Josu Landa

 Efraín Huerta falleció hace 30 años y el motivo es propicio para recordarlo una vez más y volver a ponderar su obra; en especial, su labor poética.

No he sido un estudioso sistemático de la obra del gran poeta de Silao, razón por la que no pretendo sentar cátedra sobre ella. No soy una autoridad en ninguna de las materias en las que descolló la creatividad del célebre ‘cocodrilo poeta’. Puedo ufanarme, no obstante, de haber mantenido una relación bastante intensa con parte de su poesía, en cierto momento ya lejano de mi vida.

Si mi memoria no me despista, debo al excelente poeta venezolano Ramón Ordaz las primeras noticias sobre Efraín Huerta.

Mi consagración a la poesía empezó a afirmarse hacia finales de los años setenta del siglo pasado. Luego de haber sufrido diez años de franquismo y de haber ofrendado buena parte de mi juventud al activismo político-estudiantil, tras mi regreso a Venezuela, no son de extrañar mis afinidades con todo lo que sonara a escritura rebelde y contestataria. Cada vez que dirijo la mirada hacia aquellos tiempos, concluyo que no existía otra opción digna que no fuera el enfrentamiento activo contra un orden cimentado en la opresión, el entreguismo, la miseria moral y la mediocridad intelectual. Ahora, desapruebo muchos de los medios empleados en ese empeño, pero confirmo la justeza de nuestros ideales, eso que sigo considerando una hermosa utopía.

Durante la década de los setenta, Venezuela seguía siendo una de las más calientes trincheras de la Guerra Fría. A lo largo de esos años, en mi país de origen, continuaron las iniquidades derivadas de ese perverso conflicto mundial, durante el decenio anterior; es decir, se siguieron dando las crueldades y la destructividad ocasionadas por la confrontación política violenta a que dieron cauce, principalmente, el Pacto de Punto Fijo[1] y la Revolución Cubana. Diversos teatros de operaciones político-militares, a lo largo de América Latina, contribuyeron a esa situación. Hablo de los tiempos en que subía una marea de anhelo y vindicación, tras las inmolaciones sacrificiales del Che y sus exiguas fuerzas en Bolivia, el 68 mexicano, el brutal derrocamiento de Allende y la hecatombe popular chilena. Hablo de aquellos días aciagos, cuando el Departamento de Estado norteamericano reavivaba su tradicional hegemonismo, prohijando las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay, al tiempo que empleaba los ejércitos que había fraguado a la medida de sus conveniencias en Colombia, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y otras ‘repúblicas bananeras’, en la aplicación de las más abyectas tácticas de guerra, en desmedro de vastos segmentos de los pueblos de tales países.

En un entorno político, social e ideológico de las características sumariamente señaladas, una poesía como la Efraín Huerta tenía ampliamente asegurada la simpatía de quienes, como el que ahora hace estas confesiones, sintieron el llamado de la poesía como vía de realización humana.

También recuerdo, vagamente, que una de las huellas de mi único encuentro personal con el renombrado poeta venezolano Víctor Valera Mora, un día de 1979 en el que tuvo la deferencia de visitarnos en el taller de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, fueron tres o cuatro detalles relacionados con Efraín Huerta. Otro puente hacia la poesía de éste fue la provocadora tematización de la gran urbe moderna por parte de otro relevante poeta venezolano, Juan Calzadilla, en su poemario Oh smog (1977), aparte de Esta ciudad mi sangre, del ya referido Ramón Ordaz.

Por supuesto, debo tener en cuenta igualmente la lectura directa de algunos poemas sueltos de Huerta. Me resulta muy difícil recordar si venían en las páginas de Zona Franca, la revista de Juan Liscano, en alguna antología de alcances internacionales, en Imagen (una de las publicaciones de culturales del Estado venezolano), en el influyente Papel Literario (suplemento del diario El Nacional), dirigido por Luis Alberto Crespo…

De este viaje penoso y agridulce a tiempos pretéritos, extraigo con meridiana nitidez lo que nos atraía de Efraín Huerta: un poderoso espíritu de vanguardia; una idea del compromiso poético-político compatible con un auténtico estro y con una impugnación palmaria del “realismo socialista”; la reformulación parcial de los motivos y lugares comunes de las vanguardias del primer tercio del siglo XX, de lo que deriva una singular ‘lírica de la ciudad’, en gran medida y por diversas vías, deudora de Las flores del mal, de Baudelaire.

