Eve Gil
Eduardo Lago del diario El País, afirma que desde Dickens y Balzac no había surgido un autor que de manera deliberada conectara a los lectores con preocupaciones vigentes desde el principio de los tiempos, y que, en el caso del autor estadounidense, Jonathan Franzen (Illinois, 1959), desembocan en el más alto ideal posible, “tan real como amenazado”: la libertad, título de la obra que nos ocupa: Libertad (Salamandra, Barcelona, 2011, traducción del inglés Isabel Ferrer). Por su parte, el New York Times Book Review, no tiene reparos en declarar Libertad como “Obra maestra de la narrativa norteamericana”, y enfatiza algo sobre lo que me gustaría ahondar: “la profunda inteligencia moral de su autor”.
En un momento en que resulta pasmosamente sencillo perder la noción de quiénes somos realmente, ante el predominio de las redes sociales y la posibilidad que nos brindan de ser lo que quisiéramos ser, el resurgimiento del narrador omnipresente en literatura era algo así como la consecuencia obvia. El reto, creo yo, radicaba en si los nuevos lectores aceptarían la intromisión del narrador-Dios —desdeñosamente nombrado “decimonónico”—; más aún, si el autor sería lo bastante hábil para conciliar a ese narrador con estos tiempos de facebook y blackberries. Franzen logra admirablemente su propósito, ser original en el más estricto sentido del término, es decir, recuperar técnicas narrativas de tiempos de los folletones y reinstalarlas en una época que, contrario a lo que insisten en decir los críticos, son tan o más necesarias que en los siglos xviii o xix: necesitamos escritores capaces de leernos y reflejarnos al margen de tantos espejos distorsionados.
Libertad encaja perfectamente en lo que Vargas Llosa denomina “muñecas rusas”, es decir, una novela dentro de otra, de la cual, entre más historias destapas, surgirán otras no menos insignificantes, aunque, modestamente, yo inventaría otra definición para esta obra: novela-caja-de-Pandora. Los protagonistas son el matrimonio compuesto por Patty Emerson y Walter Berglund, y si bien funcionan como eje de la trama, ésta presenta una pléyade de personajes fascinantes. Franzen posee la dickensiana virtud de mostrarnos desde todos los ángulos a personajes muy contemporáneos que, tal cual es la naturaleza humana, poseen algún rasgo íntimo extraordinario, reservado al conocimiento del lector.
El inicio podrá no resultar atractivo: la cotidianidad de un matrimonio de mediana edad con dos hijos adolescentes, y la percepción que de cada uno tienen sus vecinos amantes del cotilleo. Patty, ex campeona universitaria de baloncesto, parece haber renunciado a sí misma para complacer a quienes le rodean; es la prototípica vecinita americana que toca de puerta en puerta para ofrecer a sus vecinos sus delicias culinarias, mientras que Walter, su esposo, es un “buenazo” que le hace trabajos de fontanería —gratuitos— a quienquiera que lo necesite, y posee una virtud rara para nuestro tiempo: una disposición natural a comprender a todo mundo y prestar su hombro a cualquiera, sin distinción de credos (él y Patty son abiertamente demócratas). Como las típicas “buenas madres”, Patty se ocupa más en su hijo problemático, Joey, el menor, que para colmo se enamora de la hijita de los vecinos republicanos, que por Jessica, la mayor, una chica ultra talentosa para los estudios. Pero la propia Patty, en su juventud, padeció exactamente lo mismo: ser la mejor de los hijos de sus padres, y, no obstante, blanco de las burlas de su padre y de la indiferencia de su madre, una activista demócrata más orgullosa de su otra hija, Abigail, una artista conceptual que termina siendo una fracasada.
