El Partido Revolucionario Institucional (PRI) llega, este 4 de marzo, a su 83 aniversario “con buenos aires” y se ve con “posibilidad” de recuperar la Presidencia de la República, con su candidato Enrique Peña Nieto.

Definido de distintas maneras ya sea como partido hegemónico, partido-Estado, partido burocrático de masas, partido predominante o partido oligárquico-autoritario, el hecho es que el PRI gobernó la escena política de México durante siete décadas.

Max Weber consideraba que los partidos políticos se caracterizan por una participación libre y voluntaria que se orienta a influenciar el poder. A diferencia de otras experiencias en donde los partidos surgen para conquistar el poder, el PRI se creó para mantenerlo y distribuirlo entre los vencedores del movimiento armado, logrando una persistencia institucional tan amplia que constituye hasta nuestros días un caso de estudio paradigmático en la ciencia política.

Concebido por Plutarco Elías Calles en 1929 como Partido Nacional Revolucionario, transformado en 1938 en Partido de la Revolución Mexicana y refundado como Partido Revolucionario Institucional en 1946, el PRI supo adaptarse a las condiciones políticas que imponía el México posrevolucionario. Las demandas del movimiento social y el programa político que encarnó la Revolución de 1910-1917 hicieron posible que este partido desarrollara un perfil de avanzada que logró mantener a pesar de los cambiantes contextos que caracterizaron ese periodo. El nacimiento del partido oficial entonaba perfectamente con el desarrollo en otros países de un nuevo actor de la democracia representado por el moderno partido de masas como elemento indispensable para el funcionamiento del régimen político.

El partido de masas aparece como una respuesta organizativa al desarrollo de la competencia política. Sin embargo, siendo el México de inicios del siglo XX un país que había escogido el camino de las armas -en lugar del camino de las urnas- para promover el cambio político necesitaba de una institución capaz de brindar garantías recíprocas a los diferentes grupos quienes viniendo de una prolongada confrontación político-militar se mostraban recíprocamente una profunda desconfianza.

Después del Constituyente de 1917 todavía existieron intentos de levantamientos armados en nuestro país. No obstante, el PRI logró establecer un pacto político entre los principales grupos capaz de garantizar una rotación pacífica en el poder caracterizada por la centralidad del presidente en turno y no del partido. Este fue el elemento distintivo de la prolongada estabilidad política que nuestro país conoció por décadas.

El PRI representó con éxito una organización corporativa unificadora de las tendencias centrífugas que caracterizaron a la naciente clase política. Como organización estructuradora del voto, el PRI mostró versatilidad y una capacidad de adaptación difícil de encontrar en otras agrupaciones de la época por lo menos en América Latina. Los novedosos arreglos institucionales se reflejaron tanto en la representación política como en la agregación de los intereses de los diferentes grupos sociales.

De esta manera prevaleció la lógica de la unidad a toda costa en detrimento del pluralismo de las corrientes a su interior. Sus aportaciones en materia de socialización y reclutamiento político son también notables. El PRI fue el depositario de un sistema de ritos, mitos y símbolos del poder que le permitieron articular un discurso ideológico incluyente y una modalidad de cultura política en donde la identidad nacional representaba la concepción dominante, en el sentido de que todos los sectores sociales que integran a la nación formaban parte, por ese solo hecho, de un gran agregado denominado el “pueblo mexicano”, y en esto consistía la fuerza de nuestra nacionalidad e identidad común. Los problemas de identidad política que hoy existen en México tienen que ver con el declive de este discurso ideológico que asumía a los mexicanos como pueblo y que renunciaba a la concepción de los individuos como ciudadanos con derechos.

Durante los últimos decenios del siglo XX se acentuó el proceso de agotamiento de la capacidad integradora del partido oficial hacia el régimen político. Aparecía en crisis la legitimidad de un sistema que se fundaba en los beneficios sociales que derivaban del crecimiento económico. La prolongada inestabilidad financiera, la aparición de nuevos movimientos colectivos no convencionales y la ineficacia de las estructuras partidarias para integrarlos o controlarlos, enmarcaron el declive del principal partido de masas en México.

Ahora, con 12 años en la oposición el PRI tiene el desafío de transformarse para ponerse en sintonía con la naturaleza de la transición política que nuestro país experimenta y cuya característica principal consiste en el crecimiento organizativo de las diferentes opciones políticas. Si el PRI aspira a gobernar nuevamente, debe recuperar su carácter incluyente, pero agregando también el elemento pluralista y democrático. Requiere de una nueva identidad ideológico-programática que le permita incrementar su credibilidad entre la ciudadanía. La lucha por ocupar el centro del espacio político necesita de una fuerza de mediación entre las instituciones públicas y la sociedad civil, es decir, entre el Estado y los ciudadanos, y este es un rol que el PRI aún podría jugar.

Fuente: La Crónica de Hoy