Los apuntes donde registro jirones de mi vida en 1983 —comenzados a escasos meses de mi llegada a México, en noviembre de 1982— me ayudan a aclarar la memoria y ahora puedo recordar con bastante precisión mi encuentro con Los hombres del alba, en su ya para entonces provecta primera edición de 1944. Di con un ejemplar en la Biblioteca Central de nuestra universidad y durante varios días disfruté morosamente y aprendí mucho de lo que diputo la mejor poesía de Efraín Huerta.

Quiere decir que mi primera incursión amplia y profunda en ese libro capital de Efraín Huerta se cumplió casi 40 años después de su primera aparición. Mis impresiones de entonces y mis evocaciones de ahora ponen ante mí una poesía muy vital, resistente al tiempo. Desde luego, a comienzos de los ochenta me parecía estar ante una lírica-épica del todo vigente. Con frecuencia se toma como una supuesta anomalía histórica la irrupción, en diversos puntos de América Latina, de iniciativas y movimientos vanguardistas, en épocas tan lejanas del meridiano europeo como la década de los cuarenta del siglo pasado; no se diga momentos tan cercanos a nuestro tiempo, como el decenio de los ochenta. Contra esa tendencia, en general dominante, a considerar hitos rígidos que marcarían presuntas vanguardias poéticas genuinas, propugno la idea de un ‘espíritu de vanguardia’ transtemporal, aunque modulado por las determinaciones de la historia. No me canso de invocar lo que asienta nada menos que el gran antiguo, Horacio, en su insoslayable Carta a los pisones: “…pintores y poetas tuvieron siempre el justo poder de atreverse a cualquier cosa”.[2] No es descabellado señalar un avatar del eurocentrismo en el afán de fijar en la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX el momento de las ‘auténticas’ vanguardias artísticas; lo que, en consecuencia, exige colegir que las manifestaciones ulteriores del referido espíritu de vanguardia deben ser vistas como excrecencias extemporáneas. Así que cuando, al despuntar del antepenúltimo decenio de la centuria pasada, copiaba en una desvencijada libreta: “Estar vilmente atado por absurdas cadenas / y escuchar con el viento los penetrantes gritos / que brotan del océano: / agonizantes pájaros cayendo en la cubierta / de los barcos oscuros y eternamente bellos, / o sobre largas playas ensordecidas, ciegas / de tanta fina espuma como miles de orquídeas. / Porque ¡qué alto mar, sucio y maravilloso! / Hay olas como árboles difuntos, / hay una rara calma y una fresca dulzura, / hay horas grises, blancas y amarillas”, me dejaba llevar por una voz clara y en toda la sazón de su potencia, blindada a las corrosiones del tiempo y ufana de la modernidad contestataria de que hacen gala poemas como el tremendo “Declaración de odio”, al que se adscribe ese manojo de versos. Los ecos de acedía rimbaudiana o los visos de simbolismo y surrealismo, por caso, de un verso como “las tibias lágrimas de los relojes”, sito igualmente en “Declaración de amor”, evidencian no sólo la efectividad, sino también la honradez con que Efraín Huerta asumió el espíritu de vanguardia como acicate y salvoconducto estético de una expresión radical, renuente a las concesiones ante las almas mediocres, reacio a la dicción autocastrante de lo política y moralmente correcto.

