Eve Gil

Luego de leer el absorbente libro de Antonio Marquet, El coloquio de las perras (UAM Azcapotzalco, Mexico) —en clara alusión cervantina… pero también mucho más— me encuentro con que Las Hermanas Vampiro —de quienes he escuchado hablar como una leyenda urbana, e incluso poseo una maravillosa fotografía enmarcada de Osvaldo Calderón que me fue obsequiada por el autor de este libro— son mucho más que la idealización que se tiene de las drag queens como espectáculo y despliegue de colores. Mucho, pero mucho más. No se trata sólo de ver a artistas, biológicamente varones, transformados en hermosas y extravagantes mujeres que invierten el aburrido orden de las cosas por un par de horas. No. A las Hermanas Vampiro, la belleza no les preocupa. O por lo menos, les preocupa mucho menos que recrear la situación sociopolítica de nuestro país a través de parodias donde el aislado, el vejado, la víctima por excelencia —el homosexual, el travestido— toma el mando y coloca a los dominadores en un plano de inferioridad que, en el fondo, no les es tan ajeno. Ante la vejación continua de la que somos objeto los ciudadanos —con excepción de políticos y empresarios, y aquí poco cuentan género, orientación sexual, color o procedencia— los entusiastas asiduos —súbditos, diríase por momentos— al show de las Hermanas Vampiro apenas se percatan de que, una vez más, están siendo humillados… con la diferencia de que, quien los humilla, son los humillados allá afuera. E ingenuamente creen participar de un juego, de un show, sin entender que esta misma dinámica se perpetuará en sus centros de trabajo; en su ejercicio del voto; cuando la desgracia los orille a solicitar los servicios del Seguro Social… sólo que en vez de las Hermanas Vampiro serán personas disfrazadas de gente decente las que los obligarán a encuerarse y prestarse al ridículo a cambio de un dildo: “…En Joteando por un sueño —explica el doctor Marquet— el latigazo verbal produce risa, promueve la carcajada: esto sería impensable si en la sociedad mexicana hubiera un asomo de equidad: si la comunidad gay no validara, no tuviera estos principios en la base de su subjetividad (…) El espectador también para distanciarse, para ponerse a salvo de los mecanismos de estigmatización” (p. 277).

Tan habituados están a la humillación —basta ver los programas de TV como los que parodiados en este mismo show para estar seguros de ello— que se divierten con ella, la propia y la ajena —porque la práctica del perreo es una competencia entre “perras” de ver quien sobaja más a la otra— no importando ser el blanco de las risitas prepotentes de quienes ingenuamente piensan “eso no me sucederá a mí”, aunque les suceda todo el tiempo. Aunque no dudo tampoco que alguno de los asistentes, como el propio Antonio Marquet que ha prefigurado toda una teoría freudiana en torno a la naturaleza de este espectáculo y sus asiduos, sin preocuparse demasiado por nimiedades tales como si la mayoría son homosexuales o no, deje de ver el mundo como lo veía hasta antes de presenciar uno de estos delirantes shows donde las dragas no sólo no reniegan de su condición biológica, como pudiera pensarse —ninguno de ellos se ha sometido a cirugías de cambio de sexo, cosa que en su momento amenazó seriamente sus convicciones y su fuente de trabajo… tampoco se molestan por esconder sus rasgos masculinos secundarios, como el vello excesivo— sino que ejercen en forma absolutamente calculada el machismo, la misoginia, el racismo y hasta la homofobia como una manera de representar a una sociedad hipócrita que maquilla densamente sus fobias y pretende pasarlas de contrabando con frases tan sobadas como “no tengo nada en contra de los homosexuales, pero me parece una falta de respeto (a nosotros, los heterosexuales, los dueños del mundo, muchas veces bugas a la fuerza) que se besen en público y en frente de los niños”. O ésta de heteros “alivianados” que en lo personal detesto: “Ay, tengo muchos amigos gay… son tan simpáticos y ocurrentes. Ya ves, soy bien open-mind”, como si el homosexual fuera un perrito de raza exótica o, peor aún, una posesión del generoso buga que se jacta de su tercermundista mente abierta. Tener un amigo o amiga ya está tan de última como acarrear un perrito chihuahua. Seguimos, pues, sin entender que son exactamente iguales a nosotros; que no están hechos como los bolsos Prada, para lucimiento de los bugas open-mind.

Ver con mis propios ojos —el libro está lleno de láminas dignas de contemplarse— de lo que son capaces algunos con tal de ganarse un dildo, por ejemplo —ya no digamos otras tantas chucherías que las Vampiros obsequian a manos llenas— me hace pensar —y perdón por tan atrevida comparación— en las presentaciones de libros de Bellas Artes donde la gente, en su mayoría, no acude a ver a Juan Villoro o a Elena Poniatowska (y dudo que estos genios de la literatura sean tan ingenuos para suponer que, en un país de analfabetas funcionales, un escritor acarreé tantísimos fans), sino a tomar por asalto la mesa de los bocadillos y las bebidas. Y no, no me estoy refiriendo a gente pobremente vestida, sino a señoras enjoyadas y peinadas de salón y caballeros de sombrero y levita que de ninguna manera se pararían en alguno de los shows de las Hermanas Vampiro. Todo esto es para llorar… y las Hermanas Vampiro, más que ponerlo en evidencia, lo realzan de manera que las carcajadas sustituyan a las lágrimas. En un mundo donde todos quieren parecer lo que no son… lo que no pueden ser… donde las chicas se esfuerzan por ser rubias y anoréxicas como las estrellitas extranjeras de las telenovelas mexicanas, y las duquesas venidas a menos dan rienda suelta su bulimia en la terraza de Bellas Artes… el cruel ingenio de las Hermanas Vampiro, según la describe el doctor Marquet, es una sacudida brutal pero necesaria que puede generar una genuina catarsis. Y esto tiene mucho que ver con lo que Marquet denomina “el arte del perreo” que, agrega, es un equivalente del “albur” manejado mayormente en el ámbito heterosexual-falocéntrico. Según explica el autor, el perreo es el arma defensiva del discriminado vuelto discriminador, “…Si el sujeto gay fue objeto de risa por parte de la masa, el empoderamiento reactivo debe dirigirse a ese poder gaycida, a sus emblemas, sus valores, hacia todo lo que da sentido y lo representa. La anarjota es ante todo anarquista (p. 75).

El doctor Marquet se sumerge a fondo en este, llamémosle, “fenómeno”. Realiza todo un estudio psicosociológico en torno a sus protagonistas y sus estilos de vida. Los vemos sin maquillaje, abajo del escenario, despojados de su armadura y expuestos a la kriptonita de una sociedad que no los reconoce.