Edgar Díaz Yáñez
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno, mejor conocido en los más altos de los bajos mundos y en los más bajos de los altos como Juan Rulfo, nació —como si no supiéramos ya— en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917. La adopción a un nombre más corto y con apellido distinto no fue por consejo de un recién egresado de la carrera de mercadotecnia o simple estrategia de mercado, fue, a decir verdad, un requerimiento de su abuela —la de Nepomuceno—, María Rulfo. Ésta formaba parte de una familia de siete hermanas y un hermano que, por desgracia, murió soltero y, mayor desgracia, sin descendencia. Para evitar que se perdiera el apellido solicitó a sus nietos que adoptaran el apellido que con el transcurso del tiempo se volvió insigne.
En una tarde que anunciaba proféticamente chaparrón, convocados por Beatriz Pagés Rebollar, Secretaria de Cultura del Comité Ejecutivo del PRI, se dieron cita el pasado 16 de mayo René Avilés Fabila, Roberto García Bonilla, Carmen Galindo, Felipe Garrido y Beatriz Paredes, en Casa Lamm para conmemorar el natalicio número 95 y rendir un homenaje al genio de la literatura mexicana.
Ante una sala Lamm repleta de oyentes, transcurrió lo que podría definirse una noche llena de información, nostalgia, anécdotas, resignación. Tan sólo un día antes nos habíamos enterado del deceso de Carlos Fuentes, motivo por el cual Beatriz Pagés Rebollar, quien fungió como moderadora de la mesa, pidió, después de leer una cita del mismo Fuentes con respecto a Juan Rulfo, («Rulfo no es de una naturaleza apacible. Representa un conflicto, el de un país que se crea y se sueña en la luz, pero vive en un llano de polvo seco, rocas ardientes y tumbas inquietas»), pidió un minuto de silencio en memoria del otrora referente de la literatura mexicana e internacional.
El primero a quien le concedió la palabra la directora de la revista Siempre fue René Avilés, cuya ponencia publicamos en estas mismas páginas. El también cofundador y director de la revista El Búho indicó que cuando fue a estudiar a Francia, a principios de la década de 1970, la gente que conocía por aquellas tierras le preguntaba por Juan Rulfo; pregunta que le hacían también en Lisboa y Madrid. El público de una conferencia en la Soborna, la primera en el extranjero de René Avilés, versó sobre Pedro Páramo y el público inquirió mucho acerca de la obra del “enigmático” autor. Las referencias que este público tenía sobre la obra del jalisciense provenían del asombro que notables escritores, que aún no alcanzaban la fama, como Álvaro Mutis o Gabriel García Márquez, les produjo la lectura de dicha obra, «Mientras que mis maestros universitarios, de la talla de Henrique González Casanova y Ricardo Pozas, hablaron de su genio; y amigos entrañables como Juan de la Cabada, Andrés Henestrosa y José Revueltas señalaron su impresionante forma de dominar la narración, sus imágenes originales, sus estructuras siempre diversas y memorables»
Cuenta Avilés que «sobre las críticas menos piadosas que le escuché a Rulfo fueron para nosotros: a un colega, sensible, que acababa de leer su cuento, aburrido por cierto, el maestro le dijo “Le falta luz, póngale un cerillo”. Y a José Agustín, en reacción a un exagerado comentario y fuera de un acertado contexto: “Yo aceptaría publicar en España, pero sin censura”, le dijo en una reunión en casa de Paco Ignacio Taibo I, en que algunos de los más afamados integrantes de las letras en aquel momento y un editor español de mucho peso que buscaba autores mexicanos, “No te preocupes José Agustín, no tendrás problemas en España, la literatura infantil no es objeto de censura»
A su vez, Roberto García Bonilla en su lectura Rostros biográficos de Juan Rulfo —que que fue más bien una relectura de su trabajo escrito cinco años atrás y que puede revisarse en la página electrónica www.iifl.unam.mx/html-docs/lit-mex/19-2/garcia.pdf— hace «una especie de recorrido desde los primeros comentaristas de Rulfo hasta los biógrafos más recientes» Destacando que «La parquedad de Rulfo y el celo con que protegió su intimidad lo convirtieron en un enigma viviente. Lograr que aceptara una entrevista era, más que un privilegio, una fortuna del azar, y proponerse escribir una biografía de Rulfo en 1980 habría sido una extravagancia» Concluyó que
