Carmen Galindo

El reiterado y principal problema en torno a Carlos Fuentes (Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928-Ciudad de México, 15 de mayo de 2012) ha sido siempre su autenticidad. Esta sospecha, difundida por los críticos en torno a su obra, se funda en que cada nuevo libro parece distinto del anterior, como si se plegara a las modas de último minuto, como si varios escritores y no uno fueran los autores. En lo personal, prefiero tomar este indudable carácter proteico,[i] más que como prueba de su inautenticidad, como el rasgo que lo define y lo singulariza. Es más, este afán de originalidad, de ser distinto no sólo de los otros sino hasta de sí mismo, es lo que distingue a los movimientos de vanguardia.[ii] Las acusaciones no se detienen en la obra. Los críticos dudan hasta de la autenticidad del mismo Carlos Fuentes: se le considera un desarraigado, se le acusa de ser turista en su tierra. Sin embargo, esta identidad; nacional insegura, vivida como problemática, no es privativa del escritor, sino una preocupación que nace con la Conquista de América y es compartida por todas las culturas coloniales. (Entre paréntesis, Artemio Cruz, haciéndose eco de un sentimiento seguramente compartido por su autor, siente que pertenece al planeta: “Liberado de la fatalidad de un sitio y un nacimiento”) [iii]

Frente a las acusaciones de inautenticidad, poco se habla de lo que, .por permanente, sería prueba de arraigo en la obra de Fuentes y, sin embargo, estas obsesiones son tan frecuentes e importantes que casi desmienten su carácter proteico. Como La región más transparente, que fue su primera novela, La muerte de Artemio Cruz tiene como punto de referencia social| al México de la juventud del escritor: el alemanismo, con su cauda de juniors y corrupción, con su fachada de modernidad. Habla, pues, y esto forma parte de su encanto, de un México estrictamente contemporáneo a la novela: el del neolatifundismo, de la demagogia de los oradores políticos, de las devaluaciones anunciadas para beneficio de socios y amigos, de la prensa vendida por línea ágata, del contratismo y los presupuestos inflados, del coyotaje político, de las especulaciones con los precios, del ostentoso despilfarro de los políticos, de los líderes sumisos, de los nuevos fraccionamientos y, sobre todo, de las alianzas empresariales entre mexicanos y norteamericanos. De refilón se refiere al movimiento ferrocarrilero, a Batista y a la guerra civil española, donde habrá de morir Lorenzo, el hijo de Artemio Cruz. Recordemos, a propósito del conflicto de España, Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway, quien, junto con Faulkner, fungen como los modelos literarios de entonces. El simbólico escenario es Acapulco, la puerta de entrada a la integración del país al imperialismo yanqui. No en vano Acapulco, cosmopolita y moderno es el feudo de la jauja alemanista. Para Fuentes, México siempre tendrá dos rostros:

Desde la mesa» se veía la explanada del nuevo frente moderno de Acapulco, levantado coa premura para satisfacer la comodidad del gran número de viajeros norteamericanos a los que la guerra había privado de Waikiki, Portofino o Biarritz, y también para ocultar el traspatio chaparro, lodoso, de los pescadores desnudos y sus chozas con niños barrigones, perros sarnosos, riachuelos de aguas negras, triquina y bacilos. Siempre los dos tiempos, en esta comunidad jánica, de rostro doble, tan lejana de lo que fue y tan lejana de lo que quiere ser.[iv]

Esta visión de los dos Méxicos, dualista como la de los aztecas, y que entraña dos tiempos diferentes, no agota su concepto de la historia, el cual se redondea con la inmovilista convicción de que los que luchan por el cambio sólo quieren, en última instancia, detentar el lugar de la anterior élite. Considera, y esto matiza su pesimismo, que los jefes, divididos en facciones por su ambición personal, no estuvieron a la altura del pueblo y de su revolución. En la novela, coloca a Arternio Cruz a las órdenes de Obregón, vale decir en el bando de los vencedores. En este sentido, su ficción cierra el ciclo de la Literatura de la Revolución Mexicana con la figura de Artemio Cruz, el revolucionario enriquecido, el símbolo de los que se subieron al Cadillac de la revolución traicionada. [v] Como a Balzac, a Fuentes, al contrario de la literatura rural que lo precede, le apasiona el ascenso de la burguesía.

Otras obsesiones, más precisas, desdibujan tanto su supuesta inautenticidad, como su carácter proteico. Una misma figura femenina, materna y seguramente edípica, desmiente, por su persistencia en diversas obras, que el autor sólo obedezca modas literarias. Fuentes se sabe (o se imagina) concebido en Veracruz, ¿en la hacienda de El Lencero?, donde sus padres pasan el viaje de bodas y ahí, en un escenario gemelo, nace Artemio Cruz. En ese lugar se oculta la abuela de Artemio, Ludivinia, una viuda aristócrata, cuyo marido perteneció a la corte de Santa Anna, la cual parece cortada con las mismas tijeras que la anciana convertida en la fantasmal emperatriz Carlota que se pasea en “Tlactocatzine, del Jardín de Flandes” (1954) y que parece reencarnar en Consueto, viuda, esta vez, de un hombre de la corte de Maximiliano, en Aura (1962). La misma figura materna —vista por Edipo como funesta, deseada y misteriosa— que reaparece, ahora con el pretexto de María Félix, en Zona sagrada (1967). Las ancianas, en fin, que son Dolores del Río y otra vez la Félix en Orquídeas a la luz de la luna.

