Marcela Rodríguez Loreto

El tennō Hirohito esperó a que le colocaran delante un micrófono de la nhk, la radio pública japonesa. La grabación se transmitiría a la mañana siguiente. La voz que se dirigió por primera vez a su pueblo, aceptaba las condiciones impuestas por los Aliados tras los bombardeos atómicos: el control de los vencedores en los años inmediatos a la Segunda Guerra Mundial; una nueva constitución, y bases militares norteamericanas. El Emperador Hirohito consideró el momento y el medio, la radio, adecuados para despojarse de la calidad divina que todo tennō poseía por tradición: “En realidad, admitió, yo también soy un mortal”.

El almirante Onishi, jefe de las unidades Kamikaze, reunió a los pilotos. Piloteados por muchachos en torno a los veinte años, los aviones desprovistos del tren de aterrizaje y sin combustible para la vuelta, se estrellaban contra el cuarto de máquinas de los barcos enemigos. No valía la pena pelear una guerra para vivir en la derrota, en nombre de una divinidad humana.

Yukio Mishima, de la edad de los kamikazes, no resultó apto físicamente para la guerra, el ejército lo designó a las brigadas de trabajo. La claudicación de Japón lo encontró como bibliotecario de la pensión de estudiantes en la Universidad de Tokio, donde cursaba Derecho. El año anterior había terminado la preparatoria con calificaciones de excelencia y el Emperador lo recibió para darle un reconocimiento. Ése fue su único acercamiento real a la casa monárquica. Un cuarto de siglo después, la palabra final que sus labios dejaron escapar en un grito fue, “Emperador”.

Mishima estaba en contra de la degradación del Emperador, pero la gente común se alegró por el fin de la guerra. No veía mal las fuerzas de ocupación militar porque terminó la opresión militar del Japón; llegó la democracia y hubo desarrollo económico.

La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre, anotó en la mitad de una hoja sobre el escritorio, cargado de libros, papeles y la fotografía de su esposa. Yoko en un close up que captura el asomo de una sonrisa, a los hombros el cabello negro y ondulado, producto de los tubos a la moda occidental.

“Vivir siempre…” A Kimitake Hiraoka, Yukio Mishima por su nombre de escritor, su nana, una conversa al cristianismo, le mostró la estampa religiosa de un joven desnudo atado a un tronco, la pálida piel cruzada por flechas, el rostro alzado en un rictus cercano al éxtasis. El martirio de San Sebastián es una imagen que incorporará a su álbum cuando todavía es un chico al que la abuela gusta vestir de niña. Adulto, se hace un retrato que imita al santo romano, en la actualidad un fetiche de la iconografía gay.

La mañana del 25 de noviembre de 1970, escribe esa última nota, “Vivir siempre…”, la deja junto al sobre manila rotulado para Shinchosha, la editorial que publica sus libros; dentro está el cuarto y último manuscrito de El mar de la fertilidad, aparecido en las mesas de novedades en febrero del año siguiente. El escritor ya ha entrado a la recámara de Noriko y depositado un beso en la frente de la chica de once años, que se ha de arreglar para ir al colegio.

Más tarde, rumbo al cuartel de las Fuerzas de Autodefensa, el auto conducido por Morita en el que viajan los cinco hombres de la milicia privada llamada Sociedad de los Escudos, pasa frente al colegio de Noriko. Se hace un silencio que Mishima borra contando una cosa ligera que los hace sonreír, según declarará uno de ellos, Furu-Koga. La víspera cenaron juntos los cinco en un restaurante de comida internacional adonde, en su gusto por los modos y costumbres occidentales, el escritor solía invitar a Yoko, y al joven Morita, su predilecto.

Japón elaboró una nueva Constitución después de la Segunda Guerra; la figura del Emperador sería simbólica, y el Artículo 9° estipulaba que Japón no dispondría de ejército para la guerra. Aunque el gobierno conformó las Fuerzas de Autodefensa, Mishima insistía en que Japón debía tener un ejército.

La tarde anterior al asalto a las Fuerzas de Autodefensa, Mishima seleccionó el salmón más fresco y de buen tamaño que encontró en la pescadería. En Tokio es una tradición en las fiestas decembrinas ofrecer un salmón entero, ligeramente salado, a las personas que se respeta o guarda admiración. Encargó al dependiente que lo enviara a casa del señor Kawabata, en Hase 264, Kamakura, un pequeño poblado a hora y media de Tokio. Cada Navidad manda un salmón. Este año ha tenido que adelantar un mes el envío. No tenía mucho de haberle confiado por carta al maestro Yasunari Kawabata, que estaba frustrado porque “cuando uno se vuelve fuerte, no se encuentra un adversario a la medida”.

A mediados de la década de los cincuenta comenzó a modelar el cuerpo plano que tenía. Primero practicó fisicocultura y luego artes marciales. La última de ellas el karate, en el verano de 1970 había obtenido el cinturón negro después de tres años. Los grados superiores en la jerarquía de las artes marciales japonesas como el aikido, kendo, y aido, constan de diez dan, si Mishima sumaba sus grados en esas artes alcanzaba a ser un noveno dan.

