Pável Granados

Última espera, el libro de cuentos de Orlando Ortiz que nos reúne esta noche, funciona por acumulación. Diversas historias que no sabemos si le ocurren a los mismos personajes, si son borradores de otra historia más extensa, si algunos de estos cuentos están llamados a unirse entre sí en busca de una continuidad, si son opciones diferentes de una misma situación, pues el autor literario tiene la facultad de proponer distintos resultados para la misma escena. En este sentido, escribir es plantar una historia por primera vez, desarrollarla y ver resultados distintos. Escribir es suponer, comenzar una primera suposición y continuarla, no sé si es crear esa continuación o más bien seguirla, ya que para uno significará seguir sus pensamientos y para otros, construirlos trabajosamente. Se hace un planteamiento, y tampoco sabemos si el final del cuento estaba ahí, esperando, planeado desde antes de que comenzara la historia, y si toda una trama está concebida para que llegue a cierta conclusión; o si el nacimiento de una historia debe de ir construyendo su propio final. Se comienza, nace una frase inicial: se abre una onda inmensa, como un telón que se levanta y deja ver todo un universo, o se va develando poco a poco un mundo desconocido, como una mano que se quita un guante con el sólo fin de mostrarse esplendorosamente. Se eleva el estilo hasta la pendiente más elevada, dónde todos los hombres son iguales en sus miserias, o se desciende en su mundo interno para descubrir que nada, ningún pensamiento es igual a ningún otro. Hay un Fiat lux que anuncia un mundo que está destinado a desaparecer rápidamente. Un mundo que se anuncia para ser interrumpido, que se construye como un pretexto para evidenciar una arquitectura. Si el cuento es construir la belleza, para tomarla con las manos y mostrarla aun cuando las palabras que la formaron, hace mucho que se desplomaron sobre sí mismas. Un cuento llama a otro cuento y los cuentos en su aparente autonomía no saben estar solos, por eso se llaman entre sí, e iniciar un cuento es necesariamente la seguridad de que vendrán otros más, apenas aparece un narrador en la noche y ya están formados los demás fantasmas, esperando su turno para hablar, aunque venga la mañana a diluirlos, como ocurre en ese magnífico Decamerón de los muertos que es el Manuscrito hallado en Zaragoza.

Contar un cuento: juego de prestidigitación que consiste en no dividir lo que se dice de lo que se quiere decir, pues básicamente son lo mismo, aunque no del todo, más bien nunca, puesto que todo cuento encubre a lo-que-también-se-dice. Es por eso que un cuento se lee desconfiando de todo lo que es referido.

Última espera funciona por acumulación: pues decía que un cuento llama a otro, un narrador no está satisfecho mientras no venga la historia que sigue, y la siguiente, y la siguiente, de tal manera que una sea la refutación de la anterior, o su perfeccionamiento. O una situación vuelta a contar de tal manera que sea la misma historia vivida por dos personajes en dos situaciones distintas. La infidelidad múltiple que viven los personajes de este libro está vista por el infiel, por el engañado, por el lugar de los hechos, por el deseo que habla por sí mismo, por el erotismo que desprende, por la imposibilidad de consumarse… Hay varios cuentos que van del viaje al deseo. Frecuentemente, hay dos personajes que se desean y algunas de las posibilidades que se relatan, aparecen en estos cuentos. Ya sea el viajero que no sabe que mover de derecha a izquierda la cabeza significa “sí” justo en ese país socialista, o ya sea el juego que consiste suponer al otro un vampiro e invitarlo en la noche a pasar al cuarto de hotel para narrar una de las escenas eróticas más logradas del libro. Pero también, la entrada al hotel de una mujer con su amante, o la conquista del “promotor cultural” que consuma su infidelidad. Y todo esto, como un engaño del autor, porque en realidad está pasando algo bastante distinto: porque no se cuenta lo mismo, ni se utilizan los mismos recursos para contar otra vez algo parecido. Y para eso se requiere rapidez, antes de que la oportunidad de agarrar la anécdota por el cuello se escape. Y sólo la brevedad puede mostrar de manera tan clara las distintas posibilidades de la anécdota. Es, creo, un libro de respuestas: en donde aquel que quiere escribir puede buscar sugerencias para escapar de los nudos recurrentes. La aparente facilidad con que Orlando recorre una situación no es más que el viejo dicho ciceroniano: “hay un arte en parecer sin arte”, que parece enunciado sólo para preludiar a Louis Armstrong.

