Mario Morales Castro

Como lo señalaba en mi artículo anterior, el narrador y poeta Mário de Sá-Carneiro (1890-1916) participó activamente, junto con Fernando Pessoa, en la divulgación del nuevo estilo, el modernismo portugués, a través de la revista Orpheu.

Además de sus poemas, ecos a veces punzantes de una existencia bohemia y solitaria, sus cartas dirigidas a Pessoa constituyen un documento humano excepcional. Puede decirse que éstas son el mejor retrato de esa generación que procura imponer, en un ambiente mediocre y académico, un lenguaje diferente. Por otro lado, por medio de ellas, el lector encuentra una imagen de París durante la Primera Guerra Mundial, vista por una mirada extranjera que siente el clima frío y trágico de esa época difícil.

Sin embargo, como artista, sus gestos son descritos por él mismo con el refinamiento de un introspectivo que se había acostumbrado a proyectarse en personajes que, de ese modo, son una especie de dobles de su alma (se puede decir que son formas embrionarias de los heterónimos de Pessoa). Entre esas figuras se destacan seres que, por su excesiva sensibilidad, son conducidos a la locura o situaciones límite, en escenarios extraños y que presentan una sexualidad perversa, a lo cual la crítica de la época reacciona con severidad.

La novela La confesión de Lucio (dada a conocer en México en la década pasada) es su más lograda obra en prosa. Con un tono que anuncia el expresionismo, nos cuenta un caso de desdoblamiento andrógino de una personalidad: Ricardo de Loureiro, quien puede poseer, a través de Marta, simultáneamente su mujer y su proyección, los hombres que desea. El drama surge porque el narrador, Lucio, amigo de Ricardo, se vuelve amante de Marta. Al darse cuenta de la extraña situación, Lucio trata de forzar a Ricardo a que le revele el secreto, pero éste le dispara a Marta. Lucio será preso porque el único cuerpo que aparece es el de Ricardo. El ambiente del texto, que transcurre en Lisboa, pero en París en su mayor parte, alcanza el clímax en la descripción de una fiesta orgiástica en casa de la “americana excéntrica” que radica en la capital francesa. Esa fiesta termina con la muerte de la bailarina desnuda que ejecuta un ritual y una macabra danza del fuego (¿antecedente del performance?). Interesantes son también las alusiones literarias hechas en la novela, principalmente al salvajismo, que constituye una visión previa de la poesía fonética del dadaísmo o de la escritura de los futuristas rusos.

La correspondencia de Sá-Carneiro dirigida a Pessoa, decíamos, se reviste de una fundamental importancia para el estudio de las relaciones literarias y de amistad entre los dos poetas. Se trata, de hecho, de un diálogo singular, que tan sólo se oye la voz de uno de los interlocutores. La desaparición de la gran mayoría de las cartas de Pessoa (quedaron tres y un borrador incompleto) nos deja una cierta sensación de vacío. Después del suicidio de Sá-Carneiro en un hotel de París, nadie se hizo cargo de sus documentos, por lo que éstos fueron destruidos. No obstante, esto no impide enterarse del diálogo. Por norma, Sá-Carneiro hace referencia, al principio de cada una de sus cartas, a la última misiva recibida del amigo o con frecuencia también transcribe pasajes de esa carta. Se tiene, de este modo, acceso no sólo a más de alguna de esa prosa pessoana perdida, sino también a su efecto en el destinatario. Fernando Pessoa está presente en la escritura de Mário de Sá-Carneiro y así el diálogo se consuma ante nuestra mirada. Éste último escribe en su mensaje del 10 de diciembre de 1912: “Sus cartas son para mí momentos de deliciosa conversación que yo aquí no puedo tener más que por escrito”.

