Vicente Francisco Torres
(Tercera y última parte)
Ferdinand Bardamu es tan adicto a las cosas terribles que, cuando llega a Manhatan, va y describe un baño público, con sus fetideces, sus ruidos, los humos y las carcajadas brutales.
En Detroit consigue empleo en una planta de Ford. Conoce a una prostituta que lo ama y se da cuenta de que él es sensible, de que vive enajenado a las máquinas y a los ruidos pudiendo hacer traducciones o emplearse en una oficina. Cambia la enajenación de él por la de ella y comienza a mantenerlo, pero Ferdinand obedece a su loco deseo de huir, de no atarse, y fríamente le anuncia que se regresa a Europa.
El resto es una mezcla de novela y autobiografía, porque Ferdinand estudia medicina en París e instala su consultorio en los suburbios, donde no tiene clientela que pague pero atiende a seres patibularios.
En la novela menudean las escenas escatológicas y los insultos, las reflexiones brutales aunque certeras del tipo “Quien habla del porvenir es un tunante, lo que cuenta es el presente. Invocar la posteridad es hacer un discuerdo a los gusanos”. Sin embargo, la prostituta abandonada, la que lo vistió y le dio de comer, le inspira unas líneas que poco se invocan al caracterizar la narrativa de Céline: “Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa que yo no he cambiado, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin (…) he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros”.
