Educación media superior obligatoria

Carlos E. Urdiales Villaseñor

Con el reciente decreto presidencial que eleva a rango obligatorio el deber del Estado para proporcionar educación pública gratuita hasta el nivel medio superior, vale la pena cuestionar si, a pesar del plazo de 10 años para alcanzar dicha meta, la decisión oficial bastará para hacer de México un país mejor preparado. La respuesta es no.

Una década como plazo perentorio para lograr ese propósito es adecuado, y también incierto. Requiere de una serie de políticas públicas a nivel federal y estatal que encuentren armonía y compatibilidad. Los planes de estudio en el nivel básico son uniformes, pero a nivel medio superior existe una variedad tan grande como circunstancias locales hay en el país. La continuidad requerida en el diagnóstico, y por lo tanto en el remedio, es un reto grande, un reto que habrán de heredar, sí o sí, dos administraciones sexenales.

Hay especialistas que dudan de la pertinencia de dicha decisión argumentando que hay otros planes de estudio, otros sistemas que pueden ser respuestas de mayor eficacia. Educación a distancia, con tutorías académicas, con exámenes prácticos, formación técnica especializada y otras.

Pero quizá el mayor reto en el camino a cumplir con la obligatoriedad de la educación a nivel medio superior está en hacer que dicha instrucción sea del interés de los jóvenes. Que encuentren útil estudiar más años, que sea rentable en todos los sentidos invertir vida en la academia. Si los parámetros de éxito y, sobre todo, los referentes de movilidad social no se aproximan a sus vidas, millones de muchachos seguirán optando por caminos lejanos a la escuela, sean los legales o los ilegales, pero continuarán emigrando de las aulas.

Otro dato que contribuye al escepticismo es la reducida competencia de México en la prueba PISA de la OCDE, en cuanto a capacidad y comprensión lectoras. Si los niños y jóvenes no entienden lo que leen, lo obvio es que se aburran, y el hastío es un motor poderoso que saca a los adolescentes a las calles. No entienden, se aburren, se van.

Contra la convicción de muchos, las condiciones económicas no son el primer factor de deserción escolar, no lo son tampoco, aunque hay circunstancias muy específicas, la falta de escuelas, de aulas. La planeación integral y el diseño de políticas públicas eficientes deben evitar que mañana se construyan a tontas y locas escuelas, se capaciten maestros y se equipen instituciones que pasado mañana queden desiertas de utilidad por el simple avance demográfico.

El decreto presidencial es una medida buena sin duda, es la declaración de intenciones loables y exigibles, pero no es suficiente, no basta.

A México sin duda le urge avanzar en educación de calidad; en el documental cinematográfico De panzazo codirigido por Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola, se muestran datos contundentes sobre cómo hemos perdido terreno frente a economías antes menores a la nuestra y hoy bastante superiores no sólo en términos de producir riqueza, sino sobre todo, talentos.

El 24 de febrero se estrena De panzazo y vale la pena por los datos que aporta, quizá no inventa el agua tibia pero refuerza argumentos para ser vigilantes de lo mucho que se ha dejado de hacer en la materia. Reprobados.

 

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