Los vientos de las “revoluciones árabes” llegan hasta los rincones más apartados del planeta. A finales del año pasado la pequeña república caucásica de Osetia del Sur manifestó su rebeldía contra el régimen gobernante cuyas consecuencias se sienten hasta el momento.
Osetia del Sur tiene una historia dramática. Situada en el norte del Cáucaso, Osetia fue dividida en 1922 por órdenes de Stalin en dos partes: una situada en la vertiente norte del Gran Cáucaso y fue integrada a la República de Rusia, y la otra, situada en la vertiente sur, formó parte de la república de Georgia. Cuando en 1991 se desintegró la Unión Soviética, el pueblo de Osetia del Sur se levantó por la integración a Rusia. Georgia reprimió cruelmente la sublevación lo que dio inicio a una guerra a raíz de la cual una parte de la república fue anexada por Georgia y en la otra que se proclamó unilateralmente independiente en 1996, se celebraron elecciones. Eduard Kokoity fue elegido presidente de este minúsculo país con un total de menos de cien mil habitantes y territorio equivalente aproximadamente al de Tlaxcala, el estado más pequeño de México. El nuevo país no fue reconocido ampliamente. Sólo lo reconocieron oficialmente los gobiernos de Rusia, Nicaragua, Venezuela y pocas otras naciones.
Fue en noviembre del 2011 cuando en Osetia del Sur tuvieron lugar elecciones presidenciales y en su segunda ronda venció Álla Dzhióyeva, representante de la oposición. Era maestra escolar, más tarde llegó a ocupar el puesto de ministra de educación pública en el gobierno de Kokoity. Criticó fuertemente a este dirigente acusándolo de déspota e ineficiente y por ello ganó en las elecciones el respaldo de la población inconforme con Kokoity.
Lo sorprendente de los acontecimientos siguientes fue que el Tribunal Superior de Osetia del Sur, apoyándose en las quejas de los contrincantes de Álla Dzhióyeva que perdieron las elecciones, la acusó de haber cometido supuestamente múltiples irregularidades durante los comicios y anuló sus resultados.
Entonces ella llevó a sus simpatizantes a las calles de Tsjinval, capital de Osetia del Sur, exigiendo la renuncia de Eduard Kokoity. Más tarde anunció su pronta inauguración como nueva presidenta del país. El escándalo adquirió proporciones incontrolables. Rusia asumió el papel de intermediario en este conflicto. Kokoity renunció, Álla Dzhióyeva anunció el término de los mítines en las calles.
Sin embargo, las autoridades no la dejaron en paz. Un destacamento de policía irrumpió el 9 de febrero último en su oficina y comenzó a golpear a sus partidarios. La misma Álla sufrió un ataque cardíaco y fue hospitalizada. Y como si fuera poco, la Procuraduría de Osetia del Sur la acusó de preparar una “revolución de colores”. La situación en esta república sigue siendo tensa. Las nuevas elecciones presidenciales fueron fijadas para el 25 de marzo de este año.
