Vicente Francisco Torres
(Primera de dos partes)
Este 2012, en todo el orbe, celebraremos el tricentenario del nacimiento de Jean-Jaques Rousseau, que vio la luz en Ginebra, el 28 de junio de 1712.
En la década de los ochenta, Salvat Editores publicó un conjunto de biografías profusamente ilustradas, aunque la calidad de sus imágenes no fuera del todo nítida como queríamos los lectores de entonces.
Recuerdo vivamente la sorpresa que me produjo la vida de Rousseau, contada casi como una novela por Sir Gavin de Beer. Cuando uno cerraba el libro quedaba con la impresión de que Rousseau era un paranoico (en una comida aseguró que el perejil era cicuta) que había sufrido enormemente por la vehemencia de sus ideas, por su megalomanía y por su humilde condición social. Sin embargo, ese libro nos ayudaba a entender la gestación de las ideas del filósofo. Basado en su propia experiencia —huérfano de madre, abandonado por su padre a los diez años de edad, maltratado por sus tutores, plebeyo de origen en un medio señoreado por la nobleza— y en las ofensas e injusticias que observó y sufrió en carne propia, llegó a la conclusión de que “La época más dichosa que el ser humano disfrutó fue cuando no existían las ciudades, el arte ni las ciencias; antes de que éstas introdujeran el lujo, la relajación de la moral y la esclavitud en la sociedad…”. No en vano tenía Robinson Crusoe como uno de sus libros predilectos.
Afirmó que al hombre lo corrompió la sociedad civilizada; a él se atribuye la teoría del buen salvaje, construida con argumentos rechazados en su tiempo pero que, poco después, alimentarían a los caudillos de la revolución francesa. Sin embargo, gracias a su estilo, eficaz y lírico, logró que sus ideas prevalecieran hasta el día de hoy, tal como no ha sucedido con las propuestas de sus enemigos, como Voltaire. Siempre que se habla de educación, Emilio es una referencia obligada; sus ideas están en la Declaración de los Derechos Humanos y hay quien dice que no se puede entender cabalmente el Manifiesto comunista si no se conocen las ideas de Rousseau.
Su personalidad arrebatada, la intensidad puesta en sus planteamientos y la existencia de perseguido que asumió, hacen de su vida un argumento novelesco: vivió con una lavandera analfabeta con la que tuvo cinco hijos, mismos que abandonó en un hospicio; su amante y protectora, Mme. de Warens, antes y después de conocer al cantor de la castidad y el amor conyugal, se involucró con los criados que la atendían. ¡Oh paradoja! Rousseau, como autodidacto que era, despreciaba los colegios y universidades, pero hoy es pasto de académicos de todas las latitudes.
