Carmen Gómez del Campo H.

 ¿Cómo inscribir al arte y la cultura en el proyecto de una república amorosa?, ¿cuál sería su papel en la reconstrucción de nuestro país?, ¿qué pueden hacer ellos ante el deterioro social, político, económico en que estamos inmersos? No es la primera vez que como sociedad miramos hacia el arte y la cultura, buscando en ellos un camino que nos permita recuperarnos y expresarnos en nuestra condición de ciudadanos pensantes y, sensibles. En una nación como la nuestra, de larga y rica historia en el terreno de la creación, particularmente dentro de lo que hoy llamamos artes visuales, el arte ha tenido un papel de suma relevancia en la construcción y reconstrucción de la trama social. Recordemos cómo en los años veinte, José Vasconcelos, en su condición de Secretario de Educación, echó a andar las llamadas “misiones culturales”. Con evocaciones redentoras, Vasconcelos convocó a escritores y a artistas plásticos, los más activos, los más apasionados, a desplazarse a lo largo y ancho del centro y sureste mexicano, para llevar consigo sus conocimientos y pasiones, las propias y las universales (recuérdese la vasta edición de texto de la literatura y filosofía universal) y enseñarlas pero también aprender, de los abandonados por el poder y alejados de los centros culturales, pero reconocidos como los ancestrales y cotidianos creadores de artes y saberes, quienes, a pesar del abandono y el silencio sufrido durante siglos, custodiaban en el diario quehacer y en la memoria, sus tradiciones inmemoriales. Fueron las misiones culturales un proyecto generoso y ambicioso. Gracias a este andar por el centro y sur del país, maestros misioneros  y alumnos pudieron conocer e intercambiar labores, oficios, saberes y artes;  en torno a un trabajo que los colocaba entre iguales, capaces todos de ser creadores de una obra monumental o artesanal, en todo caso, recomponiendo y recreando su entorno inmediato unos y, otros, reconstruyendo un país.

Por esos años se reconocía y apreciaba a la cultura y a las artes como la vía regia través de la cual los ciudadanos podrían reconocerse como tales: activos e incluidos desde sus propias comunidades y quehaceres, en la reconstrucción del país. En sus manos estaba la posibilidad de ser actores de los cambios que el movimiento revolucionario había suscitado. Como si éste, a la manera de un terremoto, hubiera levantado capas de nuestra historia que estaban ahí pero ocultadas por el olvido y la desmemoria o el desdén y el desprecio. Esas capas reveladas y apreciadas por los artistas e intelectuales de la época, mostraban una historia trazada por creaciones estéticas sobre la cual se podría construir, legitimar y sostener la recreación de una nueva sociedad incluyente e igualitaria. Fueron los artistas plásticos y también los escritores, quienes se pusieron a la vanguardia de esta tarea. Los primeros con su paleta, cincel, pincel y brocha, comenzaron a recuperar lo que hasta el momento la historia oficial había dejado envuelto en el olvido y en el silencio. Ellos con su plasticidad, voltearon a mirar al pasado y lo pintaron como glorioso. Con sus oficios, recuperaron y restauraron las artes  de los originarios de estas tierras. La cerámica, la escultura, la cestería o el tejido fueron de nuevo mirados y valorados como expresiones artísticas que nos han acompañando a lo largo de los tiempos. Porque sabemos, y ellos también lo supieron, que en el arte los tiempos se precipitan y a través de él, podemos anticipar el porvenir, pero también recrear el pasado y forjar el presente; darle forma, consistencia, legitimación, que cumpla también un papel de transmisor donde las nuevas subjetividades van adquiriendo sentido. Esos creadores, sensibles y cercanos a las imágenes, conocedores de la afinidad de los habitantes de nuestras tierras a las formas más que a las ideas, entendieron que para poder decir algo acerca de algo, primero había que darlo a la mirada y al tacto. Quizá de ahí es que surgieron por aquellos años una multiplicidad de proyectos de educación artística orientados por una vocación incluyente, participativa y bajo la convicción de que en las manos de todos, estaba construir lo que concebían debía ser una nueva sociedad. En torno al arte, entendido como una experiencia estética cotidiana, orientaron su trabajo principalmente en el centro de la nación. Escuelas Nocturnas para Trabajadores, Centros Populares de Pintura,  Talleres de gráfica y grabado, así como movimientos artísticos tales como los treinta-treintistas, tuvieron auge en los años veinte y treinta en el corazón de los barrios populares. Dentro de ellos fueron acogidos todos los géneros artísticos, la danza, el teatro, el grabado, la pintura, la música. Se trataba de hacer de la creación  una experiencia cotidiana forjada desde el proceso mismo de elaboración, bajo un trabajo colectivo en espacios y tiempos incluyentes, ejecutando proyectos plurales, cuyos productos, pudiera llevarse a casa y formar parte de la vida diaria. En pocas palabras, buscaron colocar el arte a la mano de todos y convertirlo en el traductor y mediador de la diversidad cultural, social y, hasta económica y política. Fue así que las producciones gestadas en todos estos centros salieran a la calle y se mostraran en recintos profanos: circos, carpas, viejas edificaciones. Todo tuvo cabida, desde un elefante, una puesta en escena o una coreografía, hasta un pequeño grabado, tejido o cerámica.

