Panistas, priistas y perredistas
Humberto Musacchio
El PAN es un partido de larga tradición democrática, salpicada, es inevitable, por momentos de autoritarismo en los que mediante fórmulas chapuceras se imponía la dirección sobre los derechos de las minorías. Pese a todo, se creía que en el PAN había juego limpio. Quizá era sólo un espejismo y esa pulcritud se derivaba más bien del contraste con los métodos del PRI, los que se caracterizaban por entuertos antidemocráticos como el tapadismo, el acarreo y el dedazo sin apelación
Lo cierto es que al agotarse el viejo régimen y establecerse una competencia electoral insatisfactoria pero real, los partidos, especialmente los tres mayoritarios, han sido desnudados por la nueva realidad y se muestran tal como son, con sus impudicias al aire, a la vista de todos los que quieran verlas.
Hace unos días, horas antes de realizarse el proceso para elegir candidato panista, el diario Reforma informaba que “Alistan JVM y Creel la defensa de votos”. ¿La defensa? ¿Acaso tienen enemigos dentro de su propio partido? Tal vez sí, porque el único precandidato que no anunció vigilancia alguna del voto fue precisamente el delfín de Los Pinos, el señor Ernesto Cordero, quien seguramente confía en que otros le hagan la tarea, posiblemente agentes del gobierno federal, que estaría dispuesto a meter mano negra en el proceso.
Las cosas no están mejor en el PRD, donde Ebrard y López Obrador resolvieron que no serían los perredistas, sino tres encuestadores, los que decidieran quién debía ser el candidato de su partido. Ebrard “perdió” y a cambio el tabasqueño le dio manos libres para imponer sucesor, lo que el jefe de Gobierno capitalino hizo a un costo desmesurado y pasando por encima de la militancia y de cualquier cosa parecida a la democracia.
Los priistas no están mejor. Un descomunal derroche permitió imponer a un candidato sin ideas y, por lo visto, sin futuro. Las encuestas, esas biblias de la política para todas las ocasiones, le daban una ventaja inalcanzable, pero las insuficiencias y errores propios han ido mermando la diferencia con sus contendientes.
La conclusión es que nuestra clase política no ha podido superar los viejos métodos del agandalle, la demagogia facilona y el dedazo autoritario. Y la razón es que una nueva cultura política no se forja en un día ni en pocos años. Es un proceso largo en que intervienen las voluntades, sí, pero sobre todo las realidades. Muchas cosas más tienen que cambiar en México para que la democracia deje de ser la vieja prostituta de la que usan y abusan nuestros políticos.
