Vicente Francisco Torres
(Segunda y última)
En la selva de Borneo, Salgari dice haber protagonizado un romance juvenil con una muchacha inglesa, historia que no había revelado para no lastimar a Aída, su esposa y madre de sus hijos. Hubo un elemento adicional que unió a la pareja: la fascinación que la inglesita sentía por la obra de Fenimore Cooper, otro gran maestro del relato de aventuras. Como los vahos de la jungla causaron la postración de su amada, Salgari habla de las selvas homicidas y del país de las fiebres y las penalidades. Si La vorágine y Marabunta nos regalaron invasiones de hormigas en Sudamérica, Salgari describe una estampida de búfalos. Tal como sucede en sus novelas, Mis memorias prodiga breviarios culturales sobre los simios. Así opina Salgari de las selvas, pero también del colonialismo: “Las noches en las selvas tropicales son terribles. Entre sus brisas y sus hálitos calurosos, se mezclan sutiles venenos que se infiltran en la sangre del hombre. Se creería que la selva quiere defender su virginidad. Que quiere conservar intacta su impenetrabilidad, y cuando el hombre, a hachazos, o por medio del incendio devastador, se abre un hueco en su intrincada espesura, ella se venga haciendo penetrar en su cuerpo dormido el veneno sutil, destilado por mil plantas maléficas.
“La selva no ama al hombre que viene a sorprender sus profundos secretos. La selva odia la civilización y se opone a su camino con las barreras de sus silencios y más todavía con los venenos que expande (…) Cuando una potencia europea quiere apoderarse de un territorio dominado por un, así llamado, soberano bárbaro, comienza por declarar que es de urgente necesidad civilizar aquel territorio.
“Y entonces el fin es tan elevado y humanitario, que todos los medios empleados para conseguirlo son, de antemano, considerados legítimos y dignos de encomio”.
De la selva incendiada de Borneo lo rescató un barco francés en el que permaneció tres años. Al volver a Italia, le dio pena su existencia de pirata independentista (con los Tigres de Mompracen robaba metales a los barcos para costruir armas) y prefirió contar sus aventuras de manera oblicua. Conoce a Aída, se casa, tiene hijos y se convierte en escritor en condiciones ominosas: escribía para un solo editor a quien debía entregar resúmenes de las obras que desarrollaría. Empieza a acosarlo la pobreza que, junto con la demencia de su esposa, lo llevaron al suicidio: “No he sabido en mi vida lo que es una diversión, nunca jamás; siempre el pupitre, el feroz e implacable pupitre que a cada momento quiere que yo trabaje y produzca nuevos libros (…) El alivio me lo procura el tabaco: cien cigarrillos cotidianamente me dan fuerza para sostenerme en pie, el alimento no (…) Me siento vecino al derrumbamiento: ¡la ceguera llama a mis puertas!”. Estas son las últimas palabras a sus hijos: “El otro día he mentido diciéndoos que iba a ver al señor Mattirolo para activar algunos asuntos. No fue así, Nadir: fui a comprar un cuchillo, la hoja que ha de desgarrar mi cuerpo…
“Os beso apasionadamente; besad a la mamá en mi nombre y adiós para siempre. Mañana no existiré. Vuestro padre, emilio salgari”.