En su momento, todos estos proyectos contaron con el apoyo económico de los gobiernos de la posrevolución urgidos de legitimidad frente al mundo. Pero quizás en este mismo apoyo residía ya, el germen de su descomposición. A medida que los gobiernos afianzaron su poder y dominio, el arte dejó de serles útil en su papel de “articulador orgánico”, por recuperar la noción gramsciana, y finalmente estos proyectos quedaron en el desinterés y en el abandono presupuestal. Algunos rastros de lo que quedó de ellos,  pudimos verlos en los pequeños teatros y talleres artísticos dentro del Seguro Social. No obstante, los dos últimos gobiernos panistas han sido la expresión más acabada de un proyecto en contra de la cultura que ha intentado borrar la breve historia que hemos esbozado desde la postrevolución. Sin embargo, hoy podemos recuperar de aquellas experiencias su aliento y vocación: la participación incluyente y plural, ya sea como creador o espectador, en el espacio de la experiencia artística, lugar donde todos podemos encontrarnos en condición de iguales.

Reconocemos que las expresiones artísticas anticipan, aun antes que la racionalidad política o filosófica, aquello que se va gestando en la sociedad. De algún modo, el artista, envuelto en la atmósfera de su tiempo, se confronta a la labor de hacer visible y tangible, lo que para la mayoría permanece oculto, y no por ello deja de impactar y hasta troquelar la vida diaria. Los artistas traducen, dan voz, palabra, luminosidad, forma y figura, a las fuerzas que se agitan en nuestro entorno. En el arduo trabajo que supone la creación, dan sentido y significado a esas fuerzas, las vuelven legibles, entendibles para todos. Ante sus obras podemos reconocernos, conmovernos, indignarnos, sentirnos convocados a transformar nuestras formas de vida, porque en algún lugar sabemos que eso que ellos construyen en el performance, en la instalación, en la partitura, en la escultura, en el grafitti, expresa y habla por nosotros,  pues el artista, diremos con Foucault, sólo es el pretexto con el cual se topó la obra en su camino para mostrarse.

A la creación artística la podemos apreciar entonces, como el trabajo de construcción de puentes y pasajes a través de los cuales podemos  acercarnos unos y otros, porque ahí donde una obra se construye, por unas manos o por la de muchos, ella habrá de despertar nuestro tacto, vista, oído, olfato, provocando en quienes la percibimos una experiencia estética que nos abre a nuevos espacios, a inéditas maneras de estar con el otro, a formas nuevas de estar ante el tiempo, gracias a que esta vivencia puede ser compartida y estar al alcance de todos.

