Ricardo Muñoz Munguía
(Primera de dos partes)
En la pintura se buscan, o más bien, se encuentran signos. Las imágenes despliegan ecos que son sombras, que son luces. La poesía, por su parte, aprehende esos signos, los descubre, los engancha del paisaje o del subconsciente o de la cotidianidad o de una pintura…, y los jala a las páginas. Es otra manera de agotar imágenes, de exponerlas a la luz de la mirada.
De la labor como crítico de arte de Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972) han sido publicados varios volúmenes de gran valía para el arte plástico. Diversos artistas tanto de América como de Europa han atraído la atención de Muñoz. Por otro lado, su creación poética, que también le ha dado varios volúmenes, de algún modo se conjunta con la pintura, o quizás el prejuicio que nos puede provocar el ensayista por su constante relación con el arte forma tal encauzamiento. Sin embargo, al intentar sacudirnos tal prejuicio, las figuras persisten: “Cristales opacos,/ miradas fugaces,/ labios encendidos,/ sombra”.
El más reciente libro de poemas de Miguel Ángel Muñoz cuenta con varios registros, símbolos que transmiten una voz. Entre estos símbolos encontramos la constante búsqueda de la luz, de acariciar los entornos que cada luminosidad provoca al filtrarse en el día o en el encanto nocturnal desplegado a lo largo de su firmamento como sucede en su poema “Mirador”: “I// Despertar entre islas,/ silencio como una roca/ contra un cielo estrellado.// II// Abrir los brazos,/ un solo cielo,/ sentir el tiempo,/ el viento, la luz/ tejiendo un imperio/ que el agua romperá”. El silencio es otra constante que en voz de Miguel Ángel parecen traducirse en roca, como lo menciona en el poema que acabo de citar, o el instante preciso en que el sueño clava su daga y que Muñoz lo dibuja a su manera en “Murmullo”, otro poema anhelante: “Guardar silencio en este laberinto/ sumergido en pliegues de voces/ y no escuchar nada.// Torres de murmullos/ que se olvidan del mundo.// Me arropas el silencio/ y respiro sueños/ que destilan suave indiferencia (…). Vivir es esto,/ sin palabras,/ sin llanto,/ sin piel que soporte/ la demorada vida y la muerte,/ con el tiempo ilusorio sobre la cama/ y mis cenizas dispersas en ramas ciegas”.
