El Papa y la política mexicana


René Avilés Fabila

La visita de un papa a México siempre produce oleadas de felicidad. Somos un país de alrededor de 110 millones de habitantes, de los cuales, en números casi oficiales, el 80 por ciento son católicos. No sólo ello, desde el año 2000 los gobiernos han sido presididos por mandatarios abiertamente practicantes de dicha religión. Con cierto rigor podríamos decir que el Estado laico mexicano muere de inanición, de falta de respeto a los momentos estelares de la historia y con políticos que sin ningún pudor hacen referencias celestiales e invocan a Dios. Lo mismo entre los priistas que en panistas y perredistas. En este momento, de cuatro candidatos presidenciales, tres se han declarado abiertamente creyentes: Vázquez Mota y Peña Nieto católicos, López Obrador, con vergüenza, deja ver su cristianismo protestante. De tal suerte que los tres, que políticamente están en el centro, han optado lo mismo por recibir el beneplácito del gobierno norteamericano a través del vicepresidente, que la bendición del Papa.

Pero no se trata sólo de utilizar al Papa para atraer votos de esa enorme masa creyente en la Iglesia romana. Hay una interrelación clara. El también los utiliza para extender la fe. El manejo del príncipe católico es natural. La de los mexicanos es más bien falsa o utilitaria. Ya nadie se acuerda de los esfuerzos del liberalismo mexicano para poner distancia entre el gobierno y los representantes de Dios. Tampoco de lo que redactaron los constituyentes en la afanosa búsqueda de una nación moderna y avanzada. Adolfo López Mateos o José López Portillo parecían agnósticos, lo más seguro es que en el fondo creyeran en la existencia de un ser sobrenatural, creador del cielo y la tierra, como rezan las oraciones.

Sin embargo, durante la “dictadura priista”, ninguno de los mandatarios hizo citas bíblicas, rezó en público o se inclinó ante un sacerdote. A lo sumo, Manuel Avila Camacho, sucesor del general Lázaro Cárdenas, se declaró católico. Pero como los demás, mantuvo las distancias que la historia ha exigido, como respeto para los que profesan diferentes religiones. Fue Vicente Fox quien ostentosamente rompió con ese principio. Calderón lo ha seguido con discreción. La semana pasada fue cauteloso ante el Papa.

De los tres aspirantes presidenciales que estuvieron cercanos al Papa, López Obrador fue quien puso la mala nota con una descortesía pública que los medios reprodujeron: “Asistiré, pero no me hincaré.” ¿Tenía sentido decirlo? Pudo hacerlo sin necesidad de anticiparlo. En tal sentido, Felipe Calderón y su esposa, al recibir públicamente a Ratzinger, le extendieron la mano, cuando sin duda, por su fe católica, se quedaron con las ganas de hincarse y besarle la mano.

Era el gesto que el México progresista esperaba. En un Estado laico serio, ningún representante del gobierno tiene más obligación de rendir pleitesía en público que a sus propios símbolos. En la esfera privada, puede rezarle a la deidad que le dé la gana.

 

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