Davos
Marco Antonio Aguilar Cortés
Morelia.- Siempre he querido conocer Davos, una de las mayores comunas al este de Suiza. Desde mi adolescencia soñé con el lugar, y me estimulaba, para ello, la ilustración a todo color del libro La montaña mágica de Thomas Mann, más la lectura de 844 páginas de la cuarta edición de la Editorial Diana.
En Davos se encuentra la montaña mágica que describe en su libro ese Premio Nobel de Literatura 1929, lugar de enfermos de tuberculosis, a quienes se les agudiza la inteligencia para socializarse confrontadamente, y opinar a profundidad sobre temas universales: vida, enfermedad, muerte, tiempo, sexo, espacio, dioses, explotación, cultura, poder, amor, y algunas otras cosillas.
Ahí, en ese lugar y en esa novela, los personajes Hans Castorp, Joachim, Settembrini, Naphta, madame Chauchat, y muchos otros, parecen vivir y describir los temas de la existencia humana a través de su enfermedad.
En ese mismo sitio llamado Davos, ahora, en el año 2012, se han reunido otros personajes a exponer sobre los temas de nuestro tiempo, con una ociosidad parecida a la de aquéllos, pero con una nueva enfermedad que corresponde al nuevo milenio.
Ese Foro Económico Mundial número 42 se efectuó del 25 al 29 de enero del año que transcurre, y ahí estuvieron muchos líderes, intelectuales, multimillonarios, jefes de estado y de gobierno, de la mayor parte de los países del mundo, con sus padecimientos a cuestas; pero, también, con sus inquietudes muy humanas de turistear.
Esas élites políticas, económicas, intelectuales, y sociales del mundo dejan a Davos, durante cada mes de enero desde hace más de ocho lustros, una gran derrama multimillonaria en euros, gasto a cargo de los seres humanos que en este planeta producen, con su esfuerzo, los bienes y servicios que circulan mundializadamente.
Y, a cambio, ¿qué producen en ese foro?, ¿qué han producido en los anteriores foros?; claro, a parte de la satisfacción burguesa del viajar a todo lujo, a costa de quienes si producen.
Suiza es un país que cuenta con uno de los mejores servicios turísticos y, por ende, uno de los más caros. Ahí, en Davos, en este año, estuvieron un varios mexicanos, entre los que se enlistan el presidente Felipe Calderón Hinojosa, Enrique Peña Nieto y Ernesto Zedillo Ponce de León.
La estancia de ellos ahí, ¿qué le aporta al pueblo de México? Ese foro terminó y, rápido, los promotores se aprestan ya para la organización del siguiente, el número 43. Hoy, como siempre, las ganancias turísticas fueron satisfactorias.
Y… ¿los resultados prácticos?, o al menos, ¿cuál fue la conclusión o los aportes reales? ¡Nada! Todos los asistentes se van con las mismas preguntas, pues no ha habido respuestas. Concluyó el foro, sí, pero con el mismo temor de todos contra todos, entre multimillonarios, entre medios financieros, entre políticos, entre intelectuales.
Las crisis permanentes en que viven las naciones del mundo, y sus habitantes, sigue azotándonos a todos, a unos más o a otro menos, pero siempre es la zozobra globalizada.
Cuando la enfermedad pega a Estados Unidos, éste la contagia por doquier; lo mismo cuando la enfermedad se finca en Europa, en Asia, o en Africa, el resto del mundo la padece. Es el mal común que la gran aldea humana masificada al máximo está sobrellevando.
Pero los responsables de todo ello, en primer lugar, son los países poderosos. Desde luego que Alemania es más responsable que Grecia, en cuanto a las dificultades europeas; como Estados Unidos tiene mayor culpabilidad que México en relación a los problemas de América.
Alan Little, del BBC, se cuestiona: “¿Creó Alemania la crisis en la eurozona?”. Y mi respuesta es sí, consciente o inconscientemente, ya que la naturaleza de su poderío, indiscutible en materia económica, lleva en el fondo una fuerza centrípeta sin la cual no existiría como potencia.
Y a ella, a Alemania, se le permite todo, o de otro modo, ese gran país suele autorizarse todo. Lo mismo nos pasa en América, o en el mundo, con los Estados Unidos. Se les permite todo, o ellos mismos se lo permiten todo. Da igual que estén rápidos y furiosos, o que estén lentos y apacibles, pues ellos siempre ganan, de una u otra forma, ya que también el derecho internacional es la voluntad de la clase dominante erigida en ley, como con exactitud lo percibiera Carlos Marx tanto de la realidad, como de uno de los filósofos que influyó en él, Ludwig Feuerbach.
Las reglas establecidas para la moneda común en el Tratado de Maastricht, o Pacto de Estabilidad y Crecimiento, las impusieron entre Alemania y Francia, y bien conocen sus entretelas para aplicarlas siempre a su favor.
El centro de gravedad de todo ese sistema en encuentra en Berlín, y no es necesario ir a Davos para saberlo. Basta simplemente con ver en los gallineros cómo las gallinas de arriba zurran a las gallinas de abajo y, luego, hasta les echan la culpa de todo.
La montaña mágica de Mann termina con una gran interrogante: “De esta fiesta de muerte… ¿se elevará el amor algún día?”.
