César Arístides
La vida de Juan de Tassis, conocido en las letras españolas como el Conde de Villamediana, fue una suerte de reto y desgracia, incansable búsqueda de la aventura poética e incursión al embrujo de las asechanzas amorosas. Poeta de lamentaciones y elogios, buscador del consuelo amoroso y puntual observador de la naturaleza, los paisajes de añoranza y los brebajes del deseo, el Conde de Villamediana despertó a los demonios de los placeres hasta que la sensualidad, el cortejo temerario y el beso furtivo le cobraron factura: murió apuñalado, se dice, por seducir a quien no debía.
Más allá de sus lances amorosos, con magna fortuna o sin ella, sus poemas alaban los sortilegios de la pasión, la tragedia afectiva y la fuerza que el amor, el arrebato, impregna en los amantes. En uno de sus sonetos, quizás el más célebre de sus trabajos líricos, el que inicia con: “Nadie escuche mi voz…”, la idealización cede su lugar a la queja profunda, al presentimiento de que la noche caerá como la tierra que cubre a los ataúdes, con la negrura que ahoga a quienes son abandonados en el camino: “Nadie escuche mi voz y triste acento,/ de suspiros y lágrimas mezclado,/ si no es que tenga el pecho lastimado/ de dolor semejante al que yo siento”. Atrás quedaron los días de regocijo y flama, de encuentros alumbrados por el deseo, ahora sólo la turbación inunda el espacio: “Que no pretendo ejemplo ni escarmiento/ que rescate a los otros de mi estado,/ sino mostrar creído, y no aliviado,/ de un firme amor el justo sentimiento”.
No hay sosiego ni clemencia, el poeta es un ser dolorido que no encuentra la calma ni el amparo, la fuerza de su amor, devoradora, imponente, es inútil si quien merece tales empeños se ha marchado, si deja a su suerte a quien a partir de ese momento, arrastrará su vida con el amor maltrecho: “Juntose con el cielo a perseguirme,/ la que tuvo mi vida en opiniones,/ y de mí mismo a mí como en destierro./ Quisieron persuadirme las razones,/ hasta que en el propósito más firme/ fue disculpa del yerro el mismo yerro”.
Juan de Tassis ha recibido así, la rabia del abandono, de la desolación, Su amor ya no es correspondido, la fractura está abierta y los días soleados, de jardines encendidos y paisajes llenos de esplendor son ahora una evocación amarga, un nudo en el alma que oprime y sofoca, ahoga a la dicha, da rumbo a las lágrimas. El poema, quizás un vistazo a los conflictos existenciales del autor (quien padeció la muerte de sus hijos, sufrió el destierro y también perdió su fortuna), es una página viva en el sufrimiento, una evocación muy triste pero, sin duda, perdurable.
