Juan José Reyes
Hay conceptos que rápidamente se propagan en los que días que corren también cada vez a mayor velocidad. Uno de ellos es el de “daños colaterales”. Como recuerda Zygmunt Bauman el origen de la expresión es militar, y en nuestro país al menos su primera referencia toca a ese mismo campo (a causa de la lucha que ha emprendido el ejército contra los delincuentes insólitamente poderosos y viles). Pero los daños colaterales ocurren en planos muy diversos. Bauman identifica dentro de esta multiplicidad una nota común: pasa que las víctimas, los dañados severamente, y no pocas veces en forma definitiva, fatal, aunque la procedencia de las calamidades sea “indirecta”, son los pobres. Pone un ejemplo: el huracán Katrina, que afectó dolorosamente a Nueva Orleans hace unos años. Por los noticieros, uno recuerda, pudieron verse las casas destruidas, las calles devastadas, inundaciones, ruinas, muertos, éxodos penosos. ¿Los ricos de Nueva Orleans sufrieron tanto? Lo que para unos no pasan de ser contratiempos, o daños menores, para muchos otros puede significar la última estación de una vida difícil, cerca o dentro de la miseria. Pensemos en el éxodo, que es el caso que plantea Bauman. A los habitantes del lugar se les avisó con tiempo que el huracán llegaría. ¿Con tiempo para qué? Para que cogieran sus cosas y se fueran de ahí lo más pronto que les fuera posible. ¿Qué tan posible en realidad era irse de ahí? Para los acomodados y los ricos era cosa de comprar unos boletos de avión e instalarse el periodo necesario en otro sitio. El dinero está en nuestros tiempos en las páginas de las computadoras, más que en las cajas de los bancos. Pero para los demás ¿era aquéllas una posibilidad real? ¿De dónde familias enteras sacarían para trasladarse a lugares apacibles, lejos del peligro? ¿Con qué dinero pagarían los días y las noches de hotel en otros lares? Y así podríamos multiplicar por cientos los ejemplos. Recuerdo ahora otro ejemplo que me ha estremecido: la ciudad de Villahermosa, en Tabasco, anegada, y sus habitantes sumidos en el hambre, la enfermedad, en espera de auxilio. Ni una sola colonia residencial sufrió daños siquiera mínimamente comparables a los que padecieron los moradores de las colonias pobres. Si dinero llama dinero, la pobreza llama más quebrantos.
De muy poco para acá Europa padece una gran crisis económica. Bien visto, en el asunto que está en juego es “el Estado de bienestar”. Y es el bienestar el objetivo mayor hacia el que sanamente propenden las sociedades. ¿Pero qué quiere decir en un mundo como el de nuestro tiempo? Pensemos en España, una de las naciones más golpeadas por esta sacudida. Hay una enorme cantidad de parados, como llaman en esa tierra a los desempleados, y la economía ha entrado en recesión (lo que es más que clara amenaza del nacimiento o renacimiento de un circulo vicioso: sin crecimiento no hay generación de empleos). ¿Pero qué es lo que allí ocurrió? Durante por lo menos dos lustros los españoles no cesaron de asombrarnos. Parecían vivir en una Jauja ibérica. Todo era prosperidad, como si “la piel de toro” entera fuese una especie de suma del Real Madrid y el Barcelona. Mas todo no fue más que un espejismo. Lo peor: un espejismo que ellos mismos labraron, una burbuja que inflaron sin pensar que el aire se les acabaría y que se les venía encima una tormenta que los pincharía esféricamente. Buena parte de la sociedad española dilapidó lo que había, y se entregó sin freno al consumo. Cayó en la tentación de la propiedad privada y muchos se hicieron de pisos (departamentos) merced a hipotecas que según esto podrían ir pagando sin dificultades excesivas. Buenos para recibir turistas, cayeron ellos mismos en esa misma tentación moderna que en mucho consiste en echar a perder el tiempo libre entregándose al placer y el descanso más extenuantes y vacíos. Se los encontraba uno lo mismo en el centro del maltratado df que en San José de Costa Rica, y cuentan que Bali al igual que en Las Vegas o Nueva York. En plazas y calles de las ciudades principales de su país hallaron sitio, los más jóvenes, para cumplir devotamente con los que se conoce