Patricia Gutiérrez-Otero
¡Qué ganas de sumirse en la literatura! Por lo menos en ella te metes en un viaje del que —bueno o malo— saldrás. Aunque —alto— también se te queda adentro y te esculpe. ¿Sales o no de una novela, un poema, un cuento, o hasta de un ensayo, o ellos se quedan navegando en ti y tú, en ellos? ¿Encuentras desiertos y mares nuevos? Muchas veces te proyectas en la literatura; otras, ella se encarna en ti: ya no sabes si eres lector o personaje, o personajes y lectores. Tu vida se entrecruza con la trama literaria igual que con la trama de lo que llamamos “vida real”, que muchas veces alcanza la ficción, la proyección, el invento. ¿Estoy ahora navegando en un barco de papel, de palabras, de sueños e imágenes?
Alguien dice que la mejor manera de viajar es leyendo. Así lo creo; y no sólo para conocer nuevas geografías e historias, sino para entrar en otros estados de conciencia, de sentimientos, de experiencias. Esto, a veces, da miedo, porque es una puerta de escape. Sobre todo cuando nuestra realidad —nuestro puerto para no quedarnos navegando a la deriva de novela en novela, de personaje en personaje— es temible y parece fuera del alcance de nuestro actuar. En la literatura, y en uno de los géneros que más amo, la novela, sabemos que no podemos realmente actuar, estamos a merced del escritor y sus personajes, nos prestamos a ellos, les cedemos nuestro espacio, nos dejamos seducir. ¿Soy yo o el conde de Montecristo quien, encerrado en su celda, puede escapar? ¿En la novela de Tolstoi, fui yo quién se arrojó bajo las ruedas de un tren?
En “la vida real” se nos pide, nos pedimos, nos debemos, resolver situaciones, entrar en la trama, modificarla, resolverla, implicarnos. Esto no quiere decir que en la lectura literaria no nos involucremos, y que no nos empuje incluso a comprometernos con la realidad, pero, ahí, en ese acto, nos dejamos llevar y, quizás, al introyectar lo vivido en la literatura, resolvemos o volvemos más complejas cuestiones propias. Mientras que, afuera, el rostro del otro, de la otra, de los otros y otras, que no son mi proyección y me lastiman, hasta de lo que vive de otras maneras que no son mi consciencia (el perro, el gato, el rinoceronte, el pez espada, el maguey, el plátano, la lombriz, la yerbabuena…) nos llaman a actuar para mejorar la situación en la que estamos. ¿Hay afuera, hay adentro, hay realidad o todo es espejismo?
El Chapo; el crimen organizado; la destrucción de nuestra agricultura; la situación de pobreza y miseria; los salarios principescos de nuestros gobernantes, de nuestras cámaras, de la alta burocracia; la situación de marginación de los indios; la pérdida constante de prestaciones laborales, la destrucción de los ecosistemas… nos exigen actuar. La literatura nos abre un espacio para sentir y pensar de otra manera, para romper paradigmas, para crear utopías y críticas. La realidad, nos pide actos.
¿Soy Jean Valjean o Fantine o el inspector Javert? ¿He logrado romper esquemas y sé qué posición tengo en el mundo, fuera de toda ideología?
El gran cineasta italiano, Federico Fellini, tituló a una de sus últimas películas E la nave va. Vamos navegando, mantengamos el timón, la brújula, las velas, y el diario de a bordo y dejemos que las cosas sucedan y que el amor, venza.
Un beso a los personajes que alguna vez fui, que sigo siendo, y a sus autores.
Además, opino que ante todo hay que respetar los Acuerdos de San Andrés Larráizar firmados con los pueblos indios. De ahí, para adelante…
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