Ricardo Muñoz Munguía

Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.
Alejandra Pizarnik

La presencia del amor es universal y pertenece a todos los tiempos. Las diversas expresiones, en la labor que se antoje, delinea sus diversos gestos que le provoca tal sensación. Es así que una gran obra arquitectónica, un viaje inmensurable, la transformación de una ciudad… se hayan dado en nombre del amor. Así también, por supuesto, en las letras. La sola mención de la lista de obras literarias enfocadas en el perfil amoroso seguramente daría un enorme número de páginas.

El enamoramiento es una mentira a la que nadie se resiste, es el autoengaño perfecto. En la mayoría de las ocasiones, también debe decirse, con conocimiento de causa. Nos dejamos convencer de estar frente a la deslumbrante luz, luz nueva aunque repetida, es decir, cada encuentro amoroso cobra una bella nueva forma y después habrá de parecernos, si acaso, significativo. Por otro lado, están los amores capaces de la transformación del que lo vive, goza y alucina. Así, pensamos en lo que se genera en la imaginación infantil, que por igual es apasionante; en el encuentro y el contacto del adolescente, que se da con todo vigor, ganado a pulso con todas sus letras; en el “amor adulto”, donde se combinan intereses, aficiones o “entendimiento”; y en el “amor maduro”, que más bien es la transformación de hacer el otro u otra en uno mismo. Pero, sin duda, es un recorrido por la vida de los sueños. Los diversos tonos utilizados a lo largo de las páginas de Es herida que duele y no se siente van con la irremediable gravedad o con lo jocoso del sentimiento, en estos tonos se mezclan sueños, fantasías, encuentros, obsesiones, sufrimientos o la irónica amargura.

De un verso de Francisco de Quevedo, de su poema “Definiendo el amor”, se toma el título del libro que agrupa cerca de ciento cincuenta poemas. El poema lo incluimos completo por ser una de las génesis para tener en nuestras manos este hermoso libro. Es herida que duele y no se siente es una antología estructurada en cuatro apartados —¿los mismos en que se fragmentan las etapas del amor?—, que van desde la concepción y alumbramiento del amor hasta sus delirios y atrocidades, pasando por la pasión y el éxtasis. En cada una de las divisiones César Arístides (Ciudad de México, 1967) agrupa a los autores conforme su propuesta, la que es hecha por la cronología o las edades del amor según la óptica propia que bien podríamos definir como general. La primera sección, “Definir el amor”, abre paso a los símbolos, a los sueños, a la fantasía. La segunda parte, “Ilusión amorosa”, expone a borbotones la imaginación, la sed, la pasión. El encuentro, el contacto amoroso, bajo el subtítulo “Besos, caricias, la voz de los cuerpos”, pertenecen a la tercera parte, en la que los cuerpos quedan en la certeza del gozo y la admiración plena. La cuarta y última sección, “Abandono, celos, ruptura: tragedia del amor”, rompe la pared ilusoria del encanto para que penetre el veneno de los celos, de la tristeza del sentimiento, de una agonía que sólo deja ver la espalda del amor.

Se ha escrito en la conciencia colectiva que toda antología es muy criticable porque a unos les puede llamar la atención que falten ciertos autores y a otros que les sobre, o ambas cuestiones, lo que es muy respetable. Sin embargo, Es herida que duele y no se siente con mucha seguridad se aleja de esas posturas; basta acercarse al índice para comprobar que es una antología que propone un reflejo de enorme nitidez de la poesía amorosa. Sería complicado enlistar por completo a todos los que integran la Antología pero demos un breve panorama tomado casi al azar: Wystan H. Auden, William Blake, Efraín Huerta, Diego Hurtado de Mendoza, Antonio Machado, Jorge Manrique, Elías Nandino, Petrarca, Francisco de Quevedo, Jaime Sabines y Lope de Vega, los que están en la primera sección. De la segunda: Vicente Aleixandre, Dante Alighieri, Apollinaire, Baudelaire, Benedetti, Coral Bracho, Alberto Caeiro, Paul Celan, Cernuda, León Felipe, Jomi García Ascot, Vicente Huidobro, Eduardo Hurtado, Eduardo Lizalde, el que esto escribe, Neruda, Nervo, Paz, Alejandra Pizarnik, Allan Poe, Rilke, José Luis Rivas, Gonzalo Rojas, François Villon y Gabriel Zaid. De la tercera: Agustín Bartra, Gustavo Adolfo Béquer, Bonifaz Nuño, Salvador Díaz Mirón, Catulo, García Lorca, Guillén, Francisco Hernández, Machado, Pellicer, Rimbaud, César Vallejo y Verlaine. De la última sección: Borges, Ramón de Campoamor, Marco Antonio Campos, Rosario Castellanos, Cavafis, Chumacero, Rubén Darío, John Donne, Alicia García Bergua, Góngora, David Huerta, Gabriela Mistral, José Emilio Pacheco, Pedro Salinas, Tomás Segovia, Shakespeare, Unamuno, Idea Vilariño y Xavier Villaurrutia, entre muchos más que, por igual, valdría la pena mencionar. La honrosa labor de César Arístides lo hace pertenecer al linaje de escritores que con su quehacer literario proponen un diálogo, que viene a ser conocimiento, con su generación y con las próximas pues su propuesta se expone como la ventana que más allá de dejarnos ver el panorama del amor, es encontrarnos con sus vasos comunicantes de la literatura de tiempos antiquísimos a los nuestros. Es así que la selección atraviesa “poemas antiguos y textos experimentales, poemas del Siglo de oro español, del modernismo y las vanguardias, del romanticismo y la época contemporánea: el amor va más allá de las tendencias y los siglos. Hay poemas cuentos, poemas en prosa y poemas rimados, composiciones descriptivas y poesía que sólo procura enaltecer las atmósferas”, como se menciona en el prólogo.

Los intentos por definir el amor siempre habrán de tener polos muy distintos y, por supuesto, no se trata de definir el amor en la antología poética que hoy nos ocupa. Su razón, profunda, es mostrar las venas del amor y la intensidad provocada en los creadores de la palabra. Y a plena conciencia y convencimiento lo cumple el poeta y editor César Arístides en el volumen que guarda poemas de autores de distintas latitudes y épocas. Es, por otro lado, la excelente oportunidad de ir a la profundidad del amor, a la expresión del amor, al reflejo del amor…, de esa enfermedad delirante que nadie escapa, y qué mejor verla, acercarse a esa lumbre inquietante, con los ojos de poetas enceguecidos por el deslumbramiento del amor y que han hecho de su pasión estética poética, bella palabra aun con los clavos que del amor son gozo y tortura, es herida que duele y no se siente.

Antología. Es herida que duele y no se siente. Selección y prólogo de César Arístides. Alfaguara (Serie roja), México, 2011; 264 pp.