Podemos ver, por ejemplo, en el acto mismo del cultivo y recolección de alimentos y el arte de transformarlos y llevarlos a la mesa, una tradición, un acto de cultura, quizá el primero, en torno a la cual podemos reunirnos. Hoy vemos en los graffitis de la calle, expresiones colectivas, en las cuales alguien da el movimiento de apertura y otros le ponen fin. La expresión artística avasalla a quien la manifiesta pero también a quien la mira. Va más allá de voluntades o individuos, deviniendo en una manifestación colectiva, es decir, en una obra de todos. Y quizá esto es lo que hoy podemos apreciar en las creaciones contemporáneas, en muchos sentidos espontáneas y fugaces, por más que se les quiera encerrar en un museo o capturar en un video. Pensemos en las instalaciones, y pensemos en cómo ponen en juego la condición efímera de la creación, en otras palabras, su sustracción a la lógica del mercado y en cómo, en su hechura, están puestas las manos y la imaginación de muchos.

O bien en eso que hoy se conoce como arte relacional, para el cual la obra creada, si la hay, es secundaria y se supedita a la experiencia de vida compartida, a la creación y recreación de la memoria, a los lazos estéticos generados, formando de este modo, obras en vivo hechas de lazos humanos que se convierte a su vez, en archivo, albergues itinerantes de la memoria colectiva. De igual modo se encuentra el llamado ecoarte a través del cual se busca armonizar materiales  y temáticas de creación, restituyendo la dignidad al medio ambiente que nos rodea.

Creemos que sólo dentro de un proyecto de República incluyente, democrática y equitativa, pueden tener cabida y rango de imprescindibles, los quehaceres artísticos y culturales. Sólo dentro de un proyecto que conciba a todos sus actores en condición de igualdad participativa desde la diferencia, es decir, de lo que cada uno puede aportar. La experiencia estética asumida en su acepción más amplia donde el arte tiene un lugar subrogado, favorece y facilita, acerca y reúne las diferencias en condiciones de equidad. Vivimos bajo la atmósfera de la violencia y el miedo que engendran las fuerzas insensibles, no puedo llamarlas políticas, que la ejecutan. Nuestra vida diaria la tejemos hoy, desde el silencio y el anonadamiento. Es por ello que el arte de nuevo debe ahora rescatar a las palabras del sinsentido, transformar a lo informe de la violencia y del miedo, en formas y figuras legibles, entendibles, y con ello, por supuesto, transformables. Es decir, es el arte y su capacidad de adelantarse a los tiempos, el que nos permite entender las maneras  de estar los unos con los otros como experiencias estéticas, sensibles, en las que todos participamos sea de manera abierta y activa o bien, callada e inmóvil. A través de su ejercicio, sea como creadores, sea espectadores, podemos construir vínculos que transformen esas fuerzas que hasta ahora sólo impactan, en la energía por la cual se pueda la cual se pueda trastocar y transformar nuestro entorno inmediato y mediato.

Experiencias comunales recientes tenemos muchas, desde el trabajo en las comunidades zapatistas y el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, a las expresiones que dieron vida a las calles de Reforma y Madero durante la resistencia del 2006, las imágenes que dieron voz y guardan la memoria de la lucha magisterial en Oaxaca, o bien, la imponente y diversificada creación en defensa de los migrantes y las mujeres de Juárez realizadas en todos los confines de la nación.

El trabajo puede comenzar ya, desde la misma forma de hacer campaña, marcando una franca distancia y un corte radical con la publicidad y el mercadeo, y restituirle a esta labor de conciencia y convencimiento, en experiencias constructoras de lazos ciudadanos, a través de espacios de expresión plural y creación colectiva, que pueden ir desde instalaciones espontáneas o preparadas, la recuperación de la potencia creadora, propositiva, crítica y aun, ecológica del cartel, hasta el grafitti, el teatro de la calle, los conciertos o, las fiestas populares. Se trata pues, de involucrar a todos en nuestra condición de ciudadanos, desde la diversidad y la especificidad de cada uno, a la tarea que nos concierne y reúne por igual: construir una nación equitativa y democrática.