Entrevista a Rosa Beltrán/Autora de Efectos secundarios
Eve Gil
Efectos secundarios (Literatura Mondadori, México, 2011) es la muy esperada novela de una de las más entrañables autoras mexicanas, Rosa Beltrán, que pese a ostentar un cargo de enorme responsabilidad al frente de la Dirección de Literatura de la UNAM —que absorbe la mayor parte de su tiempo y le dificulta encontrar momentos para escribir— no ha sido olvidada por quienes la siguen fielmente desde su primera exitosa novela, La corte de las ilusos.
La marca
Reconocida por su talante fársico, Rosa nos entrega una novela que es una ironía desde su título, una ironía muy dolorosa; sin embargo, y su voz tiembla a lo largo de esta entrevista: “Todo lo que he escrito tiene una marca que no he visto yo, sino otros han escrito sobre mis libros. Yo no sabía que ese humor, esa ironía marcara todo lo que yo escribía, y cuando me lo hicieron notar me di cuenta de que es una herramienta de sobrevivencia. No se trata de una mueca, sino de buscar esa otra verdad que también está detrás de la tragedia; que la vida, por terrible que sea, tiene siempre ese otro ángulo, esa mirada oblicua, y que sólo a través de esa otra puerta podemos acceder a un significado más completo de lo real. Más que irónica, creo, es satírica, fársica. También me di cuenta, años después, de que mis autores favoritos tenían esa marca: Valle Inclán, Kafka, Mogol. Uno no se acerca a los libros de manera tan ingenua como parece y nos marcan de manera indeleble.”
Comienza Efectos secundarios, y lo primero que nos viene a la mente es que se trata de una sátira sobre las presentaciones de libros, y las carcajadas fluyen, pero, oh sorpresa: el Lector, el Presentador de Libros; ese personaje sin rostro ni sexo definido, se va adentrando a una pesadilla que es, ni más ni menos, la que actualmente vivimos en México.
“Empecé a presentar libros —dice Rosa— en distintos lugares del país y me di cuenta de que las presentaciones en público, donde los asistentes intervienen al final, empezaba a hacerlo de una manera extraña, atípica, de una manera que no hacía antes, y es que estaban contando sus propias historias. De pronto, la presentación de un libro en Ciudad Juárez, en Monterrey, en Tamaulipas, era más una suerte de pretexto para hablar de lo que no se quería hablar, en tono más bajo, y como si de repente el salón donde se presentara el libro se transformara en una especie de club de los negocios raros que permitía hablar de estas cosas. Esto empezó a llamar mi atención porque era importante oírlos, y lo que decían tenía y no tenía que ver con el libro presentado, pero tenía una pregunta de fondo que se estaba contestando sin haber sido planteada: ¿qué posibilidades tienen el humanismo y la literatura para hablar de esto que nos ocupa y nos está ocurriendo?”.
El lector
Respecto a ese extraordinario personaje cuya profesión es la de Presentador de Libros, que percibe por sueldo el libro que habrá de presentar y cambia de sexo a mitad de la historia, nos dice Rosa:
“Mi personaje es un lector, y la lectura nos permite convertirnos en todo aquello que no somos. Es una de las tantas cosas que nos ocurre cuando leemos. Cuando yo leo, desde mi cuerpo de mujer, me transformo en otros cuerpos, vivo otras vidas mucho más interesantes que la mía, viajo a cualquier época, en el tiempo y en el espacio. Y cuando recuerdo mis primeras lecturas, por ejemplo, La Odisea, yo no era Penélope, la que se queda en casa esperando al hombre, yo era Ulises, y sin embargo, he observado un fenómeno extraño: como la mayoría de la literatura ha sido escrita por hombres, desde un cuerpo de mujer es más fácil identificarse con ellos que al revés. Todavía no encuentro un varón que declare haberse identificado con un personaje femenino, escrito por una mujer. Una señora Dalloway, por ejemplo.”
“Yo no me metí en la realidad: fue la realidad la que se metió en mí —señala Rosa cuando le pregunto cómo logró llegar tan hondo en esta novela que refleja como un espejo a cualquier mexicano que se asome a ella, aunque en el extranjero, sin duda, la considerarán una novela surrealista—. Es una especie de libro- instalación, a la manera que hacen los artistas plásticos que intervienen la realidad. No tenía la intención de confrontar esa realidad, sino de afrontarla de otra manera. Si la realidad se va metiendo en ti, como ocurre en este país donde hay una guerra que sin embargo no puede ser llamada guerra; donde vives inmersa en una ruleta rusa donde tienes que hacer como que estos rituales de todos los días son los de siempre, no hay posibilidad de escribir sobre esto que te ocurre, sino como lo hice en Efectos secundarios.”
El dolor de escribir
Para concluir, Rosa declara algo que se hace muy evidente en su expresión grave y su voz enronquecida por la emoción: “Claro que me dolió escribir Efectos secundarios, y cualquiera se puede identificar con el protagonista, porque hay que hacer como que nada ocurre, como que es natural, hemos naturalizado el horror para sobrevivir, aunque por momentos nos damos cuenta de que no tiene nada de natural, pero si nos detenemos a pensarlo por un instante, podríamos paralizarnos u optar por otro camino, pero el único por el que no podemos optar es por el del silencio. Cuando uno no quiere hablar de algo es cuando más está hablando… a gritos.”
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