Dionicio Morales

…Si su libro Recinto “es una historia de amor que se cumplió de cabo a rabo”, Hora de junio “relata un desastre amoroso”. Aquí la soledad alcanza el instante casi inhumano y Carlos Pellicer la define como: agua vacía. La desolación divinamente terrenal mantiene viva la llama de la vida que casi es la de la muerte. Las imágenes, aquellas imágenes cómplices en el lujo del amor, se borran porque sus orígenes nacen de una corriente que en sus entrañas —también vacías— ahíjan la hecatombe de los sordos silencios. Las palabras huyen hacia las nubes desiertas y naufragan en la gran nada nocturna en donde no se oyen ni los disimulados ayes de la poesía.

Carlos Pellicer se apropia de Junio cuando ya ha abandonado su abrasadora desnudez. Como un largo flagelo elige su tiempo y espacio para que los recuerdos no cicatricen las heridas: el viento las roza y un dolorcillo placentero despierta de nuevo los sentidos. Junio es más que un mes del año, más que el nacimiento del verano cuando hornea el mediodía sus calores, más que los jóvenes aceites derramados sobre los jóvenes cuerpos tropicales. Junio es y no es el nombre de la adorada persona. Junio es y no es el ser amado.

Pellicer cifra en Junio la desordenanza de su mundo interior y recurre otra vez al bíblico deseo de ordenar el caos personal en medio de los elementos naturales. Junio es su asidero, la bendita expresión que confirma el gramatical modo de descifrar la parte por el todo. Junio es lo infinito, las cenizas que como brasas encendidas queman y purifican. Para Carlos Pellicer, Junio es, en un desdoblamiento de sentidos afines, el nacimiento, la cumbre, el descenso del amor. Por ello lo crea o lo recrea, lo imagina o lo sueña. Es notorio el encendido rubor de Pellicer por ocultar con un velo pequeño y transparente su poesía amorosa. Pero no se crea que en Hora de junio, el poeta ignoraba lo que hacía. Habitado como está por las fuerzas poderosas de la creación, sabedor de que el drama de la selva es el drama de la vida, no podía sustraerse al deseo de cincelar en esta obra la ruina moral de su desastre amoroso al alternarlos con los poemas épicamente líricos dedicados al paisaje. Pellicer confronta de manera brutal los dos dramas: el drama del hombre que en su deshabitada soledad “devora sus propios corazones/ y juega con los ojos del paisaje”, y el drama de la selva que “en la desnudez intacta de las hojas/ cobija el ruido de las vastas soledades”.

Carlos Pellicer, en un viaje hacia adentro de sí mismo en Hora de junio, desbarata —hilo de oro— una a una sus imágenes, lujo del amor, vividas bajo el amparo del sacratísimo mes de Junio. ¿Cara o Cruz? Lo que en Recinto es cara, en Hora de junio es cruz: es lo negro sobre lo blanco, el desierto sobre la selva, el aceite sobre el agua. A simple vista no lo parece porque Pellicer, con su genio poético, invierte —¿o subvierte?— el orden de tiempo y espacio, de fondo y forma, en los sonetos, más explícitamente en cada serie, haciéndonos vivir en la desolada inmediatez de la memoria devastada por aquellos instantes cardinales de los amantes que aherrojaron dos cuerpos, dos almas, a una prisión secreta de la que uno de ellos, al parecer, salió ileso; el otro sigue enfermo de vida: Carlos Pellicer. Hora de junio no es, pese al “grito claro que alerta al horizonte”, el último canto suntuoso y desgarrador del cisne que va a morir, sino el opulento y sonoro aleteo de un águila que no cae, desciende, y nunca muere.

