¿Y el presunto culpable?

Jorge Carrillo Olea

¡A quién cargarle el muerto! Es pronto para expedir el certificado de defunción pero los signos apuntan para allá. El porcentaje de abstencionismo para las elecciones federales calculado hoy será del 50%.  La intensión del voto es baja y con tendencia a bajar más. A nadie puede agradarle tal perspectiva.

Como todas las adversidades, en este caso eso tiene una paternidad, o mejor dicho varias. Habría cuatro líneas de pensamiento: la autoridad Instituto Federal Electoral y Tribunal Electoral del Pode Judicial de la Federación,  los actores, referidos aquí exclusivamente a los presidenciales, los que legislaron y la opinión pública.

La autoridad que actúa con  inconsistencia pero con mucho sujeta por lo que manda la ley y por ello está siendo minada en su prestigio. Nutrida recientemente por la presencia de tres espléndidos funcionarios, la señora María Marván, Sergio García Ramírez y Lorenzo Córdova, ni con esas cargas de prestigio ha logrado salir adelante pues parece que internamente tiene un enemigo en el propio TRIFE que le rebota toda determinación. Como si no se supiera que a ese nivel de responsabilidades todo debe conciliarse antes de oficializarse, pero parece que entre las partes no hay diálogo.

Los actores, por acatar la veda que establece la ley, pero más bien es que con ella y sin ella, no logran despuntar, no transmiten ni emoción ni ideas del nivel que se les requeriría. Qué lejos se les mira de ser los estadistas que en un libre juego cautivaran a los votantes con su distinguido nivel. Es tan pobre el que proyectan que es válido pensar que están guardando para más tarde sus excitadores argumentos sobre seguridad y justicia, empleo, educación, salud, prestigio internacional y más. Nada, hoy sólo piezas retóricas desconcertantes por su liviandad.

La legislación ya cuestionada de manera extenuante y cuyos huecos y contradicciones se compensarían por haberles cancelado  la enorme rentabilidad a los medios, principalmente a los electrónicos, poco necesita ser comentada. Valga decir que la ley se hizo a favor de alguien, en contra de alguien y que tiene autores o gestores que el 2007 estaban orgullosos y ahora esconden la mano.

La opinión pública ha sido llevada al desencanto. Eso  corresponde en parte a que es una sociedad no adentrada en las teorías ni en las realidades políticas, y lo peor, nutrida mayormente por la televisión. Padece de un desencanto natural y justificado. Ella no hace profundas inspecciones sobre los profundos perfiles de los candidatos, no hay información y la que se obtiene al final, gota a gota sobre los adalides, es decepcionante.

Resultado de todo esto, es el amenazante ausentismo electoral que terminará por producir, una vez más, un resultado impugnable, resultado éste más que nada de la chunga con que ya se ha tornado considerar a los candidatos y el proceso. Un espectáculo de levedad cuando se cierne un horizonte oscuro.

 

Es ese síndrome tan nuestro, tan propio de nuestra compulsión por cargarnos al fuerte: David demoliendo a Goliat. Atestiguamos el ver a la democracia deseable, que se cimentó bien, se edificó mejor, que se derrumba ante nosotros haciendo más vulnerables nuestras convicciones y esperanzas.

Visto con un poco de distancia, no es lo peor esta kermesse que podría esperarse hasta violenta. Hoy es un baile de máscaras que pasará. Lo que debe preocuparnos vivamente es que detrás  está  la puesta en riesgo del fortalecimiento político institucional  democrático, es decir, la capacidad de un Estado legítimamente establecido de atender efectivamente las demandas sociales.  De ese terrible riesgo es titular el presunto culpable. ¿Cuál?

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…Suspensivos. Los tres grandes, Jose, Peña y Andrés Manuel comparecieron obsecuentes ante el vicepresidente Joseph Biden. ¡Grave y triste presagio!

 

hienca@prodigy.net.mx