Luis Terán

El material de inspiración, la historia parte de un hecho vivo y no de un hecho vivido, por eso es que una novela de Charles Dickens nos dice tanto del Londres de su época. (…) Las mejores novelas son las que crean un espacio y un tiempo. Al imaginar el pasado lo conviertes en presente virtual. (…) Hay otros espacios cuya vida nace en un acto de ficción y se vuelven realidades documentales.

Susan Sontag

 

Me imagino a la inteligente, culta y luminosa escritora norteamericana Susan Sontag en pleno vuelo de reflexión acomodada en el asiento trasero de un taxi típicamente inglés, arrebujada en un abrigo negro de lana gruesa, mientras atraviesa un Londres literario, es decir lluvioso, nublado, espléndidamente gris, al tiempo que observa deambular a la gente en la calle con sus gabardinas color crema y sus paraguas azules, amarillos, verdes, sonríe y descarta la idea que todos parecen espías de la guerra fría; le molesta la lentitud para avanzar de los vehículos, es la hora de más tránsito, en particular los contrastantes autobuses de color rojo de dos pisos que obstaculizan con su enorme tamaño y pesadez el fluido natural de los automóviles. Ante la inminente llegada de la oscuridad, los anuncios gigantes comienzan a encenderse y a brillar intensamente y, aunque, podría decirse que no es de noche resplandecen furiosamente en plena tarde: Londres, piensa la Sontag, ella desechó ir al 393 Commercial Road de Landport, una división de Portsea, luego Porstmouth, lugar en donde nació Charles Dickens el 7 de febrero de 1812, hace doscientos años, actualmente es un museo en donde esta notable ensayista no cree poder encontrar algo revelador, algo que realmente le interese; está muy lejos de la ciudad que puede afirmar vio Dickens: un lugar insalubre, gente sucia, manchada del hollín que cae del cielo, proviene del humo de las fábricas, plena revolución industrial, coches de caballos que cruzan las calles cubiertas de tierra, lodo y suciedad. Como lo señala Harold Bloom, “Todo pasa en la obra de Dickens, en la que las coincidencias son la ley de la vida; mejor: no hay coincidencias en Dickens, así como no hay accidentes en Freud.” Y añade el eminente crítico literario: “Después de Shakespeare y de Chaucer, Dickens, junto con Jane Austen, es el gran poblador del mundo. Y qué bueno que tantos de sus personajes sean grotescos: habría que mirar a nuestro alrededor.”

La Sontag dirige su mirada mucho más allá de la lluvia, de los edificios de piedras macizas, de la gente: ya no únicamente se ven ingleses como antaño, ahora la diversidad de etnias ocupa las calles. Alguna vez escribí, piensa la ensayista, fue en el libro Sobre la fotografía , en el ensayo “En la caverna platónica”, de que podemos apresar el mundo entero en nuestras cabezas, creo que ésa era la sensación que tenía Dickens cuando escribía, cuando estaba por concluir un texto, cuando abandonaba la escritura un momento, cuando le iba dando forma en el papel, es decir cuando salía del trance de escribir, sentía que nunca alcanzaría esa plenitud, jamás tendría la capacidad de aprehender esa visión completa, estoy segura que Virginia Woolf lo intentó en Las horas,sólo para comprender mientras lo demostraba, que no hay una visión totalizadora en literatura. Hay escrutadores de la vida como Charles Dickens que lo ensayan a sabiendas de su fracaso.

En la mente profundamente adiestrada de Susan Sontag, desfila la enorme obra novelística de Dickens, la interminable galería de personajes parecen expresivamente inagotables. De pronto Sontag piensa En Balzac y sus noventa novelas que conforman la muy bien llamada, “Comedia humana”. Henry James, el gran novelista norteamericano y un crítico literario de primer orden dice que “Balzac poseía el arte de la representación completa” (…) “y la gloria de Balzac consiste en que él fue el que más y mejor logró hacer creer que la novela no era una forma de escritura demasiado difícil”.  Dickens publicaba sus novelas por entregas, como el propio James, Balzac y muchos escritores de su época y lograba crear una tensión dramática entre los lectores porque esperaban con verdadera expectación la edición del siguiente capítulo de la saga en cuestión.  También Dickens leía en público y conseguía tener auditorios colmados de espectadores realmente interesados en sus libros. Conoció plenamente las calles londinenses, se adentró en la espesa niebla y vio lo que pasaba en su interior, se empapó de la abyección social dominante en los estratos más bajos. Observó a niños hambrientos, familias famélicas, humor grueso, injusticia, una Inglaterra de contrastes: violencia, crímenes, festividades, carcajadas en medio de mendigos. Prolífico como Balzac, como Benito Pérez Galdós, Dickens resaltó los contrapuntos de la sociedad en una era en la que la clase media británica no quería ver lo que estaba frente a sus ojos: una pobreza extrema, el parloteo en “cockney”, una suerte de habla popular derivada del inglés, un lastimoso imperio que declinaba hasta el más profundo abismo. Dickens ofrece una visión del mundo de las élites adineradas en un país aparte de la Inglaterra plagada de seres marginales, hundidos en la más inmunda de las miserias.

