Lorel Manzano

En febrero de 1922, en el castillo de Muzot, Rainer Maria Rilke escribía una carta en la que se decía salvado después de haber sufrido una tormenta de emociones creadoras. Aún convaleciente y “con las rodillas temblorosas”, llamó a su victoria Las elegías del Duino. Por fin, tras un largo peregrinar, había encontrado a orillas del Duino el espacio para hacer de su desamparo existencial una fortaleza. Estaba radiante: “he salido ahora mismo para acariciar al claro de luna a ese viejo Muzot”, apuntó en aquella carta.

Rilke fue un poeta viajero, un hombre que evitó con todas sus fuerzas la residencia prolongada. El primero de sus viajes fue un duro desarraigo: a los once años se vio obligado a dejar Praga para ingresar a una escuela militar en Austria, donde vivió cinco años y la cual debió abandonar al caer enfermo. En esos años estudió comercio en otra ciudad austriaca, de regreso a Praga ingresó a la universidad para estudiar Filosofía, Literatura e Historia del Arte; cambió de carrera a Ciencias Jurídicas y, finalmente, estudió alrededor de un año estética e Historia del Arte en Múnich. Durante ese tiempo publicó sus poemas de manera constante en periódicos y en 1894 apareció su primer poemario Vida y canciones. A éste le siguieron Ofrenda a los lares y Coronado de sueños.

A los 22 años, Rilke comenzaría la serie de viajes que concluirían hasta su muerte. El primero fue el que realizó a Venecia para reunirse con la brillante y polémica Lou Andreas Salomé, a quien había conocido en Múnich. Lou sería de gran importancia para el poeta, no sólo por la apasionada relación que mantuvieron durante años, sino por el trato íntimo y confesionista que conservaron a lo largo de toda la vida. Lou siempre tuvo la convicción de que la enfermedad espiritual de Rilke era al mismo tiempo su única posibilidad de curación y, sobre todo, su manantial creativo. Así, a pesar de haber sido discípula de Sigmund Freud, se rehusó a que Rilke se sometiera a psicoanálisis, pues, como ella misma apuntó, “la idea de que tales métodos no hubieran existido nunca en su juventud me llenaba de amargura. Ya que estos métodos no se aplican sin un grave peligro en un artista realizado (según mi propio modo de ver, que sin embargo, no es el mismo de Freud)”. En una carta de julio de 1914, Lou le decía a Rilke: “Es cierto que gran parte de la elaboración poética nació de todo tipo de desesperaciones, pero si naciera de la desesperación de no ser capaz de semejantes condensaciones habría en ello, a pesar de todo, un error”. Por su parte, Rilke asumía los comentarios de Lou, pero cerró su carta en respuesta con las siguientes palabras: “por ahora soy yo quien se arrastra penosamente con esta potencia creativa, como un pájaro enfermo hundido bajo el peso de sus alas”.

El viaje invitaba a la interpretación de las sensaciones causadas por la naturaleza y la arquitectura, y a su vez, implicaba su desarrollo en el mundo intelectual: en una colonia para artistas en Worpswede comenzó su amistad con Stefan George y Gerhart Hauptmann; en Viena conoció a Hugo von Hofmannstahl y Arthur Schnitzler; en Moscú, acompañado por Lou y su esposo, visitó a Tolstoi; de regreso a Worpswede conoció a la escultora Clara Westhoff, con quien se casó al año siguiente. A finales de 1901 nació su única hija y meses más tarde Rilke se trasladó a París para trabajar en un estudio sobre el famoso escultor Auguste Rodin.

Comenzaba el siglo y se abría un nuevo periodo en la vida del poeta. Su estancia en París le proporcionaría los elementos que aparecerían más tarde en su única novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, así como la posibilidad de estudiar la obra de Rodin y de Paul Cézanne. Bajo otra estética, publicó, en 1902, El libro de las imágenes y al siguiente año Nuevos poemas. En ambos títulos aparece un nuevo mundo, que es el silencioso mundo de las cosas, recién descubierto por el alma del artista que tiene la tarea de dejar hablar a las cosas mismas. En el poema “La canción de la estatua”, de El libro de las imágenes, la voz poética pertenece a la piedra:

 

¿Quién hay que me ame tanto

que repudie su vida, tan querida?

Cuando en el mar alguien se ahogue por mí

yo seré redimida de la piedra

y volveré a la vida, a la vida.

 

¡Tengo tanta nostalgia del correr de la sangre;

la piedra es tan callada!

Yo sueño con la vida: la vida es buena.

¿Nadie tiene el coraje

de hacerme despertar?