Tras un incidente que trastorna la tranquila vida de los Berglund, Patty decide dejar de vivir para los demás y se somete a una terapia. Parte de ésta consiste en escribir su historia e interpretar sus propias acciones y decisiones. Descubrimos entonces que Patty dista mucho de ser la vecina diligente de las galletitas; que durante años ha luchado contra su propia —y feroz— naturaleza competitiva que la lleva a cometer verdaderas pifias, la principal de ellas: renunciar a su cimentada vocación deportiva para casarse con Walter, sólo por fastidiar a sus padres que nunca han sabido apreciarla, o así lo percibe ella. Y si bien Walter parece un partido perfecto, Patty reconoce haberse casado con el entonces prometedor abogado, precisamente por eso, por sus cualidades morales… a pesar de estar enamorada de Richard Katz, el mejor amigo de Walter, un rockero cínico y seductor, aunque hasta cierto punto inocuo (prefiere mascar tabaco a ingerir drogas duras, aunque las haya probado todas) que de algún modo permanecerá presente en su vida matrimonial y familiar dada su entrañable amistad con Walter.
Tras el profundo autoanálisis que realiza Patty de sí misma y su mudanza de la ciudad donde han vivido toda su vida en pareja (Joey se queda a vivir con su dulce novia hija de republicanos y Jessica ingresa a una de las mejores universidades), su vida matrimonial da un giro bastante dramático ante la aparición de nuevos y no menos interesantes personajes, como la conmovedora Lalitha, una hermosa joven india que se convierte en la mano derecha de Walter cuando éste, eternamente preocupado por la preservación de cierta clase de aves en vías de extinción y el control de la superpoblación mundial, es comisionado para un cargo de máxima responsabilidad en una empresa relacionada con su gran pasión, es decir, la ecología. Lalitha comparte sinceramente su ideal de un mundo mejor, mientras que Patty se ha limitado a dejarlo ser sin molestarse demasiado por tratar de comprenderlo. Casi al mismo tiempo que la admiración de Walter hacia Lalitha, fiel a ultranza a su Patty, amenaza con desbordarse en atracción erótica, Patty tiene un inesperado encuentro, a solas, con su antiguo amor, Richard, convertido en un rockero retirado que se dedica a diseñar e instalar terrazas.
Sin embargo, Franzen no se limita a hablar de “amor”. Si así fuera, es decir, si estos conflictos sentimentales-pasionales los hubiera resuelto con tan somera premisa, la novela habría sido mucho más breve (tiene un total de 667 páginas). En ese sentido, la postura de Franzen es más bien cínica. No se conforma con afirmar que Walter adora a Patty, por ejemplo, sino que intenta ver más allá de ese sentimiento que no deja de ser sublime, porque el propio Walter lo es. No niega la existencia de dicho sentimiento, pero en la mayoría de los casos, lo que los personajes denominan “amor” es otra cosa susceptible de confundírsele, incluso de destruirlos. Lo más interesante es que estos sentimientos crean vínculos tan poderosos como el amor más incondicional.
A la par del desarrollo de las tramas entrecruzadas, como se ha entrevisto, se observa como trasfondo la historia política reciente de Estados Unidos, y cómo ésta afecta, casi imperceptiblemente, las decisiones y las acciones de los personajes. Hemos comentado ya cómo el hijo de los Berglund se convierte en republicano sólo para contravenir a sus padres, y aunque empieza sin mucha convicción, termina involucrado en un negocio turbio de venta de armas en mal estado que contribuirán a perpetuar la ocupación estadounidense en Iraq: “Y Joey intentó recordarlo. Intentó recordar que lo peor que podía suceder, en este mundo no precisamente perfecto, era que todos los A 10 se averiasen y necesitaran ser sustituidos por camiones mejores, y que por esa razón la victoria en Iraq se retrasara mínimamente, y que los contribuyentes estadounidenses hubieran malgastado unos cuantos millones de dólares” (p. 527). El trasfondo político afecta en forma directa a los personajes, cosa también muy propia de los novelistas con quien Franzen es comparado —Dickens y Balzac— y sus vaivenes existenciales mutan dramáticamente de Bush padre, pasando por Clinton, Bush junior, el drama de las Torres Gemelas y, finalmente, Obama, a quien obviamente Walter apoya sin reservas. Aquí vale la pena destacar que Franzen es un auténtico genio en cuanto a las denominadas “vueltas de tuerca” que nos permiten ver a los personajes enfrentados a situaciones que nunca esperaríamos.
