César Arístides

Sin duda, don Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, son figuras de enorme estatura en la poesía universal, no sólo en lengua castellana. Torbellinos de las letras, lírica que tiembla en nuestros ojos y portento de los sentimientos, las creaciones de estos escritores tienen un sitio en la posteridad por sus hallazgos y su bien aprehendido legado de griegos e italianos.

Poetas inconmensurables, cierto, pero simples mortales con deseos y envidias, rencores y desdenes, tan es así que entre ellos protagonizaron una serie de acusaciones poéticas donde lo jocoso y la burla ácida prevalecieron. ¿Qué demonios impulsaron los ataques de Góngora a Quevedo y Lope?, ¿qué malévolas esencias condujeron a Quevedo a responder? Asombra la enjundia malhechora de algunos poemas dispuestos a hacer del bardo/enemigo, una figura literaria miserable.

De las numerosas composiciones atribuidas al ilustre y necesario don Luis de Góngora, llama la atención una réplica devastadora dirigida a Francisco de Quevedo en la cual desprecia su ingenio y reduce con elegantes burlas su talento: “Anacreonte español, no hay quien os tope,/ que no diga con mucha cortesía,/ que ya que vuestros pies son de elegía,/ que vuestras suavidades son de arrope”. Su juego de palabras elige la figura de un poeta griego para acentuar las diferencias entre el hedonista consumado y un compositor de versos torpes. Es obvio que la comparación no es un elogio, sólo sirve para burlarse de Quevedo, y cuando de los pies se habla, no debe creerse que son los derivados de la métrica: la alusión es a la cojera de Quevedo y más, a su evidente incapacidad para lograr versos contundentes, severos. Y ya encaminados en el oficio del sobajamiento, por qué no dar un machetazo más: “¿No imitaréis al terenciano Lope,/ que al de Belerofonte cada día/ sobre zuecos de cómica poesía/ se calza espuelas, y le da un galope?”.

Sabemos que Góngora arremetió también contra Lope de Vega en décimas y sonetos, y que cuando solicitó el hábito de Santiago las autoridades responsables decidieron dárselo a Quevedo. No es extraño entonces suponer que las inconformidades llevaron a Góngora a escribir, tal vez por 1609, este soneto que dirige su burla e inconformidad contra Quevedo, y además oponer un emblema mitológico (Belerofonte, domador de Pegaso) para decir que Lope, con grandes pretensiones, termina por caer en versos simplones y debiluchos, y si Quevedo lo imita, no se puede esperar gran calidad literaria.

No contento con decirles que están lejos de grandes glosas y notable dramatismo (de allí lo de “Zuecos de cómica poesía” pues los consagrados de la escena empleaban los coturnos), don Luis señala la poca pericia en la tradición griega de Quevedo y lo remata al decirle que es un creador de versos sin vigor: “Con cuidado especial vuestros antojos/ dicen que quieren traducir al griego,/ no habiéndolo mirado vuestros ojos./ …/ Prestádselos un rato a mi ojo ciego, porque a luz saque ciertos versos flojos,/ y entenderéis cualquier gregüesco luego”.

Para el autor del soneto, Quevedo, el más que mínimo Anacreonte, es un poeta muy menor con composiciones inscritas en la vacuidad, imitador de otro poeta cuestionable. Esos “antojos”: anteojos y empeños, pobres deseos y pretensiones líricas, se acomodan bien en “gregüescos”, en lo literalmente desaseado e intrascendente. Algo turbio ocurrió para que el autor de la Soledades dedicara —gruñón o regocijado— desde su penumbra culterana versos furibundos a no menos célebres poetas. Sin duda este desfile de púas ornamentadas que se quiere punzante es una muestra más del enorme talento literario de don Luis de Góngora que mereció réplica mordaz/voraz, ¡y bien que la tuvo!