La “Chinaca” ofende sus conciencias
No cuento con un solo centavo
para las atenciones precisas del soldado.
Ignacio Zaragoza, abril de 1862
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
En contraste a la vida plagada de carencias, sacrificios y hambre padecidos por los soldados mexicanos que, en mayo de 1862 defendieron la república, un grupo de dilectos conservadores incrustados en el poder derrocharon cerca de tres mil millones de pesos para “celebrar” el sesquicentenario del triunfo del México liberal contra el mejor ejército del mundo, según Napoleón III.
Discursos huecos, traicioneras escenografías y el obsceno dispendio de recursos económicos, mancharon la memoria de esos hombres a los que Ignacio Zaragoza, su comandante en jefe, un día sí y el otro también, los alentaba y los nutría con puro amor a la patria, con pura lealtad al gobierno supremo y con puro compromiso indeclinable por defender, hasta con los dientes, la Constitución liberal de 1857, supliendo con ello la falta de alimento, de uniformes y armamento provocado por la bancarrota heredada por Santa Anna y agravada por Zuloaga y la guerra que desencadenó.
Desde el confort de las gradas que segregan al pueblo, quienes presidieron los festejos marcaron su rango y superioridad sociopolítica, y en el discurso oficial se suprimieron las penurias de los defensores de Puebla, pues la Chinaca ¾palabra defendida por liberales y pervertida por los conservadores como sinónimo de desarrapado, lépero, malviviente¾ ofende sus conciencias al desnudar la podredumbre de sus vidas enriquecidas por la corrupción y la impunidad que cubren con su manto protector las pingües ganancias que al amparo de las conmemoraciones históricas cínicamente se embolsan.
Los festejos organizados por el gobierno poblano emiten, por donde se les vea, un inocultable tufo de venganza conservadora expresada en los vacuos eventos con los que pretendieron eclipsar la dimensión moral de esa victoria.
En los campos de Puebla triunfó el civilismo de Zaragoza por sobre el militarismo heredado por Santa Anna, venció la honradez y la honestidad ideológica del joven general quien a lo largo de su corta, pero intensa vida, fue ejemplo de institucionalidad y al mismo tiempo de franqueza, de pulcritud y de decencia, conducta que le generó el respeto de la oficialidad y de sus propios enemigos.
Los fastuosos eventos del pasado 5 de mayo agraviaron la modestia proverbial de Zaragoza, y mostraron la ignorancia supina de los organizadores, quienes, de haber leído los periódicos y gacetas publicadas entre el 21 y 23 de agosto de 1862, habrían comprendido el trastorno que le causaron al héroe del Cinco de Mayo los honores y loas que se le prodigaron durante su intempestiva aparición en la ciudad de México, distinciones a las que respondió con un breve discurso que concluyó pidiéndole al presidente Juárez que hiciera porque se les proporcione (a los soldados) cuanto contribuya a satisfacer sus precisas necesidades, lapidario argumento que avergonzó a quienes prepararon la opípara comida y a los integrantes de un gobierno que sabía que en las trincheras los defensores de la patria morían de hambre ante la escasez de recursos.
La demoledora sobriedad del hombre que a pesar de no contar con un solo centavo para las atenciones precisas del soldado supo defender la Independencia de México contra el mejor ejército de su época ubica en su justa dimensión la pequeñez y mezquindad de los organizadores del dispendio inmoral de recursos con el que se pretendió ocultar la grandeza moral del Ejército de Oriente.
