Legendario represor
El que no conoce la verdad es un ignorante.
Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡ése es un criminal!
Bertolt Brecht
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
La muerte del legendario represor Miguel Nazar Haro, ocurrida el 26 de enero en el Distrito Federal, provocó la resurrección de la polémica en torno a la sobrerreacción gubernamental de 1968, impune acto de barbarie oficial que carcome la historia de la vida nacional ante la complacencia de los gobiernos emanados del aparato represor en que se transformó el movimiento que dio origen al Partido Nacional Revolucionario.
Con la desaparición física del ex titular de la abominable Dirección Federal de Seguridad, reaparecen la sordidez que caracterizó su sistemática represión en contra de la ingenuidad estudiantil y la legitimidad de los movimientos de ferrocarrileros, médicos y magisterial que, creyentes en la vigencia de los contenidos socialistas que animaron a la Revolución Mexicana, actuaban en defensa de sus derechos básicos, enfrentándose a la perversidad nutrida por la corrupción e impunidad, que torció el camino de la gesta revolucionaria en aras de mezquinos intereses, cuyos dramáticos resultados sustentan la debacle nacional que hoy vivimos.
Hoy, como en 1968, la clase política gobernante obedece a intereses totalmente ajenos al pacto que los mexicanos refrendamos y enriquecimos con la Constitución decretada el 5 de febrero de 1917 y cuyo nacionalismo generó, desde esa fecha, la animadversión del estamento gubernamental estadunidense, cuya agenda anexionista —diríamos ahora integradora— se frustraba ante postulados irreductibles y antagónicos a los esquemas de avasallamiento previstos por el Destino Manifiesto que, desde los albores de la República Mexicana delineó el presidente Monroe para el continente americano.
La defunción de Nazar Haro, artífice de la guerra sucia, obliga a recuperar la polémica desatada por el fallecido en torno a la activa participación del gobierno de los Estados Unidos en la construcción de un escenario devastador transmitido al inestable e inseguro Gustavo Díaz Ordaz, que le llevó a creer a pie juntillas la existencia de una conjura comunista para derrocarlo, al tiempo que desde la embajada gringa se animaba la megalomanía del secretario Echeverría, a fin de propiciar la barbarie con la que se actuó el fatídico 2 de octubre en Tlatelolco.
El otrora titular de la Federal de Seguridad afirmaba que el propio embajador estadunidense acudió a las instalaciones de la Secretaría de la Defensa Nacional para azuzar al general secretario Marcelino García Barragán a dar un “golpe de Estado” y asumir la presidencia de México, y que a tan descabellada pretensión el militar respondió con un mexicanismo desplante y un determinante rechazo a las veladas ambiciones anexionistas del embajador yanqui.
Esta suerte de confesión, nunca desmentida, complementa las revelaciones publicadas recientemente en el libro novelado de las memorias del hombre clave de la CIA en México, Winston Scott, quien identifica a Díaz Ordaz y a Echeverría como Litempo 1 y 2, informantes de alto nivel de la agencia de inteligencia gringa, a la que desde esa época, Nazar Haro servía.
Del memorial de Scott —magistralmente complementado por el periodista Jefferson Morley— se acredita que la estrategia yanqui de los años 60 buscó, por todas las formas posibles, doblegar a los mexicanos a fin de lograr su anuencia para instalar bases de operación en territorio mexicano para, desde aquí, lanzar un ataque a la Cuba socialista ante el fracaso de la invasión a Bahía de Cochinos.
Tras la debacle, las agencias estadunidenses incrementaron sus presiones hacia México a fin de contar con un dique al riesgo comunista que representaba la isla caribeña.
Esta trama es un hecho irrefutable y ello obliga a conocer la verdad histórica del involucramiento estadunidense en uno de los actos más reprobables de la historia de México.
La impunidad de casi cinco décadas —en torno a la represión del 68 y consecuentemente de la guerra sucia— así como la simulación gubernamental han permitido una profundización de la injerencia yanqui en la vida pública de México y hoy, al igual que como ocurrió en la administración de Díaz Ordaz, la inmoralidad ha facilitado el avasallamiento y la imposición de autoritarismos adecuados a las modas represivas de los Estados Unidos y por instrucciones de ellos hemos pasado del combate al comunismo a la guerra contra el narcotráfico, con su consecuente cauda de ignominia y de víctimas inocentes.
Persistir en la simulación y en el ocultamiento de la verdad deja al pueblo en la ignorancia, pero a quienes la conocen y la llaman mentira, los ratifica —según la sentencia de Brecht— como verdaderos criminales.