La veo seguir en el taxi perdiéndose en la noche de Londres. No sé adónde se dirige Susan Sontag, con tanta seguridad. Tal vez va a una presentación, a una lectura. Supongo que no le es posible citar todos los títulos de la monumental obra literaria de Charles Dickens. Aventuró que Oliver Twist, le parece formidable por su descripción londinense y sus personajes tan vivos y vibrantes. Grandes esperanzas. Dickens se las ingenia para ofrecernos, en principio, una visión gótica  en una trama que desvela su misterio en un revés romántico que abarca años de penurias e ilusiones que se materializan de manera diferente a los esperados. La tienda de antigüedades, La pequeña Dorrit, David Copperfield y la grandiosa, magistral, impresionante, Casa desolada, un portento de complejas relaciones sociales entre personajes que viven situaciones que parecen predestinadas y como en los augurios de las espantosas brujas de Macbeth, los vaticinios se hacen realidades despiadadas.

En esta era de informática, de viajes en sondas fabricadas por el hombre que envían señales más allá del sistema solar, de guerras que mediáticamente se exhiben como luchas por la democracia y que ocultan poco su verdadero sentido económico, Dickens se pasea libremente por el tiempo, junto a la Sontag, con sus personajes y sus reflexiones donde sus obras se comparten como lo fueron desde sus inicios: como verdaderamente imperecederos.

JULIO ALEJANDRO Y DICKENS

En los inicios de las telenovelas en México, circa 1960 (la primera de este género se transmitió en 1958), el escritor español Julio Alejandro, autor de docenas de melodramas escritos ex profeso para el lucimiento de varias de las más célebres estrellas del cine mexicano: María Félix, Dolores del Río, Libertad Lamarque, Irasema Dilián, además de guionista de cabecera y amigo del celebérrimo, Luis Buñuel, a quien le escribió Viridiana, asunto original, y le adaptó, Tristana, a partir de la novela de Benito Pérez Galdós, interpretadas por Silvia Pinal y Catherine Denueve, respectivamente, fue también un muy querido amigo mío. Julito, como le decíamos, era un hombre muy informado y gustaba de leer, escribir, decorar, visitar la Lagunilla, a veces con la propia Doña, María Félix, para hacerse de objetos con los anticuarios.

Le fascinaba Dickens y Ernesto Alonso que ya tenía un equipo de trabajo para elaborar telenovelas, le produjo en sesenta capítulos, adaptados y dirigidos por el propio Julio Alejandro de Castro, Grandes Esperanzas, de Charles Dickens. La anciana señorita Havisham, dueña de la enorme mansión (ambientada para la época victoriana por el propio Julio Alejandro) y esclavizada por su amargura y por su rencor en una reclusión forzada, fue magníficamente  personificada por Anita Blanch.  El jovencito huérfano Pip, protagonista de la historia, era Héctor Gómez, quien hizo una creación muy particular del personaje; Jacqueline Andere interpretó a la veleidosa Estela, la sobrina de la viejecilla Havisham: modelo a escala de su tía, se dedicará a vengarse de los hombres, expiando, sin saber el daño que le hicieron a la tía al ser plantada en el altar el día de su boda. Estela será infeliz toda su vida por no tener una identidad propia, por no permitirse amar a Pip. Julio Alejandro realizó una notable adaptación de la novela de Dickens en capítulos de media hora; dirigió con mano maestra el relato, consiguió de sus actores un trabajo relevante, así como una excelente producción de parte de Ernesto Alonso.