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En esta poesía se habla de Adán, se hace referencia al paraíso —mentido paraíso, escribe el poeta—, a Eva no nombrada por su nombre pero sí creada con su retador e imperfecto origen, con su jubiloso pecado milenario. En su obra Alí Chumacero vive y sobrevive a sus propios rencores amorosos, a los abandonos náufragos, a la cúspide del deslumbramiento y a la ceguera en el desprendimiento mutuo, a la elevación de la gloria carnal, suprema. A todo esto canta el poeta, al resplandor último vencido y celebrado con el místico sentido del polvo, es decir con su Amor entre ruinas.

En el poema “Diálogo con un retrato”, Alí Chumacero, ante la figura aparentemente indefensa de la amada —porque guarda en su atrapada efigie el amor, la pasión, el dolor de lo vivido—, con amarga alevosía, con descarada ventaja, se concede un momento para recapacitar y sopesar, en un lenguaje propio, el fruto ya árido del fuego destruido. Así la ve: “reposas como imagen hecha hielo/ en el cristal que te aprisiona/ y te adivino en duelo”, que no son nada buenos ni amorosos deseos. El poeta insiste, como rígida constancia en toda su obra, en el resplandor en ruinas, ya que para él sólo vuelve a nacer quien ha sido calcinado por el fuego, celebrándolo de esta manera: “De allí has de brotar hecha ceniza…/ creada nuevamente de tus ruinas”. Al final, Chumacero, cara a cara, se pregunta a sí mismo, más que cuestionar al retrato, quién es esa imagen—sabiéndolo— y él mismo se contesta, herido y convencido, “la imagen/ de todo lo que nutre mi silencio”. Un largo silencio toma su forma en todos los espacios.

Alí vive, con todo y consecuencias, los momentos propios de la joven embriaguez —carnal y espiritual— que une cielo y tierra en una idéntica alma, en una misma carne. Las palabras muestran su primigenio origen para, al contacto con el famélico discernimiento de Chumacero, conferirle “otro” sentido a su real significado, como lo hace todo gran poeta. Con majestuosos aires lopezvelardianos, que refrescan y a veces contrastan su ya sólida propuesta, Alí se regodea sobre sus malsanas “imperfecciones” para lograr saciar su ávida escritura de vida, avivada —disculpen las aliteraciones villaurrutianas— casi siempre en el resplandor último o primero de sus instintos iluminados o ciegos.

Cuando la caída amorosa, cúspide del amor, no nace del consabido desastre, el poeta anhela “un alto simulacro de ruinas”, para no equivocarse en sus pasiones y tener la certeza de que son pecadoramente puras. Como en Pellicer, se dimensionan los sentidos: ojos, lengua, manos, oídos, nariz, ganan poco a poco sus espacios —unos más que otros— para posesionarse de las palpitaciones todas que ella, nacida para su caricia, dice Chumacero, exhala con insinuante libertad, aherrojada sólo por las nuevas capitulaciones de él.

En “Espejo y agua” Alí Chumacero no ha abandonado el entorno de la estatua y de lo que ella representa. “El silencio es de cera”. El aliento se ha apagado. El lamento de Adán se sonoriza. El paraíso de ella era mentira pero, pese a todo el descalabro físico y psíquico sabiamente reconstruido, mejor dicho modelado, el canto moja la mirada y en una narcisista visión en retirada, agrega: “Porque al mirarte contra el agua, miras/ mi pensamiento en tu alma suspendido”. Su arqueo de vida lo lleva a elucubrar amorosas serenidades pero a la vez lo acerca al vacío, a su forma, que lo orillan a decir, después de un arrebato en agonía, de una sentida despedida: “Pero jamás conoceré mi propio sueño,/ el alma que pretende defenderme,/ mi corazón vacío, ni mi forma”. Y como ya es costumbre en la poesía de Alí Chumacero, esto no es más que un frío y descreído preámbulo para el final que, claro, es otro “retorno”. Los vaivenes estrepitosos pero silentes —porque la mayoría de las veces son hacia adentro— no reconocen otra paternidad que las suntuosas desazones de la vida misma.