Eve Gil

El incesto fue un tema muy recurrente durante el romanticismo inglés (siglo XVIII tardío, principios del XIX) y se daba casi siempre entre hermanos. Cuando ocasionalmente sucedía entre padre e hija, como en Mathilda, de Mary Shelley (la misma creadora de Frankenstein) la joven era poco menos que una niña o en todo caso los implicados ignoraban su parentesco.

En los noventas, la autora inglesa Kathryn Harrison narró su propia experiencia incestuosa cuando se enamoró —y fue ampliamente correspondida— de su padre, al que nunca había visto antes de cumplir los veinte años, en la extraordinaria novela El beso.

Nada nuevo bajo el sol, como puede verse, o al menos eso creíamos hasta que el joven escritor mexicano Jorge Alberto Gudiño Hernández publicó Con amor, tu hija (Alfaguara, 2011), novela ganadora del primer Premio LIPP 2011, que por cierto se distingue de otros premios literarios porque quienes concurren a éste son editores, proponiendo obras inéditas que pretenden publicar.

Lo más destacable de Con amor, tu hija, que ha desatado una furibunda polémica en su página de Facebook, es que si bien presenta escenas de gran erotismo, salta a la vista que nada más lejos de la intención de Jorge Alberto que escandalizar a las buenas conciencias. Su intención no era otra que escribir una buena novela “sobre la felicidad”, se apresura a aclarar.

Los protagonistas

“Y creo que sí escribí una novela sobre la felicidad! —agrega el también co-conductor de La Tertulia, de los pocos programas radiofónicos de crítica literaria que puede usted escuchar en Radio Red AM, cada viernes a las 21 horas—. Tan es así que el título con que fue inscrita al concurso era mucho más festivo, pero por razones editoriales se le cambió. Lo que yo quería abordar era un personaje que posee prácticamente todo lo que muchos quisiéramos, y sin embargo no es feliz, y no lo es por la forma en que se relaciona con la gente que le importa. Todo lo que tiene son paliativos de felicidad; placeres simples. En ese sentido quería que respondiera ante algún impulso extremo, que es un deseo repentino por su hija. Ante un deseo no tienes más remedio que reprimirlo o satisfacerlo. Naturalmente, él opta por lo primero, pero de pronto cae en el juego en que lo envuelve su propia hija.”

Emily, la hija del protagonista, cuyo nombre jamás conoceremos, es corredora de arte, mujer de mundo: una experimentadora insaciable. Tiene una relación con una jovencita de nombre Antonia, sin ser lesbiana, y de algún modo el lector intuye que Emily  advierte el deseo que ha despertado en su padre, y que Antonia es una especie de fetiche para envolverlo en una vorágine de deseo.

¿No será acaso que la propia Emily deseaba experimentar también con una relación incestuosa?, pregunto a Jorge Alberto.

“Es probable, incluso, que ella haya albergado ese deseo mucho antes que su padre —explica Jorge Alberto—. Lo que pasa es que nunca tenemos acceso a lo que ella piensa porque quien narra la historia es el padre. Todo parece indicar que, en efecto, Emily no sólo deseaba experimentar sino que tenía un pendiente con su padre que, a fuerza de distanciarse pudo haberse convertido en obsesión, y a la larga, es muy probable que ella haya tenido más que ver en el surgimiento de esa atracción que el padre.”

Probablemente, continúa el autor, si ella no le confiesa lo que siente, las cosas habrían seguido igual, y “él habría vuelto a quedar solo y buscado de qué manera reestructurar sus deseos para seguir adelante. Imagínate qué difícil para un padre escucharle decir a su hija que lo desea; se vuelve casi forzoso lo que puede pasar.”

Comento que también pudo tratarse de una venganza. Emily y su padre llevaban una gran relación, casi de complicidad, que excluía por completo a Nora, a la madre, inmersa en sus actividades profesionales. Pero esa inusual relación se ve bruscamente interrumpida con el divorcio de los padres de la niña, sin contar la arrolladora fama del padre como escritor que termina por apartarlo de ella.

“El escritor —explica el autor— no tiene contacto humano. A Emily la ve una vez al año, y siempre acompañada de algún novio, que esta vez es novia, y al margen de los celos que pudiera o no tener, lo cierto es que tanto los novios, como Antonia, son un obstáculo para la comunicación padre-hija. Su vida amorosa, por otro lado, se limita a una relación con una mujer casada a la que ve cada tanto porque ésta vive en otro país. Consume pornografía, le gusta comer, escribe, pero la realidad es que no habla con nadie. La fama pudo haberlo orillado a marcharse a vivir a una isla donde la gente suele vacacionar, pero no vivir, por lo que permanece semidesierta gran parte del año. Decide aislarse, muy probablemente, buscando una quietud que lo lleva a un extremo del que no está muy consciente.”

Novela dentro otra novela

A la par de la narración del escritor, tenemos acceso al contenido de la novela que lo convierte en best-seller, titulada Bajo la sombra blanca del abedul, de tal forma que Con amor, tu hija es en realidad una novela dentro de otra, aunque la novela del escritor aparentemente no tenga absolutamente nada que ver con su propia vida, empezando porque los personajes son japonesas.

Hay un detalle, sin embargo —le comento a Jorge Alberto— que podría emparentar ambas historias. Ogashi, el protagonista de Bajo la sombra blanca, tiene una relación terriblemente difícil con su hija, y rechaza ostensiblemente a todos los pretendientes de ésta, hasta que la muchacha se enamora de verdad y enfrenta con valentía a su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial al que todo mundo teme y respeta.

Hay que señalar que del mismo modo que el narrador de Con amor, tu hija no tiene ningún punto en común con Ogashi, el personaje de su best-seller, Jorge Antonio dista años luz de ser el “viejo verde” que algunos lectores sin criterio suponen. Se trata de un autor sumamente joven que, en efecto, es padre, pero no de una hija, sino de un adorable bebé de casi un año llamado Bastián, y que lo acompaña en la fotografía de la contratapa de ésta, su segunda novela. La primera, hay que recordar, se titula Los trenes van hacia el Este (Ediciones B). Lo único que ambas novelas tienen en común es la delicadeza con que el autor desarrolla escenas tremendamente eróticas, pero de ninguna manera ordinarias.

www.trenzamocha.blogspot.com