Más que desgranar la misma historia, más que jugar con destinos parecidos, más que poner en marcha la maquinaria de construcción de escenas similares pero delimitadas por el lenguaje de manera distinta, lo que llama la atención en este volumen de cuentos es la proliferación de recursos. Es decir: la capacidad de dar distintos tratamientos a los diferentes cuentos: en algunos, estrictamente diálogos, como el caso de dos mujeres que hablan sin importar quién está frente a ellas. Está el problema de la incomunicación, el reto de relatar a través de la voz de personajes alejados del autor (judiciales, amas de casa). Y están los pasajes logradísimos: el la caracterización poética de la depresión, el erotismo de la posesión vampírica, el viaje en camión por un pueblo mixteco con el cadáver de un niño en el asiento de al lado, el salto temporal que va de la mirada a una mujer hasta la mañana siguiente en un cuarto de hotel. No en balde, el autor es maestro de escritura, y su trabajo consiste cotidianamente en acompañar a los autores en su trabajo de creación. Pareciera que Última espera es una manera de ofrecer respuestas a problemas técnicos. Son cuentos que atrapan como una telaraña, son planteamientos súbitos: historias que aparecen de pronto y antes de tres páginas han desaparecido. Orlando escribe cuentos breves de largo aliento. Presenta biografías complejas con un pasado y un porvenir que no podremos conocer ya que tiene el apuro de la brevedad. Más que cuentos, parecen episodios autosuficientes de una novela, de una novela cuyos pasajes no encajan pues han tomado su propio rumbo y su propia libertad.

Uno de los hilos conductores del volumen son las historias tituladas “Promotor cultural”. No es el mismo en cada uno de ellos, quizás no sea tampoco el propio autor, pero todos los pasajes del promotor son un viaje a lo desconocido, a las tierras fantasmales. En este sentido, Última espera es un canto a lo desaparecido o lo que está en vías de extinguirse. Ya que la extinción del “promotor cultural” tiene como fecha el año 2000, nuestra existencia póstuma tiene como único premio de consolación la posibilidad de burlarnos de Peña Nieto, de corregir en la soledad del Facebook los errores de los políticos. Y la condición de existencia marginal, en la cual leemos y escribimos, promovemos la literatura, siempre y cuando no llegue al medio político. Televisa, además de no tomar como noticia el descalabro de Peña Nieto en la FIL de Guadalajara, preguntó en una encuesta: “¿Qué es más importante: tener conocimientos de literatura o tener propuestas políticas para el país?” ¡Toda la vida promoviendo la cultura, y Vicente Fox aprendió de la vida leyendo las nubes en el cielo!, como decía él mismo en su desplegado de 2000. En tierra de antiintelectualismo, los viajes del promotor cultural son visitas a Comala, en donde todo ha muerto hace muchos años. La ironía. por otra parte, también radica en que los viajes del promotor casi no tienen que ver con la cultura, son casi todos, descensos al submundo, viajes concéntricos alrededor de la soledad, visitas a lugares en donde la gente ni siquiera saca la pistola al oír la palabra cultura.

Todo en el Universo suma cero. La suma de las partículas se anula. El ser se anula con el no-ser. A mayor evolución, las especies producen más odio –escribe Konrad Lorenz– pero lo compensan produciendo más amor. Toda obra literaria crece y debe descender presurosamente hasta su conclusión. Al terminar este libro hay una pérdida: no se termina y se anula una tensión. Por el contrario, se percibe una tensión, hay menos que al principio. Hay momentos de humor, de belleza, de despreocupación, pero las escenas de gravedad, de desasosiego y de desánimo son mayores. Como que prevalece el desánimo. Será el título: última espera, un paso antes de salir a volar con la consigna de promover cultura, cuando las últimas palabras del libro parecen el epitafio de una profesión. Si Peña Nieto es incapaz de nombrar tres libros, quizá la batalla esté perdida. Pero no quiere decir que esta construcción literaria del “desánimo” prevalezca: también hay una proliferación de recursos y una serie de lecciones de estilo. Pero como hilo conductor, hay un personaje que ama la literatura y que viaja por un país adverso, interesado en los concursos de belleza y cocteles, pero indiferente a la estética y al disfrute. Me dijo Orlando que fuera breve, pues comentar esta noche la aparición de Última espera es sólo un pretexto para celebrar juntos. El tiempo que me he excedido en la fiesta de este maestro de la brevedad, es a causa de mi poca pericia en el aprendizaje.