Luis Terán
Una enorme cantidad de cineastas de todo el mundo han vivido o viven una especie de tensión continua que les permite abordar cualquier tema; artistas y artesanos que poseen una identidad sólida. Tal no es el caso de Juan Orol (1897- 1988): un hombre que gozó con sus facetas múltiples: productor, actor, director, coreógrafo, escritor, principalmente, de las que siempre podía disponer. Ciegamente, se encaminó hacia donde le dictaba su intuición: desde fantasías urbanas con mujeres abnegadas hasta reelaboraciones de películas de gángsters norteamericanos, convertidas en “thrillers” con historias y personajes ingenuos cuya acción se desarrollaba en el trópico entre bailarinas de ritmos afrocubanos.
Español, cubano, mexicano, Juan Orol no tenía instrucción, aparte de la básica; su aspecto fascinante con apariencia de pájaro disecado con ojos minúsculos de rendija, le otorgaron una personalidad extravagante que manifestaba una curiosa mezcla de piedad y de desconfianza, tal vez por su sombrero de gángster.
Fue un cineasta, un autor cinematográfico que narró sus historias con brío, soltura, desparpajo, honestidad, sin temer al ridículo; es un auténtico creador “kitsch”, adjetivo que califica obras que llaman la atención por su exceso, lo que pretenden lograr es opuesto al resultado que se intentaba obtener. También podría entrar en el concepto de “camp” la filmografía completa de Orol. Estética que podría resumirse en la sobadísima frase “quiero y no puedo”. El director creía en lo que hacía, en las historias que contaba, en los sets donde filmaba, en la decoración, escenografía y lugares, en los actores que participaban en sus películas, todo estaba hecho en serio y lo que se veía en la pantalla era inverosímil, falso, inapropiado, a veces hasta pasmosamente ridículo. Saltaba con inspirado descuido de una fantasía a otra.
Sexista, discriminador, misógino, Juan Orol era tan “naive” que jamás fue consciente de estas despreciables conductas. Hoy con más énfasis que antes, sus películas provocaban la risa involuntaria a sus espectadores escogidos.
El fantástico mundo de Juan Orol
En medio de las producciones de narcotraficantes, a caballo entre la muy disfrutable bufonada solemne Salvando al soldado Pérez, la mordacidad política de El infierno, la adaptación al cine de la novela rosa, Arráncame la vida, los cuentos de hadas estilo, Cansada de besar sapos, Niñas mal y Ladie´s Night, por citar algunos títulos, surge una película aislada temática y formalmente con el llamado “nuevo cine mexicano”, El fantástico mundo de Juan Orol. Es a la vez una sátira inolvidable, no exenta de ternura, de un realizador fílmico, Sebastián del Amo, que logra un retrato fiel, cortés, verosímil, reconocible de un tipo original, raramente intentado en nuestro cine, quizá únicamente por José Bohr en Luponini de Chicago (1935), aunque el Juan Orol de Sebastián del Amo es un ser humano entrañable, romántico, algo puritano, excéntrico; con maliciosa habilidad lo muestra dirigiendo películas. Orol oculta su asombro ante la belleza de alguna aspirante a conseguir un personaje en su próximo film, muchas de las protagonistas de sus cintas se convirtieron en sus mujeres. Del Amo tiene un muy particular sentido para tratar con leves pinceladas el medio cinematográfico en México, desde los años treinta a los cincuenta; su determinación en presentar al magnate norteamericano avecindado en Puebla, Guillermo Jenkins, como un ser siniestro con una firme convicción en la deshonestidad, con un descaro social y pasión por vivir en una sórdida francachela de grupillos astutos afincados en la política como Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de los mismos apellidos, exhibidos siempre como cobradores de la mafia con los productores de cine, obteniendo dinero de ellos para hacer negocios con las películas y ofreciéndoles créditos para filmarlas. Claro, el financiamiento venia de Jenkins y el dinero del gobierno a través del político en turno, Maximino Ávila Camacho.
La película está conformada por una serie de secuencias que narran la historia de Juan Orol desde niño hasta el fin de su carrera cinematográfica y de su vida. Todas estas partes están perfectamente elaboradas con una inteligente sencillez y una asombrosa economía de medios. El guión del propio Del Amo y de Raúl Fernández Espinoza es riguroso y sólo muestra lo importante, no hay nada fuera del foco central.
Plantear objeciones a esta película, realmente una curiosidad, un verdadero original en el cine mexicano, resulta tan fútil como si lo hiciéramos con Frankenstein (1931), de James Whale, la versión fílmica definitiva de la novela de Mary Shelley, un film expresionista de horror gótico que rompió el molde, instaló el canon. Frankenstein, extrañamente, guarda similitudes con el personaje central de El fantástico mundo de Juan Orol. Ambos son simpáticos y temibles. Orol como el Dr. Frankenstein, inventó a Johnny Carmenta, su alter ego en el cine.
