López Obrador venció con facilidad a Marcelo Ebrard. No hubo imposiciones. En cambio, todos los mexicanos observan a un Felipe Calderón empeñado en imponer a Ernesto Cordero. Para colmo, los candidatos panistas no han logrado articular un proyecto nacional. Piensan ganar milagrosamente, con la ayuda divina. No imagino a la distinguida Josefina Vázquez Mota en una reunión con mujeres campesinas, convenciéndolas con impulsos de autoestima o a Ernesto Cordero justificando a los obreros que es posible vivir con 6 mil pesos mensuales y tener casa, coche propio, hijos en escuelas particulares y créditos. Para qué hablar de Santiago Creel, es un peón en el juego perverso de Felipe Calderón.
Es posible que el PAN acelere su proceso interno, sobre todo ahora que sus rivales comienzan a moverse por el país. Tal vez. Pero será tarde. La lucha final se antoja entre Peña Nieto y López Obrador.
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