«Habrá que situar al personaje en su época e integrarlo en las transformaciones de la cultura en México a lo largo del siglo XX y observar cómo incidieron esos cambios en su vida interior. Así podremos acercarnos a un hombre cuya obra es una cima insuperada entre nosotros y cuyo genio supo aprehender el dolor y el desarraigo impronunciables que como una malignidad de sombras nos acompañan»
Carmen Galindo, la tercera en tomar la palabra, abordó la importancia nacional y mundial de Juan Rulfo. Menciona la directora de La cultura hoy, mañana y siempre que la madre de Margit Frenk, doña Mariana Frenk, tradujo a Rulfo al alemán, «Margit estaba de acuerdo, y yo pienso, que mucha de la fama de Rulfo proviene de esta traducción al alemán, es decir, este lanzamiento de Rulfo en Alemania, gracias a la traducción de doña Mariana Frenk». Entre Anécdotas y recuerdos vívidos y vividos, recuerda la maestra que cuando vino Pedro Orgambide, escritor de Prohibido Gardel, a México ella fue a entrevistarlo y éste le dijo «Mira, en Buenos Aires se reunían los escritores exquisitos, los elegantes, en un lado; y los escritores rudos nos reuníamos en una cervecería y entonces, dice, tomábamos nuestros vasos y el brindis siempre era el mismo: ¡Por Rulfo!» Esto, señala, muestra la importancia y fervor por Rulfo en el mundo. En otra anécdota, la corresponsable del seminario público La historia de la cultura en México 1900-1970, cuenta cómo Álvaro Mutis le llevó a García Márquez Pedro Páramo: «Llegó Álvaro Mutis y le aventó el libro a García Márquez y le dijo “Para que aprendas a escribir”, menciona García Márquez que lo leyó y cuando terminó de leerlo lo empezó otra vez». Hace hincapié la maestra en la voracidad lectora de Rulfo: «Edmundo Valadés me dijo “Yo voy y trato de encontrar un cuento que no haya leído Juan. Me voy a las librerías y encuentro un cuento húngaro de un escritor desconocido. Llego con Juan y le digo, ¿Oye, Juan, has leído tal cuento de tal escritor? Sí, me dice. Y yo lo pongo a prueba: ¿Y de qué trata? Y me lo cuenta” Todo la había leído» Concluye sentenciando que la identidad nacional está en la prosa de Rulfo, porque como decía Alfonso Reyes: «Para ser universal, hay que ser profundamente nacional»
El título de la conferencia de Felipe Garrido iba a ser, ya que no fue, Juan Rulfo y el poder, e iba a ser porque en todo caso no es Juan Rulfo sino Pedro Páramo el que está relacionado con el poder, explicó. El maestro Garrido, el más reciente prmio Villaurrutia, completó la noche leyendo fragmentos de Pedro Páramo, con una lectura muy interesante, divertida y exacta. Haciendo énfasis en aquellos pasajes de la obra donde se ilustra el no título de su ponencia. Garrido aseguró que el personaje de Pedro Páramo, más que encarnar la critica del cacique, que ha sido la interpretación de los críticos, representa la fantasía, el deseo del autor.
Beatriz Paredes, como Salvador Elizondo, aseguró preferir los cuentos de El llano en llamas, a pesar de haber leído con placer un par de veces Pedro Paramo. Al decir de la candidata del PRI a la jefatura del gobierno de la ciudad de México, la literatura rulfiana representa por excelencia la cultura mestiza y criolla, la jalisciense. Por eso, concluyó, la sentimos tan nuestra.
Y así fue como terminó la tarde y llegó la noche, una noche mojada y fría que recibió a los que salían de Casa Lamm secos y acalorados. Acalorados por el ameno momento, por la falta de aire acondicionado, por lo pequeño del espacio y lo amplio del público, y, sobre todo, porque sabemos que hombres como Juan Rulfo hacen falta en este país, que hombres así, en lugar de llegar, se van, justo un día antes se fue uno. Terminó el viaje y volvió cada quien a su punto de partida, a una ciudad que no sentiríamos nuestra de no haber sido por personas como Juan Rulfo. Resignados caminamos a la calle, resignados pero contentos festejamos 95 años esperando que los que llegan festejen otros 95 más.
