Andrés Manuel López Obrador
Alfredo Ríos Camarena
Siempre he reconocido en Andrés Manuel López Obrador un líder y un luchador social, que ha logrado concitar cientos de miles de voluntades, en su ya larga carrera política; sin embargo, al igual que todos los políticos, su vida refleja luces y sombras; inconsecuencias, desaciertos y soberbia; también terquedad, aspiraciones sociales y capacidad de denuncia, es decir, se trata de un personaje polémico y discutido que tiene once años, o más, de pretender ser el jefe del Ejecutivo federal.
Nuevamente se ha logrado posicionar como candidato a la Presidencia de la República, de lo que genéricamente llaman las “izquierdas” que es más un apodo que una realidad, pues la izquierda real se manifiesta en conceptos ideológicos definidos y en una acción que se sustenta en una política social, que tiene como base científica la lucha de clases.
A mayor abundamiento, el “nuevo” López Obrador pretende deslumbrarnos, anunciando con muchos meses de anticipación, a los integrantes de su supuesto gabinete, incluyendo el nombre de mexicanos brillantes y oscuros, conocidos y desconocidos como Marcelo Ebrard, Rogelio Ramírez de la O, Juan Ramón de la Fuente, Claudia Sheinbaum, Javier Jiménez Espriú, Fernando Turner, Adolfo Hellmund, María Luisa Albores, René Drucker, Víctor Suárez Carrera, Sergio Rodríguez Cuevas, José Agustín Ortiz Pinchetti, Genaro David Góngora Pimentel, Miguel Torruco Marqués, Bertha Elena Luján Uranga, Bernardo Bátiz, Raquel Sosa Elízaga y Manuel Mondragón.
Pero la gran falacia es que, de acuerdo a la ciencia política, la principal nota que define el sistema presidencial es la facultad del Ejecutivo federal de nombrar y remover libremente a sus colaboradores, excepto al procurador general de la república, que requiere el consenso del Senado, así como a los empleados superiores de Hacienda. No se vota por el gabinete en un sistema presidencial; pretenderlo así es un engaño y una franca desviación del sentido constitucional.
Pues suponiendo, sin conceder, que López Obrador fuera presidente, podría cumplir su palabra y, al día siguiente o cuando quisiera, remover a los mencionados colaboradores; recordemos el caso del presidente Zedillo, que nombró al procurador Lozano y, meses después, lo substituyó; por estas razones, no sólo es falso que podamos votar por un gabinete.
La “honestidad valiente” tenía un sentido que captó la simpatía y el interés de millones de mexicanos, la “república amorosa” parece ser una broma de mal gusto que, para los estudiosos de la ciencia política, no es más que una forma grotesca que carece de sentido ideológico; el predicador sustituyó al político y, a pesar de esto, las encuestas no se modifican y sigue en tercer lugar.
El pueblo de México merece mayor claridad de todos los candidatos a la Presidencia de la República; se debe explicar con seriedad el diagnóstico para la solución de los grandes problemas nacionales, trazando una ruta de carácter doctrinario, que nos permita ver hacia el futuro, y no es con la república amorosa, ni con el conservadurismo siniestro de el Yunque ¾que constituye una estructura mafiosa y retardataria semejante al Tea Party norteamericano¾, con lo que la nación pueda resolver los grandes temas del porvenir.
Ni república amorosa ni el yunquismo reaccionario; esta dicotomía sólo deja la puerta abierta a un proyecto social democrático, que corresponde a los paradigmas nacionales que están insertos en la Constitución de la República y en la declaración de principios del PRI. Espero que Enrique Peña Nieto lo asuma y desarrolle su campaña sobre bases serias y doctrinarias.