como “el botellón”, que no es más que una borrachera tumultuaria (lo que tal vez hable de las libertades ganadas tanto como de la inteligencia con que se las gastan). España a la vez cuenta entre los primeros lugares del ranking del consumo de cocaína en el mundo. El empleo, durante aquellos años recientes, no sufría mermas alarmantes ni mucho menos. Ahora ven todos el peligro de que termine, por una larga temporada al menos, aquel bienestar. Los españoles, como tantos otros en el mundo (los mexicanos no hemos sido excepción), gastaron más de lo que tenían. Se sobregiraron. Y ahora también han hecho nacer a “los indignados”, a los que no les falta razón por una buena parte pero que muy probablemente actúen de mala fe por otra. La buena parte: no es posible que sean los financieros los dueños del mundo; éste no puede ser un mundo de ejecutivos, señoritos o señorones, mujeres elegantes o muy trabajadoras, mientras en las fábricas y los talleres de maquila se hacinan los trabajadores (muchas veces de naciones distintas a las de los grandes dueños de los grandes capitales) por salarios ínfimos, cuando los trabajadores tienen trabajo (muchas veces no lo tienen). La mala fe: entre “los indignados”, los sinceros, los leales de veras a las causas justas, abundan los que ven angostarse las posibilidades del engaño, la holganza o el mero reventón sin consecuencias.
Las sociedades actuales de Occidente parecen vivir entre el miedo y la búsqueda del consumo (el placer como mercancía). Inclusive, el mismo consumo puede servir como un medio para mitigar o poner de lado los temores. Anhelan estas sociedades seguridad y prosperidad. Esto es lo que sabe todo político por principio. Si quiere ser el vencedor de unas elecciones ha de ingeniárselas para hacer creíble su oferta de alejar todos los miedos y de acercar la mayor cantidad de satisfactores. Resulta lógico. Pero Bauman, buen ojo, encuentra un elemento que queda fuera de aquellos planteamientos, y que debería estar en su mero corazón (en el corazón por los demás de todos los auténticamente indignados): la desigualdad, que es la fórmula sintética con que puede resumirse el gran tema de nuestro tiempo: el respeto a los derechos humanos. La desigualdad existe en todas estas sociedades, al lado de los que cumplen los rituales de los “botellones”, de los que hacen chapuzas de todo tipo, de los políticos y de los financieros de grandes mansiones y fortunas incontables (¡y qué increíble e insoportablemente siguen siendo puestos en la escena pública como motivo de admiración e inclusive de orgullo nacional!). La desigualdad sitúa al lado a millones de seres humanos, desplazados, puestos al margen. Están, observa Bauman, fuera de la estructura comprendida por clases, entre las cuales hay movilidad social, la cual asegura la supervivencia misma del sistema. Marginales, estos millones de seres humanos son los receptores infaltables de los daños colaterales de las búsquedas y encuentros del bienestar en los países fuertes (aun cuando estos tengan que padecer quebrantos íntimos).
El mercado, el comercio, la política: la globalidad. Nada puede verse ahora si nos alejamos del gran Ojo que todo lo abarca. Para eso los seres humanos han alcanzado progresos insospechados y han inventado maquinarias que acabaron sepultando la ciencia ficción. Bauman profundiza en este cielo intrincado y lleno de sombras. Lo hace con inteligencia notable, con elegancia y pasión crítica. En el fondo de sus coordenadas subyace, explícitamente aun cuando no haya sido desarrollado en el libro, un asunto de veras cardinal: el de la ética. Si el Estado de bienestar, ahora en crisis, ha asegurado durante un tiempo un mínimo de garantías para menguar los riesgos, ahora, en tiempos distintos ya, es necesario replantear esta geometría. Son los seres humanos los que tienen que hallar vías de auténtica comunión, por encima de los Estados, para hacerlos auténticos y para que haya verdadero bienestar.
Zygmunt Bauman, Daños colaterales / Desigualdades sociales en la era global. Traducción de Lilia Mosconi. Fondo de Cultura Económica
(Sección de Obras de Sociología), Argentina, 2011, 233 pp.
