Herir es el verbo
María Emilia Chávez Lara
Y luché contra el mar toda la noche,
desde Homero hasta Joseph Conrad,
para llegar a tu rostro desierto
y en su arena leer que nada espere,
que no espere misterio, que no espere.
Gilberto Owen
Si me dieran a elegir entre pasar una noche con Johnny Deep y un helado de fresa elegiría, sin dudarlo, el helado, porque no se puede hacer el amor con Johnny Deep ni la Revolución los domingos a mediodía. Esta lección la aprendí de un hombre sabio: no, no me refiero a David Martín del Campo, hablo de Vitorio Beristáin, protagonista de la novela Después de muertos –ahora sí– , de David Martín del Campo; sólo que Vito se debate entre Meg Ryan y el frío postre.
Vito es un hombre promedio, opaco, lo que Baudelaire llamaría un héroe de la vida cotidiana: siente la gran felicidad de no tener nada, nos hace sentir “lo grandes y poéticos que somos con nuestras botas de charol”[1] y nuestros trabajos burocráticos. Vito es un Don Nadie, es la antítesis de Johnny Deep. Pese a todo, he de confesar que, cuando leí Después de muertos me sentí enamorada. Me sonroja reconocer en público que me arreglaba para abrir el libro como quien acude a una cita de amor.
Pero le he fallado a Vito, lo he traicionado. Corrí a los brazos del primero que me ofreció enseñarme a nadar en el mar abierto de Acapulco. Aprovecho para hacer otra confesión vergonzosa: no conozco Acapulco más allá de las palabras mágicas que usaba la Tonta Bruja (aquélla de la caricatura de Hanna- Barbera) para hacer que su escoba volara: “¡Aca-Paca-Pulco!”. Sí, soy una chilanga que no conoce el paraíso de María Félix y Agustín Lara, de Dolores del Río y del senador –cuando era senador– John F. Kennedy. Por eso no dudé, y en cuanto conocí a Antonio Camargo me fugué con él para oler la sal y sentir la brisa marina a bordo de un barquito.
El nombre de la embarcación, primero Malibú y después Cindy, sería más apropiado si lo hubiesen bautizado como propuso el Yuyo –uno de los tripulantes–: Aniram Agreval (léase al revés), porque, en verdad, ese yatecito es un toro marino capaz de sortear cualquier obstáculo.
Todos los pillos tocan la guitarra, me ha advertido mi padre. Por fortuna, Tony toca el piano. No, no es Tony Camargo, aquél que canta “…yo no olvido al año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas, me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra”. Tony, nuestro Tony, el Tony que hoy nos ocupa, me ha hecho disfrutar de Chopin y de Liszt y me ha hecho escuchar mambos y cha-cha-chás de una época en la que el paraíso se encontraba más cerca a nosotros de lo que se encuentra ahora.
Como estudiosa, pero sobre todo como lectora que se complace en la obra de David Martín del Campo, alguna vez dije que sus relatos tienen estructura de “narrativa pendular”, narrativa de vaivén. Hoy podría llamarla estructura marítima, estructura de oleaje o estructura de vals de Juventino Rosas que me hace leer sobre las olas.
Siempre trato de adivinar lo que sigue en la narrativa marítima, me pregunto la manera en la que el autor ha de resolver tal o cual situación, pero Martín del Campo me engaña, me sorprende. El oleaje siempre tiene distintas densidades, alturas. A veces tiene la intensidad del vals de Rosas y otras, la de un maremoto. En ocasiones, el vals y el maremoto vienen juntos. Sí, sé que lo que digo se contradice, pero es lo que pasa cuando se leen las historias de David: el lector es capaz de bailar un vals, de surfear sobre una marejada.
A sabiendas del daño que le haría a su ego, me animé a decirle al autor: “¡Qué gran novelista eres!” La respuesta fue: “No exageréis, por Dios. Son simplemente palabras…”. Lo que David no entiende es que, por un momento, el momento en el que se leen, dejan de ser palabras para convertirse en historias reales, porque David es eso, un gran hacedor de verdades, al grado que logra enamorarme de hombres inexistentes. Mientras leía Las siete heridas del mar, no sólo conocí Acapulco, sino que probé, por primera vez en mi vida, un “coco fizz”, bebí un montón de refrescos Yoli, tuve por mascota a una burra, un jumento, y hasta fumé cigarros Elegantes.
Nunca he dejado de admirar cómo David encuentra posibilidades narrativas en todo lo que le rodea e, incluso, cómo nos ha tomado el pelo a varios fuera de texto. Sí, ventilaré el día en el que hizo una jugarreta a un par de amigos en común: la pareja había viajado a España y telefoneaba con cierta frecuencia a la Ciudad de México para enterarse del estado de su casa. David, quien siempre juega con las palabras, les envió un correo electrónico con el siguiente mensaje: “Dice el jefe de bomberos que todo está bien”. Eso era estrictamente cierto, era lo que el bombero había dicho, pero no tenía relación alguna con la casa de los amigos, quienes, alterados por la noticia, tomaron el primer vuelo de regreso.
No contaré ahora las historias de Las siete heridas del mar, porque mi anhelo es que las lean y disfruten tanto como yo, pero mencionaré a una de las heridas: Sasha, a quien le faltan dos dedos de un pie y que, cuando un par de niños se animan a preguntarle por qué no los tiene ella responde con el hermoso embuste de que le fueron arrancados por un lobo. Los niños la miran maravillados y pensarán en ella hasta que mueran. Lo mismo me ocurre: David Martín del Campo habitará en mi imaginación hasta el último de mis días. Sobre todo ahora que me ha hecho replantearme cuál de sus novelas es como la que yo quisiera escribir. Me equivoco. Quise decir, en cuál de sus novelas desearía habitar. Hasta hace un mes, Después de muertos era mi favorita. Ahora, David me ha hecho dudar entre Vito Beristáin y Tony Camargo. Vito me llevaría a la heladería Chiandonni a comer un helado de fresa, pero Tony me llevaría al mismo lugar por una crema de pistache.
Llegó el momento de decir la verdad: si me dieran a elegir entre pasar una noche con Jonhnny Deep y un helado de fresa, elegiría pasar una noche leyendo la obra de David Martín del Campo, porque si siete heridas he de tener en el corazón, esta novela es ya una de ellas.
[1] Baudelaire citado por Marshal Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire, p.141