Pude confirmar, con la referida lectura de Los hombres del alba, la razón por la que Efraín Huerta se había convertido en una referencia primordial de la izquierda poética Latinoamérica. Con un oficio que nada habría de envidiar, por ejemplo, al de Neruda o al del Octavio Paz de La estación violenta —libro muy posterior al de Huerta— enderezaba su singular espíritu de vanguardia hacia una lírica comprometida, tanto con las novedades del tiempo histórico como con la impugnación contra todas las formas de la injusticia y con lo más raigalmente —por ello mismo, ‘eternamente’— humano: el amor, la mujer, el gozo de vivir… Tiene que estar muerto, quien no sienta el impacto, por caso, de estas líneas de “Declaración de amor”: “Pienso en ella, ciudad, / y en el futuro nuestro: / en el hijo, en la espiga, / o al menos, en el grano de trigo / que será también tuyo, / porque es de tu sangre, / de tus rumores, / de tu ancho corazón de piedra y aire, / de nuestros fríos o tibios, / o quemantes y helados pensamientos, / humildades y orgullo, mi ciudad, / mi gran ciudad de México…” Esa absolutización de la polis, como fondo de un ímpetu genésico —por ello, vigorosamente erótico— interesa el corazón del lector sensible, en tanto que expresa una política cósmica, mucho más vital que la política cotidiana, en la medida en que le da cabida al amor e introduce en ella, de soslayo, incluso sin quererlo a conciencia, lo que el poeta define como “la piedad que no tenemos”, al final de “Declaración de amor”.

Por ventura, Efraín Huerta antepuso su autonomía de poeta indómito, su libertad de criterio, a los imperativos de una política estética antihumana por antinatural, como la del realismo socialista. Lo hizo sin renunciar a su profesión comunista y sin caer en el panfletarismo siempre ramplón, con lo que se sumó a los maestros de la poesía comprometida y militante de los tiempos de la Guerra Fría, en América Latina. La teoría y la práctica del compromiso artístico-político, en el caso de Efraín Huerta, parecía conglobar, crítica y creativamente, a Paul Èluard, César Vallejo, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Louis Aragon, el Octavio Paz previo al 68 y Jean-Paul Sartre. Da la impresión de que nuestro poeta procuró conjugar la militancia comunista con el engagement existencialista. Ello implicó una audaz ampliación ‘humanizante’ de los motivos típicos de la poesía de tonalidad marxista, como por ejemplo el del ‘sujeto histórico’. Al menos en Los hombres del alba, son los condenados y condenadas de la tierra quienes habitan la palabra poética, más allá de agentes político-sociales como el proletario, el miliciano, el guerrillero y afines. Basta con detener la mirada en poemas como “La muchacha ebria” o con observar quiénes son esos “hombres del alba”, para comprobarlo: los “caídos de sueño y esperanzas”, los que “hablan del día… que nos les pertenece [y en el que] son más esclavos”, los que “aman la noche y sus lecciones escalofriantes”, aquellos que, finalmente, son “los más puros”, acaso porque son ellos mismos “pedazos de alba”.

No es éste el lugar para ofrecer una exégesis sistemática de la poesía de Efraín Huerta. Debo conformarme con la muy personal noticia de mi discontinua pero importante relación con parte sustancial de la gran poesía que supo forjar. En todo caso, hago votos por que el trigésimo aniversario de su partida a los más luminosos parajes del Alba estimulen una nueva oleada en la recepción de su obra, un nuevo festín poético que fructifique en una reinserción de sus composiciones más relevantes en nuestro tiempo.

Ciudad de México, marzo de 2012.



[1] Acuerdo político suscrito, en 1958, por los partidos Acción Democrática, Copei y Unión Republicana Democrática. Más allá de sus contenidos formales, el convenio en cuestión dio sustento a un sistema de hegemonía compartida —tutelado por Estados Unidos— cuyo propósito central consistió en la exclusión y el combate frontal contra el Partido Comunista de Venezuela y toda fuerza o proyecto de izquierda.

[2] Quinto Horacio Flaco, “Epístola a los pisones”, en Aníbal González (ed.), Artes poéticas, Madrid, Taurus, 1987, p. 3 [“Pictoribus atque poetis quidlibet audendi semper fuit aequa potestas.”]