Reivindicar el destino nacional

José Elías Romero Apis

Hoy que creíamos estar tan cerca de la democracia puede ser que nos encontremos muy cerca de la dictadura. La gobernabilidad mexicana está herida y, si no recibe de inmediato la oxigenación de fuertes dosis de legitimación política y de liderazgo real, estaremos a las puertas de una disfunción de Estado de proporciones muy graves.

No es cierto que en México nunca pasa nada.  En México no pasaba nada porque contaba precisamente con la gobernabilidad de que hoy carece. Si mi tesis es coherente no pasaba nada por la misma razón que hoy sí podría pasar.

El iceberg ya golpeó el transatlántico de la política mexicana. A lo largo de la vida algo habremos aprendido. Lo primero, que todo es sumergible y es destructible. Lo segundo, que con la mayor rapidez nos apliquemos al control de daños con base en un diagnóstico y cálculo muy certero y preciso. Lo tercero, que iniciemos el salvamento y el rescate.

La historia política de la humanidad ha sido infalible en los últimos 250 años. A los periodos de desgobernabilidad generalizada y de corrupción incontrolada los ha sucedido la dictadura popular, la dictadura militar o la disolución del Estado.

Por ello es oportuna la rememoración de un aniversario más del Plan de Guadalupe. Celebramos y conmemoramos la cita de la historia. No sólo es memoria sino, además, memorial. No constituye solamente un recuerdo sino, adicionalmente, una demanda.

Es por ello que, para nosotros, toda la historia es contemporánea. A base de ello, nuestros momentos luminosos nos revelan lo fundamental de la grandeza mexicana. Con base en ello mismo, en nuestros momentos de penumbra hemos logrado remontarnos por encima de nuestras humillaciones transitorias.

Guadalupe es uno de los planes fundamentales de nuestra vida republicana. Hemos proclamado muchos planes. Hemos requerido de un esfuerzo de compilación. Sin embargo, tres de ellos forman lo que podría llamarse la serie política de planes fundamentales: Ayutla, San Luis, Guadalupe.

Los tres tienen una esencia común al ser exclusivamente políticos.  Los tres pretenden reivindicar el destino nacional, cuando éste se ha desviado. Los tres denuncian el extravío de los hombres que, con el título adquirido o usurpado, habían hundido a México y resultaba necesario rescatarlo.

Ayutla, San Luis y Guadalupe son pilares ineludibles de nuestra nacionalidad y de nuestra vida colectiva. Sin ellos no seríamos lo que somos o, acaso, lo seríamos de diverso modo. Merced a ellos, Santa Anna, Díaz y Huerta fueron borrados de la vida nacional. Podemos estar seguros de que el diferimiento de esta revocación hubiera creado un distinto México.

Pero si en los tres hay identidades de esencia, de finalidad y de destinatarios, también las hay de circunstancias y de orígenes. Los tres se colocaron en oposición a grandes fuerzas. Los tres se situaron en contra de los poderosos y a favor de los más débiles. Los tres provinieron de unos cuantos hombres sin elementos materiales para enfrentar las maquinarias de poder contra los que estaban dirigidos. Sin embargo les asistía la razón, el valor y la alteza. Por ello se impusieron al descrédito, a la reacción y a la usurpación.

Para bien de México, la voluntad de patria siempre se ha impuesto a la intransigencia de secta. Error fundamental de aquéllos que provocaron la trágica decena. Desconocían cómo somos los mexicanos. Quizá porque, en el fondo, ellos no lo eran.

La historia usa sus misteriosos instrumentos para tramar indescifrables destinos. Hay hechos fundamentales que consolidaron lo que sus autores combatieron. El mismo itinerario que pasa por la fortificación en La Ciudadela, por la negociación en la embajada y por el crimen en la penitenciaría, habría de llevar a México al rescate de la dignidad nacional en la Hacienda de Guadalupe, a la victoria militar en Zacatecas y a la estipulación constitucional en Querétaro.

No estoy diciendo, y ni siquiera sugiriendo, que vivimos bajo un gobierno de usurpación. Eso, por fortuna, no se nos ha dado. Lo que estoy diciendo es que vivimos en un estado de disfunción. Eso, por desgracia, no lo hemos evitado.

Es, en ello, donde residen nuestros peligros de usurpación. Si el poder no se ejerce por quienes están legitimados para ello, se ejercerá por otros, pero no se dejará de ejercer. Eso es lo que se llamaría una alternocracia. Un gobierno de otros y no de nosotros mismos.

 

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