Juan José Reyes
Hace unos meses pudo recordarse a José Alvarado, escritor, periodista, nacido en Lampazos, Nuevo León, en 1911. Se han cumplido cien años de la llegada al mundo, en aquella pequeña población, de uno de los prosistas mexicanos notables y que mejor pudieron comunicarse con miles de lectores durante décadas de ejercicio. Don Pepe Alvarado fue un periodista situado en el centro de la mejor tradición del oficio en el país. En primer lugar, lo conoció. No se refirió nunca a México como si se tratara de una entelequia abstracta, insondable y por tanto adecuada para recibir todo tipo de vaguedades. Conoció el país y conoció a su gente. A la gente común, al andante nocturno, al consuetudinario vendedor de bienes comunes y apetecibles. En tal sentido, don Pepe recuerda sin falta la figura de personajes como Ángel de Campo, Micrós, o de José Tomás de Cuéllar. Sabía que la historia nacional se escribía todos los días en las calles, en las plazoletas, en la cantinuchas, en los campos, en las fábricas. En segundo lugar, Alvarado fue un estilista. En esto se parece menos a los escritores que cité líneas arriba que a Manuel Gutiérrez Nájera. Pulcro, con limpias autoexigencias de elegancia siempre bien cumplidas, estaba cierto de que no podía comunicarse con los lectores si no empleaba el castellano con donosura, alegría, un estilo que aliaba naturalidad y cuidado.
Vivió José Alvarado un México que parece haberse ido ya del todo. Una nación en la que contaban más las personas que las imágenes, los eslóganes, los golpes de eficaz impacto. Una nación en la que las calles podían fatigarse con premura o con pachorra. Es buena cosa recordarlo ahora y siempre. Recordar su obra, tenerla siempre presente, y recordarlo a él, la sonrisa que brotaba de sus ojos y de sus labios, su derecha figura, su mirada paciente e inquieta. Recordar, por ejemplo, estas líneas del corazón y de juego en serio escritas en homenaje a la bella María Douglas: “…esta columna admiradora tuya como es obvio suponer, te desea, pues te lo has ganado sola y en la adversidad, la más pura, brillante y larga de las resurrecciones y su cursi, anciano y conmovido autor envía un beso a la más frágil, fugitiva hebra de tu pelo rubio. Hélas… (1968).
Yo lo recuerdo con ternura en mi infancia, en el piso de arriba de la casona de Vallarta 20, la casa de Siempre! Y disfruto recurrentemente varios de sus textos, como los recogidos en Visiones mexicanas, del Fondo de Cultura Económica.