Tanto Sá-Carneiro como Pessoa se consideran, desde el punto de vista epistolar, como informantes mutuos sobre los momentos y medios literarios en que se mueven. Desde París llega esa Europa que urge en Portugal, la Europa del cubismo, del futurismo, del nuevo teatro, de las vertiginosas bailarinas. De Lisboa van las noticias del estancamiento reinante, de las chispas que el choque entre los dos mundos provoca y que, en breve, va a incendiar la literatura y la cultura portuguesas.

Por otra parte, se puede afirmar que la correspondencia no sólo permite trazar el más fiel retrato de Sá-Carneiro, sino también seguirle los pasos casi diarios en París, participar de su ofuscamiento y autoflagelación, de su entusiasmo y decepciones, seguir su encaminada hacia el abismo, intuir su desesperación en el silencio de las entrelíneas o en los puntos de exclamación que señala en sus misivas.

Las cartas de París se transforman, muchas veces, en páginas de un diario íntimo que tienen, de forma extraña, un lector o un oyente privilegiado; no se limitan a contar las crónicas de falta de dinero, de gastos extraordinarios, el permanente conflicto interior, la incapacidad para vivir, la febril inconstancia, el desvarío. Al hacer de Pessoa ese espectador predilecto, exigen también del destinatario una coparticipación en el drama. Constituye una especie de estrategia fatal que Pessoa alimenta y de la cual también se nutre.

En Pessoa encuentra no sólo al amigo a quien se pide un favor, al hermano a quien se deja el patrimonio (literario) en testamento, sino a la figura materna, al regazo que desde siempre careció. Léanse, por ejemplo, sus palabras del 7 de enero de 1913: “Sus cartas, mi querido Fernando, son algo profundamente bueno que me conforta, anima, deleita, me hacen feliz por momentos”. Parece que éstas surten efecto al responder y corresponder a esa necesidad de atención y de ternura para un hombre sediento, excesivo, narcisista, que implora, pero que nunca regatea efusiones de admiración y de amistad. Se diría que Sá-Carneiro fuerza a Pessoa a soltar y expresarle su siempre contenido afecto. A su vez, Pessoa encuentra en su interlocutor no sólo el espejo, el otro de ese “diálogo en una sola alma” del que hablará en su poema de 1934, sino también ese hombro, ese apoyo. La efusión sentimental, la ansiedad de las peticiones de respuesta, la avidez a la manera de Sá-Carneiro son, de hecho, rasgos excepcionales en la epistolografía pessoana.

El conjunto de las cartas y postales de Sá-Carneiro para Fernando Pessoa puede funcionar como una especie de novela epistolar con un final infeliz… Es a partir de un modelo de narrativa como podemos leer estas cartas: fragmentos, capítulos de una historia que obedece a un ritmo cardiográfico, el ritmo de los latidos del corazón del primero. Es una narrativa con un protagonista, un personaje secundario, pero también con muchos más como telón de fondo (Almada-Negreiros, Santa-Rita Pintor, Luís de Montalvor, António Ferro…, y hasta una enigmática mujer).

Si lo que destaca en la secuencia narrativo-descriptiva es el drama íntimo de aquél que lo conduce, no es menos evidente que también implica a la literatura, al arte del cual trata; es, por lo tanto, la historia de la generación de Orpheu que de esta forma se vuelve más clara, más abundante, más enriquecida.

Aunque no haya alcanzado la proyección de Fernando Pessoa, ni incluso la de Almada-Negreiros, Mário de Sá-Carneiro fue una de los más importantes escritores del modernismo portugués. Encrucijada de varias tendencias espirituales de su época y también precursor, en ciertos aspectos, de otros movimientos contemporáneos como el surrealismo, el existencialismo y el experimentalismo, tuvo como destino llevar su coherencia hasta las últimas consecuencias. Su obra no es tan rica en complejidad intelectual como la de Pessoa, pero está llena de humanidad y dramatismo; no obstante, su nombre permanece como figura singular de una literatura de vanguardia que marcaría a otros artistas e influiría en generaciones posteriores.