César Arístides
Poemas de amor a los labios y a las manos, elogios eróticos a los muslos y a las caderas, añoranza afectiva a los ojos y a la frente. El cuerpo es un páramo de gloria y ensoñación, la mirada es un paraíso que alucina, la boca es abrevadero de las pasiones, y Ramón López Velarde, atenazado por los demonios, bajo el sopor súbito del misticismo, elige la rara sensualidad de una dentadura: “Tus dientes son el pulcro y nimio litoral/ por donde acompasadas navegan las sonrisas,/ graduándose en los tumbos de un parco festival./ …/ Sonríes gradualmente, como sonríe el agua/ del mar, en la rizada fila de la marea,/ y totalmente, como la tentativa de un/ Fiat Lux para la noche del mortal que te vea./ Tus dientes son así la más cara presea”.
Conocido por sus invocaciones apasionadas a la idealizada Fuensanta, y por esa suerte de himno al terruño que resguarda su memorable “La suave patria”, la audacia modernista y la rebeldía en el manejo de la forma le permitieron al poeta jerezano acercarse a los espasmos del amor, al delirio de la añoranza voluptuosa, al asombro que la gracia dental provoca. Para López Velarde los dientes son hechizo, vuelo erótico y un tesoro que lubrica las pasiones; por ser esencia valiosa del paraíso de la carne y los sentidos, advierte sobre la necesidad de cuidarlos, y en esa suerte de veneración lúdica confirma: “Cuídalos con esmero, porque en ese cuidado/ hay una trascendencia igual a la de un Papa/ que retoca su encíclica y pule su cayado./ …/ Cuida tus dientes, cónclave de granizos, cortejo/ de espumas, sempiterna bonanza de una mina,/ senado de cumplidas minucias astronómicas,/ y maná con que sacia su hambre y su retina/ la docena de Tribus que en tu voz se fascina”.
La pasión de López Velarde recorre los dominios de la sacristía y la sensualidad, despierta la rebelión de los besos y juega con lo sagrado en una danza de profanación y júbilo. Los dientes son el pretexto para conjurar la excitación y el anhelo. Con la magia de lo inaudito que poetas como Leopoldo Lugones, Asunción Silva o su más cercano, Herrera y Ressig convidaron, en el poema “Tus dientes” López Velarde alaba la sonrisa amorosa y los misterios de la mordida. La gracia de los dientes puede transportarnos al embrujo y a la fascinación, en esa fila de vigor y belleza nace la inquietud y los rubores, de allí que el poeta haga de su condición un sortilegio: “Tus dientes lograrían, en una rebelión,/ servir de proyectiles zodiacales al déspota/ y hacer de los discordes gritos, un orfeón;/ del motín y la ira, inofensivos juegos,/ y de los sublevados, una turba de ciegos./ …/ Bajo las sigilosas arcadas de tu encía,/ como en un acueducto infinitesimal,/ pudiera dignamente el más digno mortal/ apacentar sus crespas ansias… hasta que truene/ la trompeta del ángel en el Juicio Final”.
Los poetas eligen el vientre o las comisuras, la mirada extática, el rubor de la entrega, las manos enlazadas por la lumbre voluptuosa, López Velarde se decidió en estos versos por una bóveda y sus vigías, por los dientes que enaltecen besos y sueños, va más allá de la potencial seducción de los labios y de la lengua porque los dientes son el motor del placer más excitante. Los dientes son la creación y el conjuro, la vitalidad apasionada que trasciende y eleva la gloria de los huesos, por eso merecen alabanza, antes de ser sólo mueca, sombra, nada: “Porque la tierra traga todo pulcro amuleto/ y tus dientes de ídolo han de quedarse mondos/ en la mueca erizada del hostil esqueleto,/ yo los recojo aquí, por su dibujo neto/ y su numen patricio, para el pasmo y la gloria/ de la humanidad giratoria”.
La lengua entre los dientes es amor alucinado, la queja entre los dientes es caricia y desenfreno, la palabra de amor entre los dientes es invocación y calentura; no hay látigo más preciso en el lecho del erotismo que una dentadura ávida cerca del cuello, de la boca, de los muslos, del abismo… esto lo sabía López Velarde, prueba de ello son estos versos que muerden con dulzura nuestro entusiasmo.