 

Y si vuelvo a la vida alguna vez,

que todo lo dorado me dará…

… … … … … … … … … …

lloraré en soledad,

lloraré por mi piedra. ¿De qué me servirá

mi sangre si madura como el vino?

No puede con su grito hacer brotar del mar

a aquél que más me amó.

 

 

Y quizá el poema más conocido de Nuevos poemas sea “La pantera”:

 

Su mirada, cansada de ver pasar

las rejas, ya no retiene nada más.

Es como si hubiera mil rejas

sin el mundo detrás de ellas.

 

Su andar blando, sus pasos flexibles y fuertes,

gira en torno a un estrecho círculo;

como una danza de fuerzas en torno a un centro

en el que reside una voluntad imponente

 

Algunas veces, alza el telón de sus párpados

en silencio. Una imagen viaja hacia dentro,

viaja a través de sus miembros, de la silenciosa quietud

y en el corazón su existencia acaba.

Rilke continuó su vida de peregrinaje a través de Italia, Dinamarca, Bélgica, Suecia, Holanda, Alemania, Francia y España. En 1912 comenzó las Elegías del Duino en el castillo de Muzot, bajo el mecenazgo de la condesa Marie von Thurn und Taxis, pero no las concluiría sino 10 años más tarde. Esta serie de viajes, tan necesarios para él, se vio interrumpida por el estallido de la Primera guerra mundial. Rilke se encontraba entonces en Alemania y a pesar de sus esfuerzos no pudo regresar a París. Fue llamado a filas y sólo con la ayuda de amigos influyentes pudo regresar del frente a Múnich, donde residiría hasta el término de la guerra. Como él mismo confesó en carta, deseaba escapar cuanto antes al caos de la posguerra. Así, continuó con su vida errante a través de Suiza.

La tercera etapa creativa de Rilke comienza con su salida de Alemania y con la apasionada relación que mantendría con la pintora rusa Baladine Klossowska, a quien llamaba cariñosamente Merline. El intercambio epistolar, parte imprescindible de la obra de Rlke, da cuenta de la predisposición anímica del poeta y su necesidad de encontrar el lugar propicio para abandonarse a la tormenta de emociones que siempre lo había perseguido. En mayo de 1921, antes de abandonar el cantón de Zúrich, escribió a Merline:

Me interrumpo a ratos para mirar el parque en pleno verdor, tan prometedor, querida, y tan bello. En este momento la fuente está azotada por una gran tormenta que viene del oeste y motiva una alternancia brusca de sol exageradamente claro y de lluvia hostigada que pasa ante las ventanas como un símbolo del tiempo. Y yo mirando, mirando… Dentro de unos días habré recuperado la serenidad y le escribiré con un poco más de fuste sobre lo que me propongo hacer antes y después. Hoy lo que ocupa todo mi corazón es la solemne despedida.

 Rilke se había despedido a lo largo de toda su vida y había convertido en una necesidad abandonar los sitios que tanto quería. Sin embargo, en el castillo de Muzot encontraría algo distinto, algo a orillas del Duino, algo que él mismo presentía sobre esas “fuerzas oscuras” que lo acosaban. Por fortuna para Rilke, su amigo y protector, Werner Reinhart compró el castillo de Muzot con el objetivo de brindarle un espacio seguro al poeta, quien ya se encontraba enfermo: le quedaban cuatro años de vida.

En aquella carta de febrero de 1922, dirigida a Merline y en la cual se decía salvado, daba por concluidas sus Elegías al Duino y trabajaba en Los sonetos a Orfeo. Estaba radiante: aquél era un gran momento para Rilke y para la literatura en lengua alemana. En sus dos poemarios, la imagen poética cobraba fuerza y aunque seguía cercana al ser de las cosas, ascendía hacia una verdad superior y, por tanto, al ordenamiento de Dios. Por fin Rilke encontraba en “su espacio interior universal” una concentración del mundo. Era ese espacio, en el alma, donde estaba la vida.

Su felicidad aumentó, cuando, a los pocos días, Merline le comunicó que pronto lo visitaría en Muzot. Rilke le decía que era el mejor momento, que se cumpliría un aniversario de la primera visita al castillo y concluyó su carta con las siguientes palabras: “entonces usted estaba entregada a la dulce ocupación de hacer el primer retrato de Muzot y yo, mientras tanto, había ido a arrodillarme a la capillita blanca. ¿Se acuerda de lo buena, larga y ligera que fue esa mañana, como traspasada por una tierna bendición? Intente, si es posible, encontrar aquella fecha.”