CON/VERSO
César Arístides
Don Luis de Góngora redactó algunos versos salvajes contra el “inocentísimo” don Francisco de Quevedo, y algunas réplicas rijosas contra el autor de La gatomaquia. El júbilo malévolo de Góngora despertó el refinado lado siniestro de Quevedo y ni tardo ni perezoso, ¡ni quieto ni mesurado!, el autor de El buscón desenvainó la espada y rechistó con divertido tono, ponzoñoso acento y procaz denuedo. Los siguientes versos dedicados a Góngora: “descubierto habéis la caca/ con las cacas que cantáis”, resumen para Quevedo los empeños poéticos de Góngora, su aliento sombrío y su grandeza literaria. La suerte estaba echada y el “ofendido” decidió entonces atacar al autor de Fábula de Polifemo y Galatea en varios enjundiosos/encendidos poemas.
Escrito quizás en 1610, el soneto que ha sido llamado “Quevedo contra Góngora” ilustra una venganza festiva, un arrebato de letrado gandul lleno de ardiente gracia y golpes certeros: “Yo te untaré mis obras con tocino,/ porque no me las muerdas, Gongorilla,/ perro de los ingenios de Castilla,/ doto en pullas, cual mozo de camino”. Francisco de Quevedo se solaza con bravatas y maldiciones, está dispuesto a tronar contra el cordobés, contra su persona y su poesía, contra los emblemas que defiende y su astucia que sólo es para Quevedo pretensión. Sus versos son negra ironía que arremete contra la figura de don Luis: “Apenas hombre, sacerdote indino,/ que aprendiste sin christus la cartilla;/ chocarrero de Córdoba y Sevilla,/ y, en la Corte, bufón a lo divino”.
La indiscutible celebridad de estos dos monstruos de la poesía en lengua castellana no es óbice para que su rivalidad se difunda y los ataques a la obra y a la persona se mezclen con juguetón arrebato y perversa inspiración. Es bueno advertir que el soneto es punto de partida para que el poeta trine contra Góngora una y otra vez y lo llame en otras entregas “esta cima del vicio y del insulto” (la majadería, pese a su connotación negativa, concentra un señorío supremo) o el contundente: “Esta magra y famélica figura/ cecina del Parnaso, musa momia/ cadáver de la infamia y la locura” (de verdad una altiva ofensa soltada con grabo y desmesura), por no citar aquellas escatológicas expresadas con desatado regocijo y lírica infernal.
El soneto que visitamos cierra con reclamos y la petición al cordobés de que abandone la poesía. No hay duda de que el poema que inició la contienda, el de Góngora, es más elaborado, incluso con más acertijos y tinieblas, muy en su estilo que va del requiebro a la fascinación mítica, la metáfora que se esconde tras el mensaje oculto/culto; frente a estos atributos Quevedo destaza y quema, apabulla y se mofa, es un bárbaro del lenguaje con tridente, y en sus adjetivos lleva la retórica burlona del infierno. Insisto, su encabalgamiento es un estruendo, su lirismo provocador y divertido concede una carcajada con veneno: “¿Por qué censuras tú la lengua griega/ siendo sólo rabí de la judía,/ cosa que tu nariz aun no lo niega?/ …/ No escribas versos más, por vida mía;/ aunque aquesto de escribas se te pega,/ por tener de sayón la rebeldía”.
Aquí la palabra sayón aplica en varias formas, como verdugo (quizá por eso despreciable), también como un hábito de poca monta en procesiones, para acabar pronto: miserable y de bajo nivel en sus empeños. Lo cierto es que desde los primeros versos atendemos una breve muestra de ese encono burlón vestido con la gala de la maldición y el desparpajo. Queda pues al lector la tarea de rumiar, renegar o sonreír con estos lancetazos y buscar las ocurrencias de los poetas comentados que son más que dardos y venablos para gloria de nosotros.