Elliott Erwitt, fotógrafo estadounidense de la agencia Magnum, lo retrató ese verano, tres meses antes del asalto a la Defensa. El portafolio de Erwitt ya incluía a reconocidos como jfk, Marilyn Monroe, El Che, Simon de Beauvoir, o Grace Kelly. Al autor japonés lo retrató durante un receso de éste en su entrenamiento de equitación, y en su estudio: olvidado de sí, Mishima está de pie detrás del escritorio, desenvaina una katana mientras sostiene el Lucky Strike en la boca.

Yoko despidió a su marido y subió a arreglarse, tenía un almuerzo. Mishima subió al auto nuevo que pasó a recogerlo, lo había adquirido Morita para la ocasión, abordo estaban los cuatro soldados del ejército privado dos años antes fundado. Mishima llevaba una cartera de cuero con el objeto que serviría de pase al cuartel de la Defensa: un sable antiguo forjado y pulido por un famoso armero.

Mishima se casó con Yoko a los 33 años. Dispuso que la boda se celebrara al estilo occidental, y solicitó a Yasunari Kawabata, formado católico, que fuera su padrino. Ella iba con tocado y traje de novia blancos, y el novio de etiqueta, pelo engominado, chaqué y corbata de punto. La pareja tuvo a Noriko (1959) y al niño Lichirô (1961). Desde su primer viaje a América a bordo del Presidente Wilson como corresponsal del periódico Asahi, adquirió el gusto por las costumbres occidentales; vivían en una casa tipo europea, y ella tuvo que estudiar cocina internacional para darle gusto. Kawabata, en cambio, vestía kimono y vivía en una casa nipona tradicional. Como los padres de Mishima. El señor Azusa Hiraoka sintonizó las noticias del mediodía y así se enteró que a esa hora su hijo estaba asaltando las Fuerzas de Autodefensa. A las 12:30 se enteró Yoko desde el taxi que la trasladaba al almuerzo.

En 1964 se inaugura el tren bala en el marco de las Olimpiadas de Japón, la gente en esa década quería tener televisor, refrigerador, y lavadora. La sociedad gozaba de las comodidades del crecimiento económico. No obstante, surgen movimientos estudiantiles en contra del tratado impuesto a Japón por los Aliados al término de la guerra; en contra del alza de colegiaturas, y pidiendo autonomía universitaria; para 1968 organizan un único movimiento que se radicalizó y fue oprimido. Lo que quedó del movimiento pasó a las filas del Ejército Rojo. Mishima manifestó durante un debate con el movimiento estudiantil que si sólo se dijera Viva el Emperador, “yo podría estar con ustedes”.

Yoko declaró que temía el suicidio de su esposo, pero no tan pronto. Era el segundo aniversario de la Sociedad de los Escudos, a la fecha conformado por cien miembros; el festejo del primer aniversario se celebró con un desfile marcial en el techo del Teatro Nacional. Sin embargo, el autor llevaba años representando en sus novelas, el cine, y la fotografía, la manera en que moriría. Ensayos, aproximaciones, como si hubiera nacido para diseñar su muerte. Shizue, la madre, pidió que no lo compadecieran, “Por primera vez en su vida ha hecho lo que deseaba hacer”.

Mishima extrajo la joya de sable, deseaba mostrarla al general Kanetoshi Mashita, comandante del cuartel. Dejaron pasar a los cinco hombres. Cuando sentado en su despacho el general Mashita observaba con detenimiento el sable, fue amagado y sometido a las órdenes de Mishima. El discurso de éste frente a las tropas clamando por el espíritu bushi (samurái), se escuchaba trasnochado. Los soldados no lo bajaban de payaso, pedían que no les quitara más el tiempo. Nadie tenía fe en la vía del samurái. Ninguno se abría ya en canal exclamando “¡Tennō Heika Banzai!”, larga vida al Emperador.

Yasunari Kawabata dirigió las exequias públicas de Mishima, y leyó un pasaje de la carta que recibió unos meses antes: “Digo cosas cada vez más tontas, que seguramente le harán sonreír, pero de lo que tengo miedo no es de la muerte, sino de qué será el honor de mi familia después de mi muerte. Si alguna vez me sucediera algo, supongo que el mundo lo aprovecharía para sacar sus dientes, marcar mis menores defectos y hacer trizas mi reputación. Esto me da igual que si se burlaran de mí estando vivo, pero la idea de que se rían de mis hijos me resulta insoportable. Seguramente usted es la única persona que puede preservarlos de esto, se los entrego completamente para el futuro. En lo que a mí concierne, nada detesto más en el mundo que las caras gordas de los realistas con anteojos”.
Kawabata era un anciano nacido en 1899, no podría cuidar de Noriko de once años ni de Lichirô de nueve. Se suicidó dos años después abriendo el gas de la estufa.

En las honras fúnebres de su amigo estuvo sentado en primea fila con Yoko y los padres de Mishima. Al frente quedaban expuestas las cabezas cortadas de Morita yMishima, como dos que cometen shinjû, el suicidio en conjunto de dos amantes.

Mishima, al cabo, representó su martirio.

Yukio Mishima (Tokio, 1925-1970) nació en el seno de una familia de samuráis,
en 1949 publicó su primera novela, Confesiones de una máscara.
Cometió seppuku (corte del vientre) a los 45 años.