Carlos Ortiz Tejeda
Se murió mi amigo. Lo hizo igualito que como vivió desde que tuvo uso de razón, hasta los 72 años que cumplió, precisamente, cuatro días antes de su muerte. Es decir: con racionalidad, coherencia, profunda dignidad y respeto por sí mismo.
Se murió antes de tiempo, pero él siempre fue así: cumplía lo suyo con una insoportable anticipación. Ah, y por cierto, jamás dejó algo sin cumplir.
La política y la administración pública fueron los ejes de su actividad siempre incesante. En esta última, cuatro características distinguieron sus actos: probidad, eficiencia, un infatigable espíritu de servicio y, ni modo de negarlo: una abierta parcialidad en sus decisiones: siempre favoreció a los jodidos.
El relato de su vida política es muy fácil: fue hombre de una sola trinchera. El halago y la obsecuencia no fueron lo suyo y jamás aceptó, sumiso, opiniones que no tuvieran más sustento que el de la autoridad. En los tiempos recientes, tan aciagos, no varió un ápice su pensamiento: liberal, juarista, defensor intransigente de la soberanía nacional, del Estado laico, de la educación popular, de la universidad pública. De la supremacía del interés de la Nación sobre cualquier otro, propio o extraño.
Por su excepcional capacidad organizativa, resultado de su identidad de clase con el pobrerío urbano, tuvo en la oreja repetidos cantos de sirenas que le ofrecieron posiciones estelares por un cambio de camiseta. Era inútil: el tamaño y valor de las ofertas, nada tenían que ver con la hondura de sus convicciones.
Sí resentía, por supuesto, la desaparición progresiva de algunos postulados partidarios, el debilitamiento de la lucha por las causas y demandas populares, la sustitución del arraigo, el contacto por el spot vacuo y los hórridos espectaculares, pero sobre todo, las vergonzantes y torpes maniobras que, en busca de sufragios, proponían el ocultamiento o renuncia a principios fundacionales con tal de ganar los votos de la gente decente. Rabia le daba, que algunos muy festinados triunfos electorales implicaran, al tiempo, las más dolorosas derrotas ideológicas de su partido
Así fue mi amigo como funcionario y como político, ahora que, como compañero, amigo o, el superlativo de estas categorías, es decir camarada, no se midió. Desde los primeros cargos que ocupó, jaló con él a los coetáneos de San Ildefonso y luego de la Facultad de Derecho, sin embargo, jamás los integró como un grupo cerrado e inaccesible. Fue una verdadera aspiradora del talento y el entusiasmo juvenil de su generación. A los colaboradores los hacía amigos y éstos, a él, compadre: no creo alguien haya tenido más ahijados por todos los rumbos de la ciudad.
Las variedades de los centros nocturnos de la época eran una de sus debilidades. Allí gozó de los grandes artistas internacionales que nos visitaban, sin embargo, le ha de haber remordido la conciencia el que la mayoría de la gente estuviera siempre al margen de estos acontecimientos, pues con la persistencia que le era habitual, consiguió un acuerdo entre promotores y autoridades, a fin de que todo artista que viniera por dólares mexicanos, ofreciera gratuitamente una función para la raza.
El Auditorio, el Museo de Ciudad, la Alameda y hasta la Arena México abrieron sus puertas a multitudes que anonadadas y eufóricas aplaudían frenéticas a Raphael, Serrat, Ray Charles, Jack Loussier, the Platters y muchísimas más estrellas internacionales.
Una noche, Yevgueni Aleksándrovich Yevtushenko, bebiendo a pico de botella de un garrafón de vino chileno Undurraga, lloriqeaba de emoción sobre mi hombro (izquierdo, por supuesto) y me decía, en tres o cuatro idiomas extraños y un precario español que jamás, ni en la inmensa Siberia, su tierra natal, había vivido algo semejante a esa noche: 20 mil personas, fundamentalmente humildes, llenaron a plenitud la Arena México y sintieron, comprendieron se conmovieron con la voz de Yevtushenko diciéndoles: Cantera de los pioneros del porvenir, Baby yar, Bandera Roja, No he nacido triste y El ajedrez de México. Esa noche mi amigo llevó al poeta a su casa y el poeta se bebió mi garrafón de vino traído de la tierra a la que escribió Una paloma en Santiago.
La bohemia también fue lo suyo. No quiero incriminarlo, pero ¿hasta dónde las miles de serenatas que esparció por todos los rumbos de la ciudad no dejaron exhaustos a Pepe Jara y a Álvaro Carrillo?
Perfeccionista, hiperquinético, obsesivo, riguroso, entrometido (de no serlo ¿cómo me las hubiera podido ingeniar yo, inútil absoluto para tratar niños, durante los primeros años de mi hija Ana? Sin el permanente auxilio de Paz y mi amigo, la niña me hubiera llevado a tribunales). Y lo último: mi amigo fue un hombre generoso y solidario de a de veras, de los pocos que entienden que solidaridad no es convidar de lo que a uno le sobra, sino compartir con los demás lo que a todos nos hace falta. Conmigo compartió casa, vestido, sustento y además, por supuesto, su vocación por la vida plena.
Mi amigo amó a la vida, pero sólo mientras el sentimiento fue mutuo. Los amores perros son una estupidez si duran más allá del acné. Mi amigo, porque fue un hombre libre, vivió como quiso, y se murió cuando quiso. Todo un hombre, este Salazar Toledano.
