Jaír Cortés

El camino poético es el camino de la revelación: en él se encuentra la trascendencia y el enigma de todo aquello que tiene un lugar en el universo. La afirmación anterior la afianza mi lectura del libro Deletreo del mundo del poeta Mario calderón quien, a lo largo de décadas de escritura y enseñanza, ha dedicado su vida al acto poético. Deletreo del mundo es una confirmación de una necesidad de luz, de encontrar en el poema más que una vía un estado propicio para el conocimiento. El epígrafe de Galileo que sirve a manera de puerta en este libro aclara las intenciones de Calderón al señalar que “Se escribe un gran libro que tenemos ante nuestros ojos —me refiero al Universo— pero no podemos comprenderlo si no aprendemos antes el lenguaje y entendemos los símbolos con los que está escrito”. De aquí se desprende la fuerza de Deletreo del mundo: la contemplación, la capacidad de observar e intuir el complejo funcionamiento de los seres y las cosas que son, a su vez, partes esenciales de otro ser mayor, de ese Universo que ya ha sido mencionado. Lo cotidiano muestra su relevancia, como en el poema “Medio día”: “El medio día/ Brilla/ En la playa/ Y se perpetúa/ En el júbilo/ De bañistas”. Pero la sensibilidad poética que posee Mario Calderón no se limita a contemplar y retratar el mundo, sino que va más allá, acude a los sucesos como a un nacimiento que se da a través de la palabra y que se habrá de repetir con cada lectura que hacemos de los versos, como ejemplo el maravilloso poema “Otoño”: “En follaje de su madre/ Pelo y dientes/ Aparece el niño elote”. Cercano al haikú, Mario Calderón apuesta, en muchos momentos de este libro, por la brevedad, por la concreción, por el poema portátil que se fija rápidamente en la memoria y que despliega su intensidad como una mariposa que abre las alas para asombrarnos bajo la luz del día.

Por otra parte, Deletreo del mundo, libro que se dividió en cinco secciones, llamadas aristas por el propio poeta, busca también desentrañar los misterios de la relación que existe entre la historia del hombre y su más preciado tesoro: el lenguaje, la palabra que enuncia y decreta. Así, por ejemplo, en el poema “Colon-Izar”, Calderón nos dice: “Por ímpetu del des-tino/ Del puerto de falos/ Partió Cristóbal Colón/
—paloma que lleva a Cristo—/ A inseminar América./ Y un trece de agosto/ Día de Diana Diosa/ De la fertilidad/ Fue forzada Tenochtitlan/ Y parió una nueva raza”.

Mario Calderón abreva de diversas fuentes, de la ciencia, de la historia, de la literatura; busca, indaga en todos los caminos para comprender su mundo, para, más que leerlo, deletrearlo, como en el poema “…Y el hombre atrapó la luz”: “Tomás, gemelo, arameo./ Alva, luz, lengua latina./ Y en germánico,/ Edison, tesoro guardado.// Se guardó la luz melliza/ En la lámpara eléctrica”.
Así, en Deletreo del mundo, más que encontrar una explicación, encontramos hilos de luz que componen el misterio mayor de la vida y el sentido que a ésta le damos.

Mario Calderón, Deletreo del mundo. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Colección Alejandro Meneses), México, 2011.