Partidocracia desacreditada

Manuel Espino

México vive circunstancias políticas extraordinarias. En este proceso electoral se está pasando la factura por un sexenio plagado de escándalos. Diversos procesos políticos de los últimos años han venido a  desembocar en un desprestigio generalizado de los partidos que hoy provoca una apatía y un desencanto ciudadanos extremadamente preocupantes.

Por ello, y después de celebrar diálogos en todas las regiones del país con líderes políticos, muchos de ellos pertenecientes al movimiento nacional Volver a Empezar, he llegado a una clara conclusión: en este primero de julio, primero deberá estar México, después los partidos.

La nación no puede seguir acompañando, esperando, cargando, a la partidocracia, hoy trágicamente desacreditada.

Ya ha quedado demostrado hasta el cansancio que los intereses nacionales y los intereses de los grupos de poder avanzan por caminos que no se cruzarán en el corto ni en el mediano plazos. Es hora de que la ciudadanía tome decisiones ya no siguiendo impulsos partidistas, sino patrióticos.

Participar como individuo

En términos prácticos, este escenario político presenta a los ciudadanos una sola opción: votar por las personas, no por los partidos. En todos ellos hay gente valiosa y digna, capaz de servir a la patria con sus acciones particulares, aun formando parte de instituciones que en lo general le salen debiendo a México.

Votar por candidatos y no por partidos implica más capacidad participativa, más atención y más compromiso por parte del ciudadano. No se trata de actuar con fe ciega, como inspirado por una creencia religiosa o como cuando alguien “le va” a un equipo de fútbol. Por más simpatías que se tengan con una institución política, involucrarse responsablemente en la jornada electoral demanda un discernimiento individual y una profunda reflexión.

En este proceso, resultará imperativo sopesar uno a uno los perfiles de los candidatos, hacer una labor de investigación que vaya más allá de la superficialidad de los spots y los pendones, analizar con un sano escepticismo la trayectoria de todos los abanderados.

Si del análisis surge un candidato del partido de nuestra preferencia, pues qué mejor. Pero en caso contrario, nuestro deber cívico es poner por delante del interés personal el supremo bienestar nacional.

Invito a todos los lectores de esta columna a hacer ese análisis de cada uno de los candidatos a puestos a elección popular por los que tendrán posibilidad de votar este primero de julio. Ciertamente se trata de una actividad compleja y que consume tiempo, pero sólo así podemos afirmar con orgullo que tenemos un genuino ánimo republicano.

Al final del proceso electoral, si hay que seguir órdenes sólo serán las de la propia conciencia. Asumir esa actitud responsable nos brindará una gran satisfacción cívica, pues demostraremos que hasta en el poderoso y sencillo acto de votar se puede mostrar visión de Estado.

 

 

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