Las obsesiones de Fuentes no se circunscriben al tema de la madre, al tiempo alemanista y al escenario vcracruzano o acapulqueño. Ahora, un poco a posteriori, con el agrupamiento y el orden que fue dando a sus novelas en las recientes publicaciones, retoma una obsesión que también lo ha acompañado desde sus comienzos como novelista: la idea balzaciana de la novela-río, de hacerle la competencia al registro civil, de que los personajes de una nivela aparezcan en otras, que finjan el mundo: Jaime Ceballos, el protagonista de Las buenas conciencias[vi] o Roberto Regules, personaje de La región más transparente, asisten a la fiesta de Año Nuevo que ofrece Artemio Cruz en casa de su amante.

Como los otros novelistas del Boom, Fuentes le abre la puerta a la ambigüedad cuando se resiste a ver el mundo de un modo maniqueísta. El autor podría suscribir esta frase dirigida a su personaje: “Nunca has podido pensar en blanco y negro, en buenos y malos, en Dios y el Diablo”. [vii]  Artemio Cruz es el traidor y el ambicioso, pero igualmente es el ferviente amante de Regina y el que pudo amar a Catalina (la mujer a la que convierte por conveniencia en su esposa, a la que vence de noche por el deseo y quien lo derrota de día con su indiferencia) y es también el muchacho que quiso al negro Lucero y es el niño que no reconoció su padre y al que repudió su abuela.

Concebida como una reconstrucción de la memoria, la novela admite el monólogo interior, el relato en tercera persona y, lo que es siempre sorprendente, en segunda. El monólogo, reservado a Artemio Cruz que agoniza, emplea el tiempo presente, como un intento de anular el habitual pasado a que está condenado todo relato literario y de volver simultáneos el tiempo de lectura y escritura: “Yo despierto…Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados”. [viii] La segunda persona, que tiene como destinatario a Artemio Cruz, es la menos habitual y en lo posible emplea siempre el futuro: “…volarás desde Hermosillo…Desde la butaca del tetramotor, verás una ciudad plana y gris, un cinturón de adobe y techos de lámina. La azafata te ofrecerá…”.[ix] La tercera persona le sirve al autor para los episodios del pasado, que como se mueven al margen de la cronología, puesto que lo hacen al compás del recuerdo, van precedidos por una fecha que los ubica:

(1941: Julio 6)

El pasó en el automóvil rumbo a la oficina. Lo conducía el chofer y él iba leyendo el periódico…-

En La muerte de Artemio Cruz, el autor retoma un tema entonces socorrido y que jamás lo abandonará: el ser o identidad del mexicano. Así, la novela se demora en reflexionar sobre los orígenes de la raza mestiza, en la unión del macho y la mujer violada y, en consecuencia, en las variantes del verbo chingar, en las cuales a Artemio Cruz alcanza el título del “Gran Chingón”, el macho por excelencia. Se regodea, en fin, con regocijo y con temor, como corresponde a todo mexicano, en el tema de la muerte. Y en otro igualmente clave, el del disimulo, el de la cortesía, el del enmascaramiento. [x] El de no ofrecer, para decirlo en pocas palabras, ni la cara (por el enmascaramiento) ni la espalda (para no rajarse), porque La muerte de Artemio Cruz trata el motivo obsesivo al que ha intentado darle caza Carlos Fuentes en su dilatada obra de ensayos y narraciones: El elusivo tema de México, el de los “mil países con un solo nombre” [xi]



[i] El viejo Homero, cuando se refiere a Proteo, lo describe así en la Rapsodia Cuarta de La odisea: “transfiguróse al punto en melenudo león, en dragón, en pantera y en corpulento jabalí más tarde; después se nos convirtió en agua y hasta en árbol de excelsa copa”.

[ii] Shakespeare o Tirso de Molina, por citar cualquier ejemplo, tomaban sus temas de las fuentes más a mano, no compartían este gusto por la originalidad que lleva a Picasso, figura emblemática de la vanguardia, a una renovación tan constante que rompe incluso con sus etapas anteriores

[iii]  Carlos Fuentes. La muerte de Artemio Cruz. (1962) 5a. reimp. México. Fondo de Cultura Económica, 1970. P. 309. (Col. Popular, núm. 34)

 

[iv]  Ibíd. Op.cit. Pág. 151.

[v] Otra concepción histórica aprecia, por ejemplo, el carácter revolucionario de este período como la violenta caída del viejo orden latifundista y la apertura del país a la siguiente etapa, la del capitalismo industrial.

[vi] Por su tono autobiográfico, por su modo más tradicional de narrar e incluso por su problemática religiosa, creo que no es aventurada la idea de que Las buenas conciencias fue su primera novela, aunque publicada posteriormente.

[vii]  Carlos Fuentes. Op. cit..Pag.33

[viii] lbidem. Pag. 9.

[ix] lbidem. Pag. 13.

[x] Un compañero de escuela de Fuentes le contó a uno de mis alumnos que Don Rafael Fuentes Boettiger acostumbraba pedirle al futuro escritor que se vistiera y comportara de modos diferentes de acuerdo con la clase social y las costumbres de las personas con las que habrían de entrevistarse. Asimismo le comentó que Fuentes, de adolescente, fingía distintas personalidades con sus respectivos lenguajes, por ejemplo, un canadiense que apenas domina el español que entra a una miscelánea a comprar unos cigarrillos, o conservando su propia identidad, pero hablando caló para ganarse la confianza de gente del hampa o la prostitución. Hasta la fecha son famosas las imitaciones que el escritor hace de sus amigos. De Fernando Benítez, por ejemplo.

 

[xi] Carlos Fuentes. Op. cit..Pag.274.