Mary Carmen Sánchez Ambriz
Su nombre es sinónimo de alteración. La fuerza de sus trazos retratan con crudeza y sordidez el espíritu del ser humano después de la Segunda Guerra Mundial. Supo descifrar el ritual del caos, oler la desolación, vislumbrar la angustia y hacer del dolor un rehén en cada uno de sus lienzos. Francis Bacon es el artista del siglo xx que más pinturas violentas realizó y con ellas se ganó a pulso el desprecio de Margaret Thatcher, quien calificó su obra como “asquerosos trozos de carne”. No fueron del agrado de la sonrisa congelada de la ex primera ministra de Inglaterra los animales en movimiento al mostrarse visiblemente alterados, la carne desgarrada, los rostros desfigurados, la sangre coagulada y, sobre todo, su manera de ver la religión católica. Lo que la señora Thatcher no entendió es la metáfora del dolor existencialista, lo trágico de la condición humana que representa Bacon.
Una de las entrevistas más valiosas con el pintor fue la que realizó Marguerite Duras. En un diálogo excepcional, atina a decir: “No dibujo. Empiezo haciendo todo tipo de manchas. Espero lo que llamo ‘el accidente’: la mancha desde la cual saldrá el cuadro. La mancha es el accidente”.
Con todo y las críticas, sus piezas se han caracterizado por los altos precios que han alcanzado en el mercado del arte. El magnate Román Abramóvich desembolsó 86 millones de dólares por Tríptico 1976, para regalárselo a su novia, la modelo rusa Daria Zhukova. La pieza está considerada como la obra de arte de Bacon más importante en manos de coleccionistas privados; se trata de un cuadro de gran formato que incluye elementos de la leyenda griega de Prometeo, quien fue atado a una roca por Zeus y cuyo hígado fue devorado por un águila. (Y no porque le fuera a las Chivas). Tríptico 1976 cuenta también con elementos de La Orestiada, en donde se narra cómo Orestes asesinó a su madre y su castigo fue que los buitres lo atacaran. ¿Dónde dispuso Dasha (así le dicen de cariño) que se colocara el lienzo? En su galería El garage, ubicada en una exclusiva zona de Moscú, inaugurada hace poco tiempo, en donde también muestra obras de Lucian Freud (amigo de Bacon y colega).
A diferencia de Andy Warhol que siempre gustó de los reflectores, Bacon acostumbrada pintar en su taller y durante la tarde ir al pub más cercano a beber cerveza. Al pintor inglés (de origen irlandés) le gustaba la sobriedad en su vestimenta, los colores oscuros, el negro, el gris, las chamarras de piel e invariablemente mostraba un largo fleco despeinado. Aunque un personaje como Bacon hubiera dado lo que fuera por pasar por la vida desapercibido, pero no ocurrió así: sus romances, pinturas, frases, el suicidio de su pareja, el ir contra lo establecido, siempre dieron de qué hablar entorno a él. En 1964 conoció (de la manera más extraña) a su amado George Dyer: lo sorprendió robando en su taller. Esa misma noche inició la relación tormentosa entre Bacon y Dyer. Siete años después una noticia sacudió a Bacon: Dyer se quitó la vida con barbitúricos. Su segunda pareja estable fue el afortunado John Edwards, quien al morir Bacon heredó todos sus bienes.
Poseer una obra de Francis Bacon es cuestión de suerte. Eso lo saben tanto la novia del millonario Abramóvich como un electricista que tocó un día al estudio del pintor. Dicen que Bacon tenía fama de desordenado, su taller era un verdadero desastre, pues el propio Bacon a veces sin darse cuenta pisaba sus propios cuadros o lo que quedaba de ellos (algunas ocasiones rompió sus lienzos). Como pago de los servicios a un electricista (para envidia de cualquier trabajador del sme), Bacon le obsequió algunos cuadros al individuo que mostró interés por su trabajo. Décadas después, estas piezas fueron subastas y alcanzaron cifras estratosféricas. Se sabe que el taller de Bacon fue donado por su heredero John Edwards al museo Hugh Lane Manicipal Gallery de Dublín y que el electricista desayunaba todos los días eggs with Bacon.
