(Primera de dos partes)
Vicente Francisco Torres
El pasado mes de febrero el mundo recordó que hace quinientos años murió Amerigo Vespucci (1454-1512), cuya carta llamada Mundos Novus, y las cuatro que dan cuenta de sus viajes, constituyen los éxitos literarios más resonantes del siglo xvi porque se tradujeron a casi todas las lenguas y se publicaron en varios países de Europa. Y sus consecuencias fueron enormes: después de leer a Vespucci, Tomás Moro concibió la ubicación de Utopía en Brasil. El destino del nombre de América también se jugó en esas cartas: arrobados ante las noticias que esas misivas llevaban, un puñado de monjes confinados en la abadía de Saint-Dié, que se habían propuesto pasar a la historia por su trabajo intelectual, quisieron poner al día el conocimiento del mundo y uno de sus miembros, Martin Waldseemüller, dibujó un mapa en el que por primera vez estampó el nombre de América sobre el nuevo continente. A raíz de este hecho ajeno a Vespucci, muchos improperios cayeron sobre él. Lo llamaron ladrón porque él no había llegado primero a nuestras tierras, pero se olvida el papel de los monjes de Saint Dié y otra cosa fundamental: mientras Colón murió pensando que había llegado al oriente, Vespucci tuvo muy claro que se trataba de un Nuevo Mundo, y que no era el puñado de islas que Colón documentó, sino un continente que Vespucci pisó antes que nadie. Es más, no sólo el robo fue inexistente, sino Colón y Vespucci fueron amigos constantes en Sevilla, desde 1492 hasta 1506, año en que muere Colón. Sus relaciones no pudieron ser más estrechas: en 1493, cuando Colón regresa de su primer viaje, tuvo que ir en busca de los soberanos que estaban en Barcelona. Marchó con seis indios y varios papagayos, pero tuvo que dejar cuatro americanos (que no se hallaban bien de salud) al cuidado de Vespucci y Gianetto Berardi, un comerciante con quien Amerigo trabajaba y que había financiado parte del viaje de Colón. Más adelante, Amerigo y Bernardi colaboraron para fletar la segunda expedición del